Valeria aceptó la orden de Leo de mudarse. No por la amenaza de Leo, sino por la protección de su madre, que ahora tenía seguridad constante.
El penthouse de Leo, la misma estructura de acero, cristal y silencio, era ahora su prisión de oro. Leo le había asignado la suite de invitados, que era más grande que todo su apartamento.
Esa noche, Valeria desempacó lo esencial, sintiéndose completamente fuera de lugar. Las sábanas de seda, el baño de mármol, la vista de la ciudad—todo gritaba una distancia insalvable con su vida.
Cuando salió al salón, encontró a Leo en la cocina. Vestía una camiseta oscura y pantalones de chándal, un atuendo que lo hacía ver menos CEO y más... hombre. Estaba calentando algo en la estufa.
"La cena está lista. No confío en el servicio de entrega para la seguridad alimentaria. Hoy cocinamos nosotros."
"¿Usted cocina, Sr. Ferrer?"
"Leo. En esta casa, es Leo. Y sí, es un proceso controlado. Hay menos variables si lo haces tú mismo. Esta noche, pasta. Es rápida