Capitulo 3 Olor a Sandalo

—Vaya, el hombre de la educación vial —dije, arqueando una ceja—. Pensé que solo frecuentaba callejones oscuros y oficinas lúgubres para asustar a la gente de rodillas. ¿Qué hace un espécimen como tú en un lugar lleno de arte y cultura? ¿No te da alergia?

Dominic entrecerró los ojos. Sus hombres, apostados a unos metros como gárgolas armadas, dieron un paso al frente, pero él levantó una mano, deteniéndolos sin apartar su mirada de la mía. Había una intensidad en sus ojos de obsidiana que no había notado antes; no era solo ira, era una curiosidad hambrienta.

—Aún no me has dicho tu nombre —dijo, ignorando mi pulla. Se acercó un paso más, invadiendo mi espacio personal de una forma que pretendía ser intimidante. Era como tener un huracán contenido frente a mí.

Chloe Ross —respondí, dándole el nombre falso con una seguridad que casi me creí yo misma—. Pero para ti, soy simplemente "la persona que sigue esperando el cheque de los neumáticos". ¿Lo trajiste o vas a intentar intimidarme de nuevo con tu altura?

Dominic soltó una risa seca, un sonido carente de alegría que me hizo vibrar el estómago.

—Tienes valor, Ross. O eres muy valiente o eres rematadamente estúpida. En este mundo, la gente se arrodilla cuando paso. Tú ni siquiera te has molestado en dejar de beber ese pésimo champaña.

—Es que el champaña es gratis, Blackwood. Tu respeto, en cambio, parece que sale demasiado caro y no tengo interés en comprarlo —me burlé, dando un paso hacia él hasta que nuestras ropas casi se rozaron—. Me han dicho que debería tenerte miedo. Que eres el "monstruo" que controla las sombras de esta ciudad.

—Deberías —murmuró él, inclinándose para que sus labios quedaran a milímetros de mi oído. Su aliento cálido me rozó la piel, enviando una descarga eléctrica por todo mi cuerpo que me obligó a apretar los puños para no flaquear—. No tienes idea de con qué fuego estás jugando, Chloe. La gente como yo no tiene paciencia para las niñas que juegan a ser valientes.

En lugar de retroceder, solté una carcajada que atrajo las miradas horrorizadas de los invitados cercanos.

—¿Fuego? —Lo miré directamente a los ojos, sosteniendo el abismo de su mirada sin pestañear—. He tenido quemaduras de cocina más dolorosas que tus amenazas de villano de película. Si quieres que alguien te tema y se deshaga en halagos, busca a una de estas muñecas de porcelana que pueblan la sala. A mí solo me aburres con tu discurso de superioridad.

Le di una palmadita suave en la mejilla, un gesto tan condescendiente que escuché a uno de sus guardias ahogar un jadeo. Dominic se quedó helado. Pude ver el pulso saltando en su mandíbula, la tensión en sus hombros que prometía una tormenta de proporciones épicas.

—Nos vemos, Dominic. Intenta no romper nada… ni a nadie. Da mala imagen para la beneficencia —le dije con un guiño antes de darme la vuelta y caminar hacia la salida.

Sentía sus ojos clavados en mis omoplatos como dos brasas ardientes. Sabía que no iba a terminar así. Sabía que Dominic Blackwood, el hombre que no aceptaba un "no" por respuesta, movería cielo y tierra para descubrir quién era realmente esa "Chloe Ross". Pero lo que él no sabía es que el karma no tiene miedo a la oscuridad porque nació en ella.

Y yo era el karma que él nunca vio venir.

Al llegar a la calle, el aire frío de la noche me golpeó y finalmente me permití soltar el aire que no sabía que estaba reteniendo. Mis manos temblaban ligeramente, pero mi sonrisa era de triunfo. Había herido su orgullo en público, y en el mundo de Dominic Blackwood, el orgullo era más sagrado que la vida misma.

El juego acababa de subir de nivel, y yo estaba dispuesta a jugarlo hasta el final

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