Mundo ficciónIniciar sesiónLomas de Chapultepec a las 21:47 olía a jacarandas y dinero viejo. El edificio de Mateo León no era un departamento: era una torre privada con solo doce penthouses, seguridad privada en el lobby y ascensor que requería huella digital. Sofía Mendoza bajó del coche negro con ventanillas tintadas, llevando una mochila pequeña y sosteniendo la mano de Lupita, que miraba todo con ojos grandes de doce años.
—Este lugar es… ¿de verdad vamos a vivir aquí? —preguntó la niña en voz baja.
Sofía tragó saliva.
—Solo por un tiempo, mi vida. Hasta que todo se calme.
Mateo ya las esperaba en el lobby. Traje oscuro, camisa blanca, expresión seria pero ojos suaves cuando vio a Lupita. Se agachó a su altura.
—Hola, Lupita. Soy Mateo. Tu hermana y tú van a estar muy seguras aquí. ¿Te gusta el helado de mango?
Lupita asintió, tímida pero intrigada.
—Hay un cuarto para ti en el piso de arriba —continuó él, voz calmada—. Tiene una ventana grande, un escritorio nuevo y un oso de peluche más grande que el tuyo. Si quieres cambiar algo, solo dímelo.
Lupita miró a Sofía, que asintió. La niña sonrió por primera vez en semanas.
Una asistente (mujer de unos cincuenta años llamada Rosa) las acompañó al ascensor privado. Mateo se quedó atrás hablando por teléfono en voz baja, pero sus ojos no se apartaron de Sofía ni un segundo.
El penthouse ocupaba todo el piso 42. Ventanales del piso al techo con vista a la ciudad, cocina de mármol blanco, sala con chimenea falsa y tres habitaciones. La de Lupita estaba al final del pasillo: rosa suave, escritorio blanco, osito gigante en la cama y un cartel que decía “Bienvenida, Lupita” escrito a mano.
Sofía sintió que se le llenaban los ojos de lágrimas.
—Mateo… esto es demasiado.
Él apareció detrás de ella, le pasó un brazo por la cintura y la atrajo contra su pecho.
—Nada es demasiado cuando se trata de ti —murmuró contra su cabello—. Rosa se queda esta noche en la habitación de servicio. Mañana llega más personal. Nadie entra ni sale sin mi permiso.
Lupita ya estaba probando la cama gigante, riendo por primera vez en días. Sofía la besó en la frente.
—Duerme tranquila, mi vida. Yo estoy aquí.
Cerró la puerta del cuarto de su hermana y siguió a Mateo por el pasillo principal. La habitación principal era enorme: cama king size con sábanas negras de seda, ventanales que daban a la noche de la ciudad, y un baño que parecía spa de hotel de lujo.
Mateo cerró la puerta con llave y se giró hacia ella.
—Quítate la ropa —le dijo, voz baja pero firme—. Todo.
Sofía obedeció despacio. Blusa, falda, sostén. Quedó desnuda frente a él, el cuerpo todavía sensible por la oficina de esa tarde. Mateo se desvistió sin prisa, ojos fijos en ella. Cuando quedó completamente desnudo, se acercó y la levantó como si no pesara nada.
La acostó en el centro de la cama enorme. Se arrodilló entre sus piernas y la lamió despacio, con lengua ancha y paciente, como si tuviera todo el tiempo del mundo. Sofía se arqueó, gimiendo su nombre, las manos enredadas en su cabello oscuro.
—Mateo… por favor…
—Shhh —susurró él contra su piel—. Esta noche no hay prisa. Quiero saborearte. Quiero que sepas que aquí estás a salvo.
La hizo correrse dos veces con la boca antes de subir por su cuerpo. La besó profundamente, dejándole probarse a sí misma en su lengua. Luego entró en ella despacio, centímetro a centímetro, mirándola a los ojos sin parpadear.
—Mírame —le ordenó, voz ronca—. No mires a ningún otro lado. Solo a mí.
Sofía lo miró. Y mientras él se movía dentro de ella, profundo, constante, casi reverente, sintió que algo se rompía y se reconstruía al mismo tiempo. No era solo sexo. Era… algo más grande. Algo que le daba miedo y al mismo tiempo la hacía sentir más viva que nunca.
Mateo le agarró las muñecas por encima de la cabeza con una mano, la otra le acariciaba el clítoris mientras embestía más fuerte. El sonido de piel contra piel llenaba la habitación.
—Eres mía —gruñó contra su boca—. No solo tu cuerpo. Tú entera. Tu miedo, tu pasado, tu hermana… todo es mío ahora. Y yo no dejo ir lo que es mío.
Sofía se corrió gritando su nombre, el cuerpo convulsionando alrededor de su polla. Mateo la siguió segundos después, gruñendo contra su nuca mientras se vaciaba dentro de ella, caliente y abundante.
Se quedaron unidos un largo rato, besándole la frente, las mejillas, los párpados. Luego se apartó con cuidado, la limpió con una toallita tibia que sacó del baño, y la cubrió con las sábanas negras. Se acostó a su lado y la atrajo contra su pecho, una mano en su cabello, la otra dibujando círculos perezosos en su espalda.
—Esta noche —dijo después de un rato, voz baja contra su cabello— no fue solo sexo.
Sofía levantó la vista. Los ojos de Mateo estaban oscuros, intensos, vulnerables de una forma que ella nunca había visto.
—Lo sé —susurró ella.
—No quiero solo follarte —continuó él, tomándole la cara con ambas manos—. Quiero despertarme contigo todas las mañanas. Quiero que Lupita se ría en mi cocina. Quiero que cuando Javier o quien sea intente lastimarte, sea mi nombre el que le dé miedo. Quiero… todo. Contigo.
Sofía sintió que se le rompía algo dentro del pecho. Lágrimas calientes le llenaron los ojos.
—Mateo… yo… tengo mucho miedo.
—Lo sé —respondió él, besándole las lágrimas—. Y yo voy a estar aquí hasta que dejes de tenerlo.
La besó lento, profundo, como si estuviera sellando una promesa. Luego la abrazó más fuerte, cubriéndola completamente con su cuerpo.
—Duerme —susurró—. Mañana empiezo a destruir todo lo que te da miedo. Y cuando termine… vas a ser libre. Y vas a ser mía. De verdad.
Sofía cerró los ojos, el cuerpo pesado y satisfecho, el corazón latiendo contra el de él.
Por primera vez desde que huyó de Guadalajara, se durmió sin revisar la cerradura tres veces.
Y por primera vez, no soñó con correr.
Soñó con quedarse.







