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CAPÍTULO 6: El Rey sin Corona

Dominic Blackwood

Tres días. Habían pasado setenta y dos horas desde que esa mujer me tocó la mejilla y se marchó como si yo fuera un extra en la película de su vida. Mi paciencia, que de por sí era un hilo fino y desgastado, se había roto por completo.

—Dime que tienes algo, Marco —gruñí, ajustándome los gemelos de plata frente al espejo de mi despacho.

Marco, mi jefe de seguridad, entró con una tableta en la mano. Se veía inquieto, y eso nunca era una buena señal.

—Es un fantasma, jefe. No hay ninguna "Chloe Ross" que sea consultora en Nueva York. El apellido Ross en Londres nos lleva a cientos de personas, pero ninguna encaja con su descripción. Sin embargo... —hizo una pausa, deslizando un mapa en la pantalla—. Nuestros hombres vigilaron las cámaras de seguridad de la gala benéfica. La seguimos hasta la estación de metro y luego perdimos el rastro, pero uno de los informantes de la zona este reconoció su rostro.

—¿Y? —mi voz salió como un latigazo.

—Se la ha visto entrar y salir de un viejo almacén reconvertido en Shoreditch. No es una oficina de consultoría, señor. Es un taller de arte. Está registrado a nombre de una sociedad pequeña, pero ella pasa ahí la mayor parte del tiempo.

Una sonrisa lenta y peligrosa se extendió por mi rostro. Un taller de arte. Así que mi pequeña insolente era una pintora que jugaba a las escondidas.

—Dame la dirección —ordené—. Pero antes, tenemos otra gala. La inauguración de la Ópera. Ella estará allí; Samara me confirmó que su "asistente" volvería a asistir.

—Señor, después de lo de la otra noche, ¿está seguro de que quiere...?

—Quiero que aprenda que nadie se burla de un Blackwood dos veces.

La Ópera Nacional era un hervidero de joyas y esmóquines. El aire estaba cargado de una expectación servil. Cuando entré, la gente se apartó como el Mar Rojo, pero mis ojos solo buscaban una cosa: el destello de una melena castaña y una actitud que no encajaba en este lugar de plástico.

La encontré cerca del balcón principal. Llevaba un vestido azul cobalto que le quedaba como una segunda piel y sostenía una copa de cristal con una elegancia que me irritaba profundamente. Estaba rodeada de tres directivos de la banca, y por sus expresiones, ella los estaba despedazando verbalmente.

Me acerqué por detrás, dejando que mi sombra la envolviera primero.

—Vaya, Chloe Ross —dije, mi voz fluyendo como veneno tibio—. Parece que tu "consultoría" te permite disfrutar de la ópera. ¿O vienes a criticar la acústica para sentirte superior?

Ella se giró. Sus ojos café se encontraron con los míos y, por un instante, no vi miedo, solo un aburrimiento letal.

—Dominic. Qué persistente —respondió, ignorando a los banqueros, quienes se retiraron de inmediato al verme—. ¿No tienes una ciudad que oprimir o algún huérfano al que quitarle los dulces? Tu presencia aquí es como poner un grafiti en una catedral: innecesaria y de mal gusto.

—Cuidado —murmuré, dando un paso que la obligó a retroceder contra la barandilla—. He sido muy paciente contigo, pero mi curiosidad tiene un límite. Sé que Ross no es tu apellido. Sé que tu oficina es un taller lleno de manchas de pintura. ¿Qué buscas, Chloe? ¿Atención? ¿Dinero? ¿O simplemente quieres ver cuánto tardo en romperte?

Ella soltó una carcajada clara que resonó en el vestíbulo silencioso. Varias cabezas se giraron. La élite de Londres nos observaba.

—¿Romperme? —Ella dejó su copa sobre la barandilla con un golpe seco. Se acercó a mí, quedando tan cerca que podía oler la vainilla en su piel—. Escúchame bien, Blackwood. Todos estos lamebotas te tienen miedo porque creen que tu dinero y tus armas te hacen un dios. Pero yo te miro y solo veo a un niño rico con un complejo de Edipo no resuelto que necesita que todos se callen para no escuchar lo vacío que está por dentro.

El silencio que siguió fue atronador. Pude ver a Spencer en la distancia, deteniéndose a mitad de una conversación con una expresión de puro asombro. Mis hombres se tensaron, esperando la orden de sacarla a rastras.

—No eres un rey, Dominic —continuó ella, alzando la voz para que los círculos cercanos escucharan—. Eres solo un matón con un sastre excelente. Y sinceramente, tu acto de "hombre oscuro y misterioso" ya caducó. Busca a alguien que se impresione con tus tatuajes de corona, porque a mí solo me das lástima.

Me dio una última mirada de desprecio, se dio la vuelta y caminó hacia la salida principal con la cabeza en alto. Me dejó allí, de pie frente a la crema y nata de la sociedad londinense, quienes ahora bajaban la mirada intentando fingir que no habían visto al hombre más temido del país ser humillado por una mujer que no llegaba a su hombro.

—Señor... —Marco se acercó, su mano en el arma—. ¿La traemos?

Apreté el vaso de cristal que tenía en la mano hasta que se cuarteó. La sangre empezó a gotear de mi palma, manchando el puño de mi camisa blanca, pero no sentí dolor. Solo sentía una furia gélida y un deseo posesivo que me quemaba las entrañas.

Ella me había humillado. Me había llamado vacío. Y se había ido creyendo que había ganado.

—No —dije, mirando la mancha de sangre en el suelo—. No aquí.

Saqué un pañuelo negro y me envolví la mano. Mis ojos brillaban con una promesa que no era de muerte, sino de algo mucho más oscuro.

—Mañana iremos a su taller. Quiero que rodeen el edificio. No quiero que salga ni una rata de ese lugar sin mi permiso.

—¿Qué piensa hacer, señor?

—Voy a recordarle quién es el dueño de esta ciudad —susurré, viendo cómo ella desaparecía por las puertas dobles—. Chloe Ross, o como sea que te llames... Mañana vas a aprender que al diablo no se le tiene lástima. Al diablo se le obedece.

Me di la vuelta y salí del teatro. La humillación pública era una deuda que pensaba cobrar con cada centímetro de su piel. Ella creía que era mi karma, pero yo iba a ser su destino.

Y mi destino acababa de conseguir su dirección.

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