Mundo ficciónIniciar sesiónEl restaurante privado en Polanco estaba vacío excepto por una mesa en el fondo. Mateo León entró a las 13:00 exacto, traje negro impecable, expresión de piedra. Su padre, don Héctor León, lo esperaba con una copa de whisky en la mano y dos hombres de traje sentados a su lado.
—Hijo —saludó don Héctor con una sonrisa que no llegaba a los ojos—. Siéntate. Tenemos mucho que hablar.
Mateo se sentó, rechazó el whisky que le ofrecieron y fue directo al punto.
—No voy a casarme con la hija de los Mendoza. Ya te lo dije.
Don Héctor rio, pero fue un sonido sin humor.
—Tu madre y yo llevamos tres años negociando esta fusión. Los Mendoza aportan puertos y logística. Nosotros acero y terrenos. Es perfecto. Y la niña es hermosa, educada, de buena familia. ¿Qué problema tienes?
—Que no la quiero —respondió Mateo, voz fría—. Quiero a otra persona. Y no voy a sacrificar mi vida por un contrato.
Uno de los hombres a la derecha de don Héctor se inclinó.
—¿Es por la chica que tienes escondida en tu penthouse? La de Guadalajara. La que tiene un ex peligroso. ¿Crees que no nos enteramos?
Mateo sintió que se le helaba la sangre, pero no lo demostró.
—Mi vida personal no es de tu incumbencia.
—Claro que lo es —gruñó don Héctor, golpeando la mesa con el puño—. Eres el heredero. Todo lo que haces afecta al grupo. Si esa mujer trae problemas, si su pasado explota, nos salpica a todos. Termina con ella. Cásate con la Mendoza. O te quito todo.
Mateo se levantó lentamente. Miró a su padre a los ojos.
—Hazlo —dijo, voz baja y letal—. Quítame todo. Prefiero perder el imperio que perderla a ella. Y si alguna vez vuelves a amenazarla… te juro por Dios que voy a hacer lo mismo que hice anoche con su ex. Solo que esta vez no voy a dejar que respire.
Don Héctor palideció. Los dos hombres se pusieron tensos.
Mateo se giró y salió sin mirar atrás.
---
Mientras tanto, en el penthouse de Lomas…
Sofía estaba en la cocina preparando lunch para Lupita cuando el intercom sonó. Rosa contestó.
—Señorita Mendoza, hay una mujer en el lobby. Dice que es la prometida del señor León. Quiere subir.
Sofía sintió que se le helaba la sangre.
—¿Cómo se llama?
—Señora Mendoza. Valentina Mendoza.
El apellido le dio un vuelco al estómago. No era coincidencia.
—Hazla subir —dijo, voz tensa—. Pero avísale a Mateo ahora mismo.
Cinco minutos después, la puerta del penthouse se abrió. Una mujer de unos veintiséis años entró, alta, elegante, con un vestido azul cielo y tacones que costaban más que el salario mensual de Sofía. Llevaba el cabello castaño recogido en un moño perfecto y una sonrisa que no llegaba a los ojos.
—Así que tú eres la famosa Sofía —dijo Valentina, recorriéndola de arriba abajo—. La que tiene a Mateo tan distraído que rechaza una fusión de trescientos millones de dólares.
Sofía se mantuvo firme, aunque el corazón le latía fuerte.
—Usted debe ser la hija de los Mendoza.
—Exacto. Y según los contratos que firmaron nuestros padres hace tres años, yo soy la futura señora León. Hasta que tú apareciste.
Valentina se acercó, mirándola con desprecio disfrazado de lástima.
—Sé todo sobre ti. Tu ex, el que te golpeaba. La denuncia que presentaste. Cómo huiste con tu hermana como una criminal. Mateo puede protegerte por ahora, pero ¿por cuánto tiempo? Mi familia tiene contactos en la policía, en los medios, en todos lados. Si tu pasado sale a la luz… ¿crees que el imperio León va a sobrevivir al escándalo?
Sofía sintió que se le aflojaban las rodillas, pero no retrocedió.
—Mateo ya eligió —respondió, voz más firme de lo que sentía—. Y yo no voy a irme.
Valentina rio, un sonido frío.
—Entonces prepárate para la guerra, querida. Porque yo no pierdo. Y cuando termine… vas a desear nunca haber puesto un pie en esta ciudad.
Se giró y salió, dejando un rastro de perfume caro y amenaza en el aire.
Sofía se quedó parada en la sala, las manos temblando. Sacó el teléfono nuevo y marcó el número de Mateo.
Contestó al primer tono.
—Dime.
—Valentina Mendoza estuvo aquí —dijo Sofía, voz quebrada—. Me amenazó. Dijo que mi pasado va a salir a la luz. Mateo… no quiero ser la razón por la que pierdas todo.
Hubo un silencio de dos segundos.
—Quédate donde estás —ordenó Mateo, voz oscura—. No abras a nadie más. Voy para allá ahora. Y Sofía…
—¿Sí?
—Nadie te quita de mi lado. Ni mi familia. Ni la tuya. Ni el puto mundo entero.
Colgó.
Sofía se dejó caer en el sofá, el corazón desbocado.
Y por primera vez desde que conoció a Mateo León, se preguntó si el precio de ser suya era demasiado alto.







