Mundo ficciónIniciar sesiónUna noche de sexo anónimo. Un nuevo jefe. Y un error que no puede olvidar. Sofía solo quería desaparecer después de esa noche en Polanco. Pero el hombre que la tocó como si le perteneciera… resultó ser Mateo León, el CEO millonario que ahora controla su trabajo y su cuerpo. Él es frío, dominante y está obsesionado con ella. Ella tiene miedo, un pasado oscuro y una hermana que proteger. Cuando su ex regresa y la familia de Mateo le exige un matrimonio por conveniencia, Sofía cree que lo más seguro es huir. Pero Mateo tiene otras ideas: “Puedes correr… pero yo siempre te encontraré. Porque ya decidí que eres mía.” Él es dominante, posesivo y está acostumbrado a conseguir todo lo que quiere. Ella solo quiere sobrevivir y proteger a su hermana menor de un pasado violento. Lo que empezó como un error de una noche se convierte en una relación prohibida llena de deseo, celos y protección obsesiva. Cuando su ex regresa amenazando su vida y la familia de Mateo le exige un matrimonio por conveniencia, Sofía cree que lo más seguro es huir. Pero Mateo está dispuesto a renunciar a todo —su imperio, su apellido, su herencia— con tal de quedársela. Por primera vez, alguien la elige a ella por encima de todo. ¿Será capaz de confiar en el hombre que le promete seguridad… o volverá a ser la mujer que siempre huye? Una historia de deseo intenso, sanación emocional y un amor que desafía todo.
Leer másEl club privado en Polanco olía a madera oscura, perfume caro y pecado. Luces tenues, música baja, y gente que pagaba fortunas solo para no ser reconocida. Sofía Mendoza ajustó la máscara roja que le cubría la mitad del rostro y respiró hondo. La tela le apretaba un poco las sienes, pero era necesaria. Nadie debía saber quién era. Ni siquiera esta noche.
Llevaba un vestido negro corto que no era suyo —se lo había prestado su compañera de cuarto— y tacones que le hacían sentir más alta de lo que era. Veintidós años, huyendo de Guadalajara, con una hermana de doce esperando en un departamento prestado en la Condesa. Esta noche no era para pensar en eso. Esta noche era para olvidar. Olvidar el olor a alcohol barato en la boca de Javier, olvidar las amenazas, olvidar que tenía que mirar atrás cada vez que salía a la calle.
Se acercó a la barra y pidió un tequila con limón. El bartender ni siquiera le preguntó la edad. Aquí nadie preguntaba nada.
—Primera vez en este lugar —dijo una voz grave a su lado.
Sofía giró la cabeza. El hombre que estaba a dos taburetes de distancia la miraba sin disimulo. Traje negro impecable, camisa blanca abierta en el primer botón, cabello oscuro peinado hacia atrás. Tenía unos treinta años, mandíbula marcada y ojos que parecían leerle el alma. No sonreía. Solo la observaba como si ya supiera exactamente cómo iba a terminar la noche.
—No es de tu incumbencia —respondió ella, pero su voz salió más baja de lo que pretendía.
Él se levantó con calma, tomó su vaso y se acercó. El olor a su colonia —madera, algo cítrico, algo peligroso— le llegó antes que él.
—Tal vez no —dijo, apoyando el codo en la barra—. Pero llevas una máscara roja y miras a todos como si quisieras desaparecer. Eso me intriga.
Sofía dio un sorbo al tequila. El alcohol le quemó la garganta y le bajó directo al estómago.
—No estoy aquí para intrigar a nadie.
—Entonces ¿para qué estás aquí? —preguntó él, inclinándose un poco más cerca—. Dímelo.
Ella lo miró por encima del borde del vaso. Tenía la boca seca.
—Para olvidar.
Un destello cruzó los ojos del hombre. No era sonrisa. Era algo más oscuro.
—Buena respuesta —murmuró—. Yo también.
No intercambiaron nombres. No hacía falta. Él extendió la mano y ella, después de tres segundos de duda, la tomó. Sus dedos eran largos, calientes, firmes. La guió por un pasillo lateral hasta una puerta con código. Tecleó cuatro números sin que ella pudiera verlos y la puerta se abrió.
La habitación era pequeña, privada, con un sofá negro de cuero, una mesita de centro y una ventana que daba a las luces de Polanco. La música del club se escuchaba amortiguada, como si viniera de muy lejos.
Él cerró la puerta con llave. El clic resonó en el pecho de Sofía como un disparo.
—Puedes irte ahora —le dijo, sin tocarla todavía—. Nadie te va a obligar a nada.
Ella tragó saliva. El corazón le latía tan fuerte que estaba segura de que él podía escucharlo.
—No quiero irme.
—Bien.
Se acercó. Le quitó la máscara con cuidado, como si estuviera desenvolviendo algo frágil. Sofía parpadeó bajo la luz tenue. Él la miró durante un largo segundo, como si estuviera memorizando cada detalle de su cara.
—Eres más hermosa sin ella —susurró.
Luego la besó.
No fue un beso suave. Fue un beso que le robó el aire, que le hizo arquear la espalda contra la puerta y gemir contra su boca. Sus manos le recorrieron los costados, bajaron hasta sus muslos, subieron la falda del vestido sin pedir permiso. Sofía se aferró a sus hombros, las uñas clavándose en la tela cara de su traje.
—Dime tu nombre —pidió él contra su cuello, mordisqueando la piel sensible.
—No —jadeó ella—. Sin nombres.
Él rio, un sonido bajo y peligroso.
—Como quieras, muñeca.
La levantó como si no pesara nada y la sentó en la mesita de centro. Le abrió las piernas con las rodillas y se arrodilló entre ellas. Sofía sintió el aire frío en la piel cuando él le bajó las bragas negras. El corazón le dio un vuelco.
—Relájate —ordenó él, mirándola desde abajo—. Déjame verte.
Su boca se posó en ella sin previo aviso. Sofía soltó un grito ahogado, la cabeza cayendo hacia atrás. La lengua de él era experta, lenta al principio, luego más insistente, lamiendo, chupando, penetrándola con dos dedos gruesos mientras su pulgar jugaba con el clítoris. Ella se agarró del borde de la mesa, las piernas temblando.
—Joder… —gimió, sin reconocer su propia voz.
—Así —gruñó él contra su piel—. Quiero escucharte.
Le hizo correrse una vez con la boca, luego dos. Sofía estaba temblando, sudando, el vestido arrugado alrededor de la cintura. Él se levantó, se desabrochó el cinturón con una mano y sacó la polla. Era gruesa, larga, venosa, la cabeza ya brillando con precum.
—Mírame —le ordenó, agarrándole la barbilla con la otra mano.
Sofía abrió los ojos. Él se pasó la polla por los labios de ella, marcándola con su sabor, antes de empujar dentro de un solo movimiento lento pero implacable. Ella gritó, el cuerpo arqueándose, las uñas clavándose en sus antebrazos.
—Tan apretada… —gruñó él, empezando a moverse—. Tan jodidamente perfecta.
La folló en la mesa, luego contra la pared, luego en el sofá con ella a cuatro patas. Cada embestida era profunda, precisa, como si supiera exactamente dónde tocarla por dentro. Le hablaba sucio al oído:
—Vas a correrte otra vez para mí.
—Buena niña… mírame mientras te lleno. —Esta concha es mía esta noche. Dilo.—…tuya —gimió Sofía, perdida—. Esta noche… es tuya.
Se corrieron juntos la última vez, él gruñendo su nombre falso contra su cuello mientras se vaciaba dentro de ella. Sofía se quedó temblando, el cuerpo laxante, la mente en blanco por primera vez en meses.
Él no se apartó de inmediato. La abrazó desde atrás, besándole la nuca, la espalda, los hombros. Le apartó el cabello sudoroso de la cara.
—Respira —susurró, sorprendentemente tierno—. Estás bien.
Ella cerró los ojos. Por un segundo, solo un segundo, se permitió creerle.
Diez minutos después, se estaba poniendo el vestido de nuevo con manos temblorosas. Él la observaba desde el sofá, todavía con el pantalón desabrochado, la camisa abierta. Tenía una marca de uñas en el pecho que ella no recordaba haberle hecho.
—Gracias —dijo ella, sin mirarlo.
—No me agradezcas —respondió él, voz baja—. Esto no terminó.
Sofía se puso la máscara roja de nuevo, aunque ya no tenía sentido. Se dirigió a la puerta.
—Fue solo una noche —dijo, sin voltear.
Él no contestó.
Cuando abrió la puerta, escuchó su voz una última vez:
—No te escondas de mí, Sofía.
Ella se congeló. ¿Cómo sabía su nombre?
Pero cuando se giró, la habitación estaba vacía. Solo quedaba el olor de su colonia y el latido descontrolado de su propio corazón.
Sofía salió del club a las 3:17 a.m., con las piernas todavía débiles y una sensación extraña en el pecho. Pensó que nunca lo volvería a ver.
Estaba equivocada.
Y cuarenta y ocho horas después, cuando entró a la torre de León Group en Santa Fe para su primer día como asistente temporal del CEO, lo descubriría de la peor manera posible.
**Un año después**El jardín de la casa en Cuernavaca estaba lleno de luces suaves y flores blancas. No era una boda grande. Solo cincuenta personas: Lupita (ahora de trece años y más alta que antes), Diego, Rosa, algunos amigos cercanos y la familia que ellos mismos habían elegido.Sofía llevaba un vestido blanco sencillo, sin mucho encaje, solo fluido y elegante. El cabello suelto, con una pequeña corona de flores. Mateo la esperaba al final del camino de pétalos, con un traje negro y una sonrisa que no podía ocultar.Cuando ella llegó frente a él, las manos le temblaban un poco. Mateo las tomó entre las suyas y las besó.—Estás hermosa —le susurró.—Y tú estás nervioso —respondió ella, sonriendo.—Un poco —admitió él—. Pero solo porque quiero que este día sea perfecto para ti.El juez de paz leyó las palabras. Ellos se miraron a los ojos durante todo el momento. Cuando llegó la parte de los votos, Mateo fue primero.—Sofía, hace un año y medio te conocí por accidente. Esa noche pen
Una semana después del juicio, la vida en el penthouse había encontrado un ritmo nuevo. Más tranquilo. Más real.Sofía ya no revisaba la cerradura tres veces antes de dormir. Lupita reía todos los días. Mateo trabajaba desde casa la mayor parte del tiempo, construyendo algo nuevo desde cero —una empresa más pequeña, más ética, solo suya.Una noche, después de cenar, Mateo le pidió a Sofía que se pusiera algo bonito.—¿Adónde vamos? —preguntó ella, curiosa.—Confía en mí —respondió él con una sonrisa misteriosa.La llevó a la azotea del edificio. La habían decorado con luces suaves, velas y una mesa para dos con vista completa a la ciudad iluminada. Había música suave de fondo y una botella de vino esperando.Sofía se quedó sin aliento.—Mateo… esto es…—Shhh —le dijo, tomándola de la mano y guiándola hasta la mesa—. Solo siéntate.Cenaron bajo las estrellas. Hablaron de todo y de nada: de Lupita, de los planes de Mateo para su nueva empresa, de los sueños de Sofía ahora que ya no tení
El juicio de Javier Morales se celebró en Guadalajara, pero Mateo hizo que lo trasladaran a CDMX para que Sofía pudiera estar presente sin tener que volver a su ciudad natal.Era un día gris y frío. El juzgado estaba rodeado de periodistas y cámaras. Sofía llevaba un vestido negro sencillo y la mano de Mateo entrelazada con la suya. Lupita se había quedado en el penthouse con Rosa, protegida.Cuando Javier entró en la sala esposado, miró directamente a Sofía. Tenía el labio partido y una mirada llena de odio. Ella lo sostuvo sin parpadear. Por primera vez, no sintió miedo. Solo… lástima.El juicio fue rápido. Las pruebas eran abrumadoras: denuncias anteriores, testimonios de vecinos, mensajes amenazantes, fotos de las lesiones de Sofía. El fiscal pidió veinte años de prisión.Cuando llegó el momento de la sentencia, el juez miró a Sofía.—Señorita Mendoza, ¿desea decir algo antes de que se dicte la sentencia?Sofía se levantó. Su voz salió clara y firme, sin temblar.—Durante años viv
La reunión se celebró en la mansión de los León en Polanco a las 19:00. Solo estaban presentes don Héctor, doña Elena, dos abogados de la familia y Mateo. Sofía esperó en el coche afuera, tal como Mateo le había pedido.Dentro, el ambiente era tenso.Don Héctor golpeó la mesa con la palma de la mano.—Estás cometiendo el error más grande de tu vida, hijo. Si renuncias ahora, pierdes todo. El grupo, las acciones, los terrenos, todo. ¿Por una mujer que conociste hace menos de un mes?Mateo lo miró sin parpadear.—No es “una mujer”. Es Sofía. Y sí, renuncio. Hoy mismo. Puedes quedarte con todo. Yo me quedo con ella.Doña Elena intentó intervenir, con voz más suave:—Mateo, por favor. Piensa en tu futuro. En el legado de tu padre. En lo que hemos construido durante décadas.Mateo se giró hacia su madre.—Madre, lo que ustedes construyeron fue un imperio basado en conveniencia y control. Yo no quiero eso. Quiero algo real. Y lo encontré.Don Héctor soltó una risa amarga.—Entonces vete. Pe
Último capítulo