Chloe Donovan
El taller olía a lo de siempre: trementina, esperanza y ese café barato que era lo único que podía permitirme después de que el "Rey de la Gárgolas" decidiera que mis neumáticos no eran su prioridad. El sol de la mañana entraba por los ventanales industriales del almacén de Shoreditch, iluminando las motas de polvo que bailaban sobre mis lienzos inacabados.
Me dolía la cabeza. La humillación que le propiné a Dominic Blackwood anoche en la Ópera todavía me daba una descarga de adre