Mundo ficciónIniciar sesiónEl sol de la mañana entraba oblicuo por las ventanas de la torre de León Group. Sofía Mendoza entró al piso 48 a las 7:58 con dos cafés en las manos y el corazón latiéndole en la garganta. Llevaba la misma falda negra de ayer —lavada a las tres de la mañana porque no tenía otra limpia— y una blusa blanca que le quedaba un poco ajustada en el pecho. No se había puesto bragas. Mateo se lo había ordenado la noche anterior antes de irse de su departamento, después de follarla hasta que ella se durmió entre sus brazos.
Golpeó suavemente la puerta de cristal.
—Adelante —dijo la voz grave desde dentro.
Entró. Mateo estaba de pie frente a su escritorio, hablando por teléfono con alguien en inglés. Cuando la vio, colgó sin despedirse.
—Deja el café —ordenó—. Cierra la puerta con llave.
Sofía obedeció. El clic le sonó a déjà vu.
Mateo se acercó, le quitó el café de las manos y lo dejó sobre la mesa auxiliar. Luego la miró de arriba abajo, deteniéndose en la forma en que la falda se le pegaba a los muslos.
—Levántate la falda —dijo, voz baja—. Quiero comprobar que cumpliste.
Ella se sonrojó, pero lo hizo. La falda subió hasta la cintura. El aire acondicionado le rozó la piel desnuda. Mateo soltó un sonido de aprobación.
—Buena niña —murmuró, pasando dos dedos por su centro ya húmedo—. Tan lista para mí desde tan temprano.
La besó. Fue un beso lento, profundo, casi posesivo. Cuando se apartó, le sostuvo la cara con ambas manos.
—Anoche hablé con mi gente en Guadalajara —le dijo sin preámbulos—. Tienen a Lupita vigilada las veinticuatro horas. Dos hombres de confianza, ex militares. Nadie se acerca a ella sin que yo lo sepa. Y tu ex… —sus ojos se oscurecieron— ya sabe que la está protegiendo alguien con más poder que él.
Sofía sintió que se le aflojaba algo en el pecho.
—¿Qué vas a hacer? —preguntó, voz apenas audible.
Mateo le apartó un mechón de cabello.
—Voy a destruirlo —respondió, como si estuviera diciendo que iba a cancelar una reunión—. Legalmente primero. Tengo abogados y contactos en la fiscalía de Jalisco. Si eso no basta… —sonrió, pero no fue una sonrisa amable— haré lo que sea necesario.
Ella tragó saliva.
—Mateo, no quiero que te metas en problemas por mí.
—Demasiado tarde —la interrumpió, inclinándose para besarle el cuello—. Desde el momento en que te metí la polla en Polanco y te escuché gemir mi nombre como si fuera lo único real en tu vida, ya eras mía. Y yo protejo lo que es mío.
Le bajó la cremallera de la falda con una mano mientras la otra le subía la blusa. Sofía jadeó cuando él le pellizcó un pezón a través del sostén.
—Hoy no hay tiempo para preliminares largos —gruñó Mateo, girándola y empujándola suavemente contra el escritorio—. Necesito estar dentro de ti. Ahora.
La inclinó sobre la madera fría. Le subió la falda hasta la cintura, le abrió las piernas con las rodillas y se colocó detrás de ella. Sofía escuchó el sonido de la cremallera, el paquete de condones abriéndose, y luego sintió la cabeza gruesa de su polla presionando contra su entrada.
—Mírame —le ordenó, agarrándole el cabello y tirando suavemente de su cabeza hacia atrás—. Quiero ver tu cara cuando te folle.
Empujó dentro de un solo movimiento profundo. Sofía gritó, las manos aferrándose al borde del escritorio. Era más intenso que la noche anterior, más urgente, como si Mateo necesitara recordarle —y recordarse a sí mismo— que ella era real y estaba allí.
—Tan jodidamente perfecta —gruñó, empezando a moverse con embestidas fuertes y precisas—. Esta concha me pertenece. Dilo.
—…tuya —gimió Sofía, perdida entre el placer y la emoción—. Esta concha es tuya, Mateo.
Él gruñó de aprobación y aceleró el ritmo. Una mano le rodeó la cintura para tocarle el clítoris mientras la follaba sin piedad. El escritorio crujía. Los papeles volaban al suelo. Sofía se corrió primero, mordiéndose el brazo para no gritar demasiado fuerte, el cuerpo convulsionando alrededor de su polla. Mateo la siguió segundos después, enterrándose hasta el fondo y llenándola con calor mientras gruñendo su nombre contra su nuca.
Se quedó dentro unos segundos más, besándole la espalda, los hombros, la nuca. Luego se apartó con cuidado, la giró y la sentó en el borde del escritorio. Le limpió con una toallita húmeda que sacó del cajón —siempre preparado— y le bajó la falda.
—Bebe —le dijo, ofreciéndole el café que ella había traído.
Sofía bebió, las manos todavía temblando. Mateo se sentó en su silla de cuero y la jaló hasta que quedó sentada a horcajadas sobre su regazo, la falda subida, la polla todavía medio dura contra su muslo.
—Escúchame bien —le dijo, mirándola a los ojos—. A partir de hoy, tu hermana tiene escolta permanente. Tú tienes dos hombres siguiéndote a todas partes cuando no estás conmigo. Y esta noche… vas a mudarte a mi departamento en Lomas.
Sofía se tensó.
—Mateo, no puedo—
—Puedes y lo harás —la interrumpió, firme pero no cruel—. No es negociable. No voy a dejarte en ese departamento viejo donde cualquier hijo de puta puede llegar a tu puerta. Lupita viene también. Tengo un cuarto para ella con todo lo que necesita. Seguridad veinticuatro horas. Y tú… —le besó la frente— vas a dormir todas las noches en mi cama.
Ella lo miró, buscando la trampa. No la encontró.
—¿Y el contrato? —preguntó—. ¿El “solo sexo, sin sentimientos”?
Mateo sonrió. Fue una sonrisa lenta, oscura y tierna al mismo tiempo.
—El contrato ya está roto —respondió, besándole los labios con suavidad—. Lo rompí anoche cuando te abracé mientras llorabas. Lo rompí esta mañana cuando decidí destruir a tu ex por ti. Y lo voy a seguir rompiendo cada vez que te mire como si fueras lo más importante que tengo.
Sofía sintió que se le llenaban los ojos de lágrimas. No lloró. Pero casi.
Mateo le secó la comisura del ojo con el pulgar.
—Esta noche, cuando llegues a casa —continuó, voz baja—, quiero que te desnudes en mi habitación y esperes de rodillas en la cama. Sin preguntas. ¿Entendido?
Ella asintió, el corazón latiéndole fuerte por razones que ya no eran solo miedo.
—Entendido… Mateo.
Él sonrió de verdad entonces. Una sonrisa que le hizo cosas peligrosas al estómago.
—Buena niña.
La besó una última vez, profundo y posesivo, antes de ayudarla a bajar de su regazo.
—Ahora ve a tu escritorio y termina el reporte de diseño para las diez. Y Sofía…
Ella ya tenía la mano en el pomo de la puerta.
—No te pongas bragas mañana tampoco. Quiero poder tocarte cuando quiera… y recordarte que eres mía cada vez que me dé la gana.
Sofía salió de la oficina con las piernas débiles y una sensación nueva en el pecho.
No era solo deseo.
Era la peligrosa, aterradora sensación de estar empezando a confiar.







