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Valeria Soto no era una secretaria; era el sistema operativo de Leo Ferrer Black. Durante tres años, había mantenido la División de Innovación de Selene Global funcionando con una fluidez que rayaba en lo milagroso. Sabía la temperatura ideal del café de Leo (37°C), el tono exacto de voz para evitar que su impaciencia se disparara y la única silla en la sala de juntas que lo hacía sentir poderoso.
Valeria era silenciosa, eficiente y, a los ojos de Leo, completamente invisible.
Mientras Leo cerraba una videollamada multimillonaria con Asia, Valeria se movía por el despacho con su blusa sobria, su falda por debajo de la rodilla y sus gafas funcionales que ocultaban sus ojos claros. Ella era una silueta de eficiencia invisible. Reemplazó el agua, silenció el móvil y colocó el informe de mercado correcto sobre su escritorio, justo en el ángulo de visión que Leo prefería.
Leo, alto y tan imponente como su padre (Damián) en sus mejores años, pero con la mirada ética y concentrada de su madre (Luna), asintió sin mirarla. "Gracias, Valeria. La eficiencia de ese informe es excelente."
"De nada, Sr. Ferrer", respondió Valeria, su corazón latía con la familiar punzada de dolor dulce. Él solo la elogiaba por su trabajo. Para él, ella era una herramienta perfecta. Y ella lo amaba. Amaba su ambición dirigida por la ética (un eco de la redención de Damián), su implacable enfoque. Su amor era un lujo que no podía permitirse. Su salario era para la medicina de su madre, no para ensueños.
Leo salía con modelos. Mujeres de cabello espectacular, piernas kilométricas y rostros cincelados que visitaban la oficina con frecuencia, dejando un rastro de perfume caro.
Esa certeza de ser invisible se había grabado en Valeria hace un año, en el peor momento de su vida, cuando el velo entre su mundo y el de Leo se rasgó de la manera más dolorosa.
Un día, apurada por entregar un contrato urgente antes del cierre del mercado, Valeria asumió que Leo estaba en una reunión externa. Entró sin llamar y se detuvo en seco, el contrato resbalando de sus manos.
Leo no estaba en su escritorio. Estaba contra la pared de cristal con vistas a la ciudad, inmerso en una escena que quemó la retina de Valeria.
Estaba de pie, su traje impecable y su camisa desordenada, mientras la modelo Gabriela —una belleza rubia platino— estaba de espaldas a la puerta, apoyada en el cristal. Sus movimientos eran urgentes, apasionados, acompañados por jadeos silenciados que hacían vibrar el aire de la oficina. La escena era cruda y sin un atisbo de privacidad.
Valeria retrocedió, su rostro ardía. El sonido de su contrato cayendo sobre la alfombra de lana interrumpió la escena. Leo se giró de golpe; su expresión era una mezcla de furia impaciente y molestia por la interrupción.
"¡Valeria!", siseó Leo, arreglándose la ropa con movimientos bruscos.
Gabriela se ajustó el vestido con una sonrisa maliciosa, mirando a Valeria con absoluto desdén. "Vaya, la secretaria", susurró con voz azucarada. "No te molestes, cariño. Pronto seré la señora Ferrer. A Leo le gustan las mujeres que se ven bien sin diez capas de ropa de abuela."
Valeria huyó, el corazón latiéndole desbocado, sintiendo el calor de la humillación en cada centímetro de su piel. Y un dolor en su corazón, al ver al hombre que amaba con otra mujer. Nunca más volvió a entrar sin llamar, y se aseguró de que sus blusas fueran siempre de cuello alto y sus gafas opacas.
La puerta del despacho se abrió sin previo aviso, algo que Valeria nunca habría permitido. Era Mía Ferrer Black, la hermana gemela de Leo. Mía era la antítesis de su hermano: vestía con arte, se movía con espontaneidad y su sonrisa era un imán.
"¡Leo! ¿No vas a almorzar?" preguntó Mía, ignorando el aire tenso del despacho.
"Tengo una reunión con el equipo de Singapur en una hora. Valeria, cancela mi almuerzo."
"Ya está cancelado, Sr. Ferrer", respondió Valeria al instante.
Mía puso los ojos en blanco, luego se giró hacia Valeria con una calidez que siempre sorprendía a la secretaria. Mía y Valeria eran amigas improbables; Mía era la única persona en la oficina que miraba a Valeria a los ojos.
"Valeria, ¿ya almorzaste? Vamos, te invito a la cafetería, no puedes vivir solo de café."
Valeria sintió el pánico. Compartir espacio con Mía era seguro; compartirlo con Leo era peligroso. "Gracias, Mía, pero tengo que preparar el resumen de Singapur para el Sr. Ferrer."
"No te preocupes por si almorza o no Valeria, Mía", intervino Leo, sin mirar a ninguna de las dos. "Valeria es indispensable en este momento. La necesitamos aquí."
Mía le dio a su hermano una mirada de reproche que él ignoró olímpicamente.







