Mundo ficciónIniciar sesiónUna semana después del juicio, la vida en el penthouse había encontrado un ritmo nuevo. Más tranquilo. Más real.
Sofía ya no revisaba la cerradura tres veces antes de dormir. Lupita reía todos los días. Mateo trabajaba desde casa la mayor parte del tiempo, construyendo algo nuevo desde cero —una empresa más pequeña, más ética, solo suya.
Una noche, después de cenar, Mateo le pidió a Sofía que se pusiera algo bonito.
—¿Adónde vamos? —preguntó ella, curiosa.
—Confía en mí —respondió él con una sonrisa misteriosa.
La llevó a la azotea del edificio. La habían decorado con luces suaves, velas y una mesa para dos con vista completa a la ciudad iluminada. Había música suave de fondo y una botella de vino esperando.
Sofía se quedó sin aliento.
—Mateo… esto es…
—Shhh —le dijo, tomándola de la mano y guiándola hasta la mesa—. Solo siéntate.
Cenaron bajo las estrellas. Hablaron de todo y de nada: de Lupita, de los planes de Mateo para su nueva empresa, de los sueños de Sofía ahora que ya no tenía que huir. Era la primera vez que hablaban del futuro sin miedo.
Cuando terminaron de comer, Mateo se levantó y se puso de rodillas frente a ella.
Sofía sintió que se le detenía el corazón.
—Mateo…
Él sacó una pequeña caja de terciopelo negro del bolsillo. La abrió. Dentro había un anillo sencillo pero hermoso: un diamante ovalado en una banda de oro blanco.
—Sofía Mendoza —dijo, voz clara y firme—, hace unos meses te conocí por casualidad en un club de Polanco. Esa noche pensé que sería solo eso: una noche. Pero luego te vi en mi oficina y supe que mi vida nunca volvería a ser la misma.
Hizo una pausa, mirándola a los ojos.
—Te he visto tener miedo. Te he visto ser valiente. Te he visto elegir quedarte cuando todo te decía que huyeras. Y cada día que pasa, me enamoro más de ti. No solo de tu cuerpo. De tu fuerza. De tu corazón. De la forma en que proteges a tu hermana. De la forma en que me miras como si yo fuera suficiente.
Sofía ya tenía lágrimas en los ojos.
Mateo tomó su mano izquierda.
—Quiero pasar el resto de mi vida contigo. Quiero despertarme a tu lado. Quiero ver crecer a Lupita. Quiero construir algo más grande que nosotros dos. No un imperio. Una vida. ¿Quieres casarte conmigo?
Sofía no pudo hablar durante varios segundos. Las lágrimas le rodaban por las mejillas, pero sonreía.
—Sí —logró decir al fin, con voz temblorosa—. Sí, quiero casarme contigo. Sí, quiero todo. Contigo.
Mateo le puso el anillo en el dedo con manos sorprendentemente firmes. Luego se levantó, la levantó en brazos y la besó como si el mundo se estuviera acabando.
Esa noche hicieron el amor despacio, profundamente, mirándose a los ojos. No fue sexo. Fue algo más grande. Fue una promesa sellada con el cuerpo y el alma.
Cuando terminaron, Mateo la abrazó contra su pecho y le susurró:
—Te amo, Sofía. Y voy a pasarme la vida demostrándotelo.
Ella sonrió en la oscuridad, con el anillo brillando en su dedo.
—Yo también te amo —respondió—. Y ya me lo estás demostrando.







