Dominic Blackwood
La mansión, que antes era un hervidero de conflictos, dramas familiares y ruidos constantes, ahora se sentía como un templo dedicado a nuestra propia versión del caos. Pero hoy, ese silencio que tanto me había costado apreciar se sentía como una trampa. Tenía que asistir a la gala de la Fundación Alistair, lo que en el lenguaje de los bajos fondos de Londres significaba una reunión de buitres con esmoquin.
Ajusté los gemelos de plata frente al espejo, observando mi reflejo con