Mundo ficciónIniciar sesiónLiam Cross no pide permiso. Él toma, compra o derriba. Como CEO de Cross Holdings, el mundo se aparta cuando él camina. Su plan es perfecto: demoler el viejo barrio de Los Álamos para levantar un imperio de cristal. Para él, las casas viejas son solo escombros esperando caer. Pero Olivia no es una oponente cualquiera. Aunque ahora vive contando monedas y luchando contra las deudas, Olivia lleva la sangre de una dinastía que lo perdió todo. Su padre fue desterrado de la alta sociedad por cometer un pecado imperdonable: enamorarse de una mujer sin apellido. Olivia creció viendo cómo el elitismo destrozaba a su familia, y juró que nunca nadie volvería a humillarlos. Por eso, cuando las máquinas de Liam Cross amenazan su hogar, ella no solo defiende cuatro paredes; defiende la dignidad que a su padre le robaron. La guerra comienza en el polvo de una demolición y explota bajo las luces de una gala benéfica. Liam ve en ella a una enemiga fascinante y peligrosa. Olivia ve en él la encarnación de la arrogancia que tanto desprecia. Él ha jurado destruirla. Ella ha jurado resistir. Pero la historia tiene la mala costumbre de repetirse, y ambos descubrirán que, en el juego del orgullo, el corazón siempre es la primera víctima. Él tiene el dinero. Ella tiene la herencia del orgullo. Y ninguno piensa ceder.
Leer másEl sonido de un martillo golpeando madera vieja despertó a los Montenegro. No era un golpe de reparación; era un golpe de sentencia.
Olivia bajó las escaleras de dos en dos, con los pies descalzos y el corazón en la garganta. El polvo bailaba en los rayos de luz que se colaban por las ventanas rotas del vestíbulo. Al abrir la puerta principal, el calor húmedo de la mañana la golpeó en la cara. Un hombre con casco amarillo y chaleco reflectante estaba clavando un cartel en el marco de su puerta. PROPIEDAD EN LITIGIO. CROSS HOLDINGS. Olivia no preguntó. Actuó. Arrancó el cartel con rabia, rasgando el papel, y lo tiró a los pies del hombre. —Nadie le dio permiso para tocar esta casa —siseó ella. El capataz, un tipo llamado Rojas que tenía más barriga que paciencia, escupió al suelo. —No necesito permiso, niña. Necesito que se vayan. El jefe quiere empezar a limpiar el terreno el lunes. —¿El lunes? —Olivia sintió un frío en el estómago que nada tenía que ver con la temperatura—. Tenemos una prórroga judicial. Faltan tres semanas. —Faltaban —corrigió Rojas, sonriendo con malicia—. El Sr. Cross aceleró los trámites. Dice que esta "ruina" es un peligro público. Tienen 48 horas para sacar sus cosas antes de que traiga las máquinas. Y créame, a las máquinas no les importan sus muebles antiguos. —¡Quiero hablar con él! —gritó Olivia, dando un paso adelante, haciéndose grande a pesar de su estatura—. ¡Llámelo ahora mismo! Rojas soltó una carcajada seca. —¿Llamar a Liam Cross? —Negó con la cabeza como si ella hubiera pedido hablar con Dios—. El Sr. Cross no habla con deudores. Y menos hoy. Esta noche es la Gala de Bienvenida en el Gran Hotel. Estará demasiado ocupado bebiendo champán de ciento de dólares como para preocuparse por una casa que se cae a pedazos. Rojas se dio la vuelta, ignorándola. —48 horas, Montenegro. Empiecen a empacar o los saco con la policía. Olivia se quedó parada en el porche, con el papel roto bajo sus pies y la humillación ardiendo en su piel. —¿Oli? —La voz temblorosa de Claritza sonó detrás de ella. Su hermana mayor estaba pálida, abrazándose a sí misma como si tuviera frío. —¿Es verdad? ¿Nos van a echar en dos días? Olivia se giró. Vio el miedo en los ojos de Claritza. Vio a su padre, Arturo, en el salón, limpiando sus lentes con una calma exasperante, fingiendo que el mundo no se acababa. Vio las grietas en las paredes de la casa que su abuelo construyó con sangre y sudor. Liam Cross no solo quería la tierra. Quería borrar su historia. Y lo iba a hacer desde una fiesta de lujo, sin siquiera mirarlas a la cara. La sangre de Olivia hirvió. No fue miedo lo que sintió. Fue un instinto asesino. —No —dijo Olivia. Su voz salió dura, metálica—. No vamos a empacar. —Pero dijo que Liam Cross... —empezó Claritza. —Dijo que Liam Cross estará en el Gran Hotel esta noche —la cortó Olivia. Sus ojos oscuros brillaron con una determinación peligrosa—. Si él no viene a nosotras, nosotras iremos a él. —¿Estás loca? —Claritza abrió los ojos desmesuradamente—. ¡Es una gala de etiqueta! La entrada cuesta lo que ganamos en un año. ¡No nos dejarán ni acercarnos al valet parking! Olivia pasó por su lado y entró a la casa como un huracán. —Busca el vestido verde de la abuela —ordenó mientras subía las escaleras—. Y tú ponte el azul. Vamos a ir a esa fiesta, Claritza. Y le voy a meter esa orden de desalojo por la garganta a Liam Cross frente a todos sus socios. ***** Tres horas después, el espejo del cuarto de su madre devolvió una imagen que Olivia apenas reconoció. El vestido de seda verde esmeralda se ajustaba al cuerpo de Olivia como una armadura. Era una pieza rescatada del baúl de su bisabuela, de cuando el apellido de su padre significaba poder. Olía a lavanda y a orgullo viejo. A su lado, Claritza se alisaba nerviosa la falda de su vestido. Le temblaban las manos. —Nos van a echar, Oli —susurró Claritza, mirando la entrada del Gran Hotel como si fuera la boca del lobo—. No estamos en la lista. Papá ya no pertenece a este mundo. —Cabeza alta, Clari —ordenó Olivia, entrelazando su brazo con el de su hermana—. Si entras con miedo, huelen la sangre. Si entras como si fueras la dueña del lugar, te sirven champán. Olivia empujó las puertas dobles. El salón de la gala vibraba. Música clásica, risas contenidas y el brillo cegador de diamantes reales. El aire estaba cargado de perfumes que costaban más que la hipoteca de su casa. El portero las miró. Olivia no se detuvo. Le sostuvo la mirada con una arrogancia tan perfecta que el hombre dudó, y en esa duda, ellas pasaron. —Respira —le dijo Olivia a su hermana. Claritza soltó el aire. Sus ojos grandes y dulces barrieron el salón con asombro. A pesar de la pobreza reciente, había nacido para brillar en ese mundo; tenía una elegancia suave que hacía que la gente se girara a mirarla. —Quédate cerca de la barra, pide un agua con gas y sonríe —le indicó Olivia—. Yo voy a buscar al tiburón. —Ten cuidado —suplicó Claritza—. Dicen que Liam Cross no tiene corazón, tiene una calculadora en el pecho. Olivia sonrió. Una sonrisa afilada. —Perfecto. Yo traigo el mazo para romperla. Se separaron. Olivia vio cómo un par de hombres giraban la cabeza al ver pasar a Claritza. Su hermana era magnética sin intentarlo. Pero Olivia no estaba allí para socializar. Sus ojos escanearon la sala hasta encontrarlo. No tuvo que preguntar quién era. La presencia de ese hombre absorbía el oxígeno de la habitación. Estaba al fondo, junto al ventanal panorámico que daba a la ciudad que él poseía. Un grupo de hombres de negocios lo rodeaba, riendo de sus chistes, buscando su aprobación, pero él parecía estar solo en medio de la multitud. Liam Cross. Era más alto de lo que parecía en las revistas. Llevaba un esmoquin negro hecho a medida que se ajustaba a unos hombros anchos y una postura dominante. Tenía una copa de whisky en la mano. Su perfil era duro, cincelado en piedra. Mandíbula tensa, nariz recta, cabello oscuro peinado hacia atrás con una precisión militar. En ese momento, como si sintiera el peso de la mirada de ella, se giró. El impacto fue físico. Sus ojos se encontraron a través de veinte metros de salón lleno de gente. Los ojos de él eran grises. Fríos como el acero pulido. Inteligentes. Depredadores. No la reconoció. No sabía que ella era la dueña de la "ruina" que quería demoler. Solo vio a una mujer con un vestido verde que lo miraba con una intensidad que nadie más en esa sala se atrevía a tener. El estómago de Olivia dio un vuelco. No fue miedo. Fue una sacudida eléctrica. Ahí estaba el hombre que había ordenado destruir su vida sin siquiera mirar el mapa. Avanzó. Se abrió paso entre la gente como un fantasma. De reojo, vio movimiento cerca de la barra. Vio a Lucas, un hombre rubio y amable que había leído, era socio de Liam; se había quedado paralizado a medio camino de un trago. Estaba mirando a Claritza como si acabara de ver un milagro. Claritza se sonrojó y bajó la vista, tímida. Bien. El socio está distraído, pensó Olivia. Ahora el jefe de jefes. Llegó hasta el ventanal. Se paró al lado de Liam. —Es una vista hermosa —dijo ella, mirando al frente. Su voz salió firme—. Lástima que planee llenarla de concreto. Liam no se sobresaltó. Giró la cabeza despacio. Sus ojos grises, la escanearon. De los zapatos, demasiado usados, al escote del vestido, demasiado vintage, hasta detenerse en su boca roja. —La ciudad es un organismo vivo —respondió Liam. Su voz era grave, una vibración que Olivia sintió en los huesos—. Si no crece, muere. Lo viejo debe dar paso a lo nuevo. —¿Lo viejo? —Olivia lo encaró. El impacto de tenerlo tan cerca le cortó la respiración. Era guapo de una forma dolorosa—. ¿Así llama usted a los hogares de la gente? Liam ladeó la cabeza. —Llamo progreso a limpiar el caos. No nos han presentado. —Dio un paso hacia ella, invadiendo su espacio. Olía a jabón caro, peligro y sándalo. Soy Liam Cross. —Lo sé. Sé exactamente quién es y lo que hace. —Y aun así, no pareces impresionada. —Liam sonrió de lado. Una sonrisa depredadora—. Eres afilada. Me gustan las cosas que cortan. ¿Quién eres? La tensión sexual se disparó. Era innegable. Él quería saber su nombre; ella quería borrarle esa arrogancia. —Soy la razón por la que sus máquinas no van a derrumbar mi propiedad. La sonrisa de Liam murió al instante. Sus ojos se volvieron hielo. —Tú... —Su tono bajó, peligroso—. Tú eres la agitadora. La del barrio. —Olivia Montenegro —se presentó ella—. Y no soy una agitadora. Soy una vecina. Y vine a decirle que si sus excavadoras llegan a demoler alguna casa sin orden judicial, le haré una guerra mediática que ni todo su dinero podrá tapar. El cambio fue brutal. Liam retrocedió un paso, cerrando su saco. Ya no era una mujer deseable; era un problema. —Te has colado en mi fiesta. Tú y... —Liam miró por encima del hombro de Olivia y vio a Lucas hablando animadamente con Claritza. La mirada de Liam se oscureció. —Seguridad las sacará —dijo él. —Hágalo. Arme un escándalo frente a la prensa. Le conviene. En ese momento, Lucas se acercó a ellos, radiante, trayendo a Claritza del brazo. —¡Liam! —exclamó Lucas, ajeno a la tensión nuclear—. Tienes que conocerla. Ella es Claritza. Es... fascinante. Le encanta leer, como a ti. Claritza miró a Liam con terror. Sabía quién era. Liam no miró a Claritza. Mantuvo sus ojos fijos en Olivia, con desprecio. —Lucas, aléjate de ella —dijo Liam, frío—. No tienes tiempo para esto. —¿Para qué? —preguntó Lucas, confundido. —Para cazafortunas —soltó Liam. Su voz fue un látigo—. Se nota a leguas, Lucas. Vestidos viejos, invitación falsa y una actitud desesperada. Han venido a pescar un marido rico para que las ayude a salvar el barrio. No caigas en la trampa. Son parásitos con cara bonita. El silencio en su pequeño círculo fue absoluto. Claritza soltó un sollozo ahogado. Se puso pálida como la cera, soltándose del brazo de Lucas como si quemara. La humillación en su rostro era insoportable. Olivia vio a su hermana romperse y algo dentro de ella se rompió también. No pensó, tampoco fue una estrategia. Fue el orgullo de los Montenegro, pisoteado durante años, rugiendo en su pecho como una bestia enjaulada. El mundo se volvió rojo y su mano derecha voló. ¡Plaf!El viento helado de la montaña aulló entre los árboles inmensos.El eco del choque metálico en el fondo del barranco desapareció por completo. El silencio del bosque volvió a caer sobre ellos, pesado y absoluto.Mariana mantuvo la pistola apuntando a la cabeza de Víctor. Su dedo índice rozaba el gatillo. Su respiración salía en pequeñas nubes de vapor blanco por el frío extremo.Víctor la miró desde el suelo. Estaba boca abajo, con las manos atadas a la espalda por su propio cinturón de cuero. No había pánico en su rostro. Solo una evaluación oscura y depredadora.—Siéntate —ordenó Mariana.Víctor apretó el abdomen. Usó la fuerza bruta de su torso y sus piernas para girar sobre sí mismo. Se sentó en la tierra helada sin ayuda de sus manos. Cruzó las piernas. Su postura seguía siendo la de un rey, incluso amarrado en la maleza.Mariana dio un paso al frente.Una punzada de dolor agudo le subió desde el talón derecho hasta la rodilla. Apretó los dientes. Bajó la vista por un microsegund
Víctor frunció el ceño.—¿Qué?—Dije que frenes el maldito auto. Ahora mismo.Víctor no pisó el pedal del freno de inmediato.—A esta velocidad vamos a derrapar y daremos vueltas.—¡Frena y gira a la derecha! —gritó ella. Hundió la pistola en la nuca de él con toda la fuerza bruta de su brazo adolorido—. ¡A la derecha, directo al camino de tierra!Víctor vio el desvío oculto. Apretó los dientes.Pisó el pedal del freno con toda su fuerza.Los neumáticos gruesos bloquearon. El sistema antibloqueo del vehículo blindado saltó. La camioneta chirrió contra el asfalto de forma violenta. El olor a caucho quemado inundó la cabina de inmediato.El cuerpo inmenso de Víctor se fue hacia adelante y chocó contra el cinturón de seguridad negro.Mariana salió proyectada desde el asiento trasero. Su hombro izquierdo chocó con violencia contra el espaldar del asiento del copiloto. Soltó un jadeo de dolor sordo, pero no soltó el arma. Recuperó el equilibrio y la postura en un solo segundo de reacción f
La camioneta negra devoraba los kilómetros.Cien kilómetros por hora. Ciento veinte.El motor rugía en la oscuridad total de la montaña. Los neumáticos gruesos trituraban el asfalto helado.El silencio dentro del vehículo blindado era asfixiante. Denso. Víctor conducía. Tenía ambas manos grandes aferradas al volante de cuero. Su postura era rígida. Tensa.Mariana estaba sentada en el centro del asiento trasero.Mantenía el brazo derecho completamente estirado. Bloqueado. El cañón de la pistola nueve milímetros seguían incrustado en la nuca del ruso. El metal caliente quemaba la piel expuesta por encima del cuello de la camisa sucia.Ella no temblaba.Pero el dolor físico era intenso.El retroceso del disparo anterior le había dejado la muñeca derecha ardiendo. Un latido sordo y constante le subía por el antebrazo. Mariana apretó los dientes. Ignoró la punzada.Bajó la vista un segundo.Sus pies descalzos descansaban sobre la alfombra negra de la camioneta. Estaban sucios de tierra y b
De pronto, el suelo de tierra tembló bajo sus pies descalzos.Un segundo estruendo rompió la noche. Motores acelerando al límite.Otra camioneta blindada de color negro atravesó la línea de árboles. Por un momento, ella pensó que podría tratarse de Alexander Voss y su hermana, que la habían encontrado, pero no se trataba de ellos; era el vehículo de apoyo de los mercenarios rusos.La camioneta frenó de golpe, levantando una nube espesa de polvo y hojas secas. La puerta del copiloto se abrió antes de que el vehículo se detuviera por completo.Un hombre inmenso saltó al terreno. Llevaba ropa táctica, pero no llevaba pasamontañas. Su rostro estaba cruzado por una cicatriz vieja.Víctor se tensó bajo el agarre de Mariana.—Sergei —masculló Víctor. Su voz sonó más a una maldición que a un saludo.Sergei levantó un fusil de asalto largo. Apuntó directamente hacia el porche. Su mirada ignoró por completo a Víctor. Su objetivo estaba fijado en la cabeza de Mariana.—¡Tengo el tiro limpio, jef
Último capítulo