Mundo ficciónIniciar sesiónMás tarde, cuando Leo se fue a su reunión, Mía regresó al escritorio de Valeria y se inclinó con una sonrisa cómplice.
"Leo es un caso perdido, lo sé. El hombre es un genio, pero tiene la misma ceguera emocional que papá tuvo antes de mamá", susurró Mía. "Pero no te preocupes, mi querida Valeria. Tengo un plan."
Valeria se alarmó. "Mía, por favor, sabes que no puedo... No soy para él. Él busca..."
"Busca un robot que organice su vida", terminó Mía. "Y tú lo haces. Pero no ve a la mujer que vive para su madre enferma, la que es más fuerte que cualquier CEO. Déjame esto a mí."
Mía sacó una tarjeta de invitación elegante. "El evento de caridad de esta noche. Es obligatorio para todos los ejecutivos, incluyendo a sus asistentes. Leo te necesita para que te encargues de los detalles. Vístete con el vestido que te presté la última vez. Es hora de que mi hermano te vea fuera de la oficina."
El pánico se apoderó de Valeria. Un evento de alta sociedad con Leo y la amenaza de que él notara su existencia. Y, peor aún, que él notara que ella no era su tipo.
El miedo era un nudo frío en el estómago de Valeria. El evento de caridad se celebraba en el Museo Metropolitano. Estaba a kilómetros de distancia del anonimato de su oficina.
Siguiendo el plan (casi una orden) de Mía, Valeria se había dejado persuadir. Se quitó las gafas de montura gruesa (reemplazándolas por lentes de contacto incómodos) y se despojó de la ropa "de abuela". Se puso el vestido que Mía le había prestado: un diseño de seda azul oscuro, sin mangas, que abrazaba sus curvas y dejaba la espalda al descubierto.
Al verse en el espejo, no reconoció a la secretaria invisible. Su cabello, normalmente tirante en una cola de caballo, caía en ondas suaves y le enmarcaba el rostro. Sus ojos claros, ahora sin la barrera del cristal, brillaban con una mezcla de pánico y un brillo que no se permitía en la oficina.
"Esto es una locura", se dijo a sí misma, recordando la sonrisa maliciosa de Gabriela.
Llegó tarde, lo que era un pecado imperdonable en su código de conducta profesional, pero una táctica perfecta en el plan de Mía.
Leo, ya impecable en un esmoquin que parecía esculpido sobre su cuerpo, estaba en su despacho revisando las donaciones. Estaba furioso. Había esperado la lista de invitados para el check-in final, y Valeria no había aparecido.
"Increíble", gruñó Leo. "Justo hoy, la única persona indispensable de la empresa me falla. ¿Tan difícil es ser puntual en un evento, incluso como asistente?"
"Tranquilo, Leo", dijo Mía, que estaba a su lado, luciendo radiante en un vestido rojo. "Valeria es perfecta. Quizás solo necesita... un momento dramático."
Justo en ese instante, la asistente ejecutiva de la recepción llamó. "Sr. Ferrer, la Srta. Soto ha llegado. ¿La dejo pasar?"
Leo se puso la chaqueta con un gesto impaciente. "No, Mía y yo vamos para allá. Ya es suficientente tarde como para que Valeria suba."
Leo se dirigió al vestíbulo principal, planeando dar a Valeria una reprimenda rápida y profesional. Pero cuando sus ojos la encontraron, todas las palabras de reprimenda se congelaron en su garganta.
Valeria estaba de pie bajo la luz de un candelabro antiguo. El vestido azul oscuro era un contraste dramático con su habitual gris de oficina. Era impactante. No era una modelo; era una mujer real con una belleza que había permanecido oculta bajo el disfraz de la eficiencia.
Leo se detuvo en seco. Su mente, tan hábil en el código binario y los márgenes de beneficio, se quedó en blanco. No vio a su secretaria. Vio a una mujer que lo miró con una mezcla de desafío y miedo, sus ojos claros brillantes.
Mía sonrió a su hermano con satisfacción. "Hola, Leo. ¿Te presento a Valeria, o ya la conoces?"
Leo se obligó a caminar, su compostura recuperada con esfuerzo.
"Valeria, llega tarde", su voz era áspera, pero por primera vez, no era por impaciencia, sino por una conmoción no deseada.
"Pido disculpas, Sr. Ferrer. Hubo un... contratiempo," dijo Valeria, sus mejillas enrojecidas.
Pero Leo ya no la escuchaba. Su mirada se fijó en su espalda desnuda y luego subió a su rostro, completamente transformado. Lo que más lo molestó no fue que ella fuera hermosa; fue que él nunca se había dado cuenta. Había sido tan ciego a todo lo que no fuera su trabajo.







