Una semana después del juicio, la vida en el penthouse había encontrado un ritmo nuevo. Más tranquilo. Más real.
Sofía ya no revisaba la cerradura tres veces antes de dormir. Lupita reía todos los días. Mateo trabajaba desde casa la mayor parte del tiempo, construyendo algo nuevo desde cero —una empresa más pequeña, más ética, solo suya.
Una noche, después de cenar, Mateo le pidió a Sofía que se pusiera algo bonito.
—¿Adónde vamos? —preguntó ella, curiosa.
—Confía en mí —respondió él con una so