Valeria aceptó la orden de Leo de mudarse. No por la amenaza de Leo, sino por la protección de su madre, que ahora tenía seguridad constante.
El penthouse de Leo, la misma estructura de acero, cristal y silencio, era ahora su prisión de oro. Leo le había asignado la suite de invitados, que era más grande que todo su apartamento.
Esa noche, Valeria desempacó lo esencial, sintiéndose completamente fuera de lugar. Las sábanas de seda, el baño de mármol, la vista de la ciudad—todo gritaba una dista