El viaje al hospital fue una carrera desenfrenada. Leo conducía a velocidades peligrosas, el lujo de su coche contrastando con la desesperación de la situación.
Valeria al borde de las lágrimas: "¡Es mi culpa! No debí haber ido a la gala. Ella va a hacerle daño a mi madre..."
"Cállate, Valeria. Esto no es tu culpa. Es mi error. Yo debí haberla destruido legalmente el día que entró en mi oficina. Yo la alimenté con mi descuido. Pero te prometo que no va a tocar a tu madre."
La promesa era un ancla en el caos. Al ver el miedo desnudo en el rostro de Leo—el miedo a fallar, el miedo a que la traición dañara a un inocente—, Valeria sintió cómo su corazón se encogía por él.
Cuando llegaron al hospital, la policía ya había llegado, y Gabriela estaba esposada, gritando y forcejeando en la entrada.
Leo la ignoró y corrió directamente a la habitación de la madre de Valeria.
La madre de Valeria, Doña Rosa, estaba despierta, asustada, pero ilesa. Doña Elena no era consciente del peligro, solo de