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CAPÍTULO 5: Entre lienzos y confidencias

Chloe Donovan

El apartamento en el este de Londres siempre olía a una mezcla caótica de aguarrás, café recalentado y la esencia de vainilla que yo usaba para intentar que el lugar no pareciera un taller de pintura abandonado. Al entrar, me sentí como si me quitara una máscara pesada. Chloe Ross se había quedado en la gala de caridad; aquí, yo era solo Chloe Donovan, la pintora con demasiadas deudas y una lengua que su propia familia consideraba un peligro público.

Tenía el cabello recogido en un moño desastroso y una mancha de pintura azul cobalto me cruzaba la mejilla derecha. Me gustaba el azul; era frío, como los ojos de cierto hombre que no lograba sacarme de la cabeza.

—Si el plan era pintar la pared y no el lienzo, vas por muy buen camino —la voz de mi hermana mayor, Casey, me sacó de mi trance.

Dejé las llaves en el cuenco de la entrada y escuché el suspiro de alivio de Casey al quitarse los tacones. Ella era la arquitecta, la mujer con planes y estructuras, mientras que yo… yo era el caos sobre la tela.

Ni siquiera me giré. Estaba enfrascada en un trazo violento sobre una tela de dos metros. Estaba pintando sombras, formas oscuras que se retorcían como humo negro, buscando capturar esa sensación de opresión que sentí cuando el "Rey de la Ciudad" se inclinó sobre mí.

—El arte no tiene límites, Casey. El orden es para la gente sin alma —respondí, finalmente dejando el pincel y mirándola con mis ojos brillantes—. ¿Y bien? ¿Cómo te fue con el cliente millonario? ¿Es un viejo verde o solo un aburrido con demasiado dinero?

Casey caminó hacia la cocina buscando agua. Se veía agotada, pero había algo en su mirada que no era cansancio.

—Es una Gárgola —sentenció ella desde la cocina—. Un bloque de hielo con traje de mil libras que cree que el mundo gira según su cronómetro.

—¿Gárgola? —Solté una carcajada y me limpié las manos en un trapo—. Me gusta. ¿Lo asustaste con tus planos de "arquitectura con alma" o simplemente le derramaste algo encima para marcar territorio?

Vi cómo el calor subía a las mejillas de mi hermana. Casey era profesional, pero ese rubor delataba que algo se había salido de control.

—Ambas cosas —murmuró ella—. Pero me contrató. Mañana a las siete de la mañana quiere que esté allí. Es un adicto al trabajo, Chloe. Analítico hasta la médula, frío, y no creo que haya sonreído desde que cayó el muro de Berlín.

—Típico —me encogí de hombros, sentándome en el sofá—. Pero bueno, al menos habrá dinero en casa. Hablando de dinero y trabajos extraños... ¿Sabes quién volvió a la civilización?

En ese momento, la puerta principal se abrió de nuevo. Un hombre joven, de hombros anchos y expresión alerta, entró en el salón. Liam, nuestro hermano menor de veinticinco años, traía esa aura de "estoy analizando todas las salidas de emergencia" que no se le había quitado desde que se unió a la milicia.

—Liam —sonrió Casey, acercándose para darle un abrazo que él correspondió con su habitual fuerza silenciosa.

—El deber llama —respondió Liam con una media sonrisa. Sus ojos eran tan observadores como los míos, pero mucho más tácticos—. Tengo empleo nuevo. Una familia rica en West End. Necesitan a alguien que cuide a su "tesoro más preciado".

—¿Un diamante? ¿Una colección de relojes? —pregunté yo con tono burlón, cruzándome de brazos.

—Una adolescente rebelde —corrigió Liam—. Al parecer, la niña vive metiéndose en problemas y sus hermanos mayores están desesperados por mantenerla a salvo. Pagan bien, y el nivel de riesgo es bajo comparado con lo que hacía antes.

—¡Oh, Liam! —Me eché a reír, lanzándole un cojín—. De perseguir insurgentes a perseguir a una niña rica que se escapa de las fiestas. Has caído bajo, hermanito. Vas a terminar sosteniéndole el bolso mientras ella se compra zapatos.

—Es un trabajo honesto —se defendió él, aunque se veía divertido—. Además, el hermano mayor que me contrató parece el tipo de hombre que no acepta un "no" por respuesta. Un estratega nato. Muy serio.

—Vaya, parece que Londres está lleno de hombres estirados esta semana —comentó Casey.

Me quedé en silencio un momento, mirando mis manos manchadas de pintura. Pensé en Dominic. Pensé en cómo sus dedos habían rozado mi pelo y en la forma en que su voz parecía vibrar en mi propia sangre. No le conté a mis hermanos sobre mi altercado en la gala. No les dije que había desafiado al hombre más peligroso del país bajo un nombre falso. Si Liam sabía que me había acercado a un tipo como Blackwood, me encerraría en el apartamento por mi propia seguridad. Y si Casey lo sabía, moriría de un infarto.

—¿Y cómo se llama esa familia de la alta sociedad, Liam? —preguntó Casey con curiosidad.

Liam se encogió de hombros mientras sacaba algo de la nevera. —No importa mucho. Solo sé que tengo que empezar mañana temprano. La chica se llama Mia. Parece un torbellino, va a ser interesante domarla.

—Pobre niña —dijo Casey, sintiendo simpatía—. Tener a un Donovan analizando cada uno de sus movimientos es peor que estar en una prisión de máxima seguridad.

Nos quedamos los tres en el salón, riendo y burlándonos de la nueva faceta de Liam como niñera de lujo. Me sentía feliz de tenerlos cerca; ellos eran mi ancla en un mundo que a veces se sentía demasiado oscuro.

Pero mientras mis hermanos seguían hablando, mi mente volvió a la oficina de Dominic. Recordé la corona tatuada en su cuello y la promesa implícita en su mirada. Él me estaba buscando. Lo sabía. Podía sentirlo como se siente la electricidad antes de que caiga un rayo.

Él buscaba a Chloe Ross, la consultora insolente. Pero aquí, rodeada de pinceles y el olor a café, yo era solo Chloe Donovan, la chica que acababa de meterse en la boca del lobo sin saber que sus hermanos ya estaban sentados a la mesa con el resto de la manada.

—¿Estás bien, Chlo? —me preguntó Liam, frunciendo el ceño con su instinto de protector activado.

—Sí —mentí, forzando una sonrisa y tomando el pincel de nuevo—. Solo estoy pensando en que mi próximo cuadro se va a llamar "El Rey de las Gárgolas". Creo que va a ser un éxito.

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