El timbre sonó con la autoridad que solo una persona en el mundo posee. Juliette había llegado de sorpresa desde Ginebra, escoltada por dos asistentes y su aura de hierro. Entró en el gran salón justo cuando Julián intentaba ocultar los restos mal pegados de la estatuilla detrás de un jarrón de flores.
—¿Y mi "Ángel de Ginebra"? —preguntó Juliette, quitándose los guantes de seda—. Ese cristal es el alma de esta casa.
Oliver y Julián se quedaron mudos, pero Alice, con una calma angelical, dio un