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El club privado en Polanco olía a madera oscura, perfume caro y pecado. Luces tenues, música baja, y gente que pagaba fortunas solo para no ser reconocida. Sofía Mendoza ajustó la máscara roja que le cubría la mitad del rostro y respiró hondo. La tela le apretaba un poco las sienes, pero era necesaria. Nadie debía saber quién era. Ni siquiera esta noche.
Llevaba un vestido negro corto que no era suyo —se lo había prestado su compañera de cuarto— y tacones que le hacían sentir más alta de lo que era. Veintidós años, huyendo de Guadalajara, con una hermana de doce esperando en un departamento prestado en la Condesa. Esta noche no era para pensar en eso. Esta noche era para olvidar. Olvidar el olor a alcohol barato en la boca de Javier, olvidar las amenazas, olvidar que tenía que mirar atrás cada vez que salía a la calle.
Se acercó a la barra y pidió un tequila con limón. El bartender ni siquiera le preguntó la edad. Aquí nadie preguntaba nada.
—Primera vez en este lugar —dijo una voz grave a su lado.
Sofía giró la cabeza. El hombre que estaba a dos taburetes de distancia la miraba sin disimulo. Traje negro impecable, camisa blanca abierta en el primer botón, cabello oscuro peinado hacia atrás. Tenía unos treinta años, mandíbula marcada y ojos que parecían leerle el alma. No sonreía. Solo la observaba como si ya supiera exactamente cómo iba a terminar la noche.
—No es de tu incumbencia —respondió ella, pero su voz salió más baja de lo que pretendía.
Él se levantó con calma, tomó su vaso y se acercó. El olor a su colonia —madera, algo cítrico, algo peligroso— le llegó antes que él.
—Tal vez no —dijo, apoyando el codo en la barra—. Pero llevas una máscara roja y miras a todos como si quisieras desaparecer. Eso me intriga.
Sofía dio un sorbo al tequila. El alcohol le quemó la garganta y le bajó directo al estómago.
—No estoy aquí para intrigar a nadie.
—Entonces ¿para qué estás aquí? —preguntó él, inclinándose un poco más cerca—. Dímelo.
Ella lo miró por encima del borde del vaso. Tenía la boca seca.
—Para olvidar.
Un destello cruzó los ojos del hombre. No era sonrisa. Era algo más oscuro.
—Buena respuesta —murmuró—. Yo también.
No intercambiaron nombres. No hacía falta. Él extendió la mano y ella, después de tres segundos de duda, la tomó. Sus dedos eran largos, calientes, firmes. La guió por un pasillo lateral hasta una puerta con código. Tecleó cuatro números sin que ella pudiera verlos y la puerta se abrió.
La habitación era pequeña, privada, con un sofá negro de cuero, una mesita de centro y una ventana que daba a las luces de Polanco. La música del club se escuchaba amortiguada, como si viniera de muy lejos.
Él cerró la puerta con llave. El clic resonó en el pecho de Sofía como un disparo.
—Puedes irte ahora —le dijo, sin tocarla todavía—. Nadie te va a obligar a nada.
Ella tragó saliva. El corazón le latía tan fuerte que estaba segura de que él podía escucharlo.
—No quiero irme.
—Bien.
Se acercó. Le quitó la máscara con cuidado, como si estuviera desenvolviendo algo frágil. Sofía parpadeó bajo la luz tenue. Él la miró durante un largo segundo, como si estuviera memorizando cada detalle de su cara.
—Eres más hermosa sin ella —susurró.
Luego la besó.
No fue un beso suave. Fue un beso que le robó el aire, que le hizo arquear la espalda contra la puerta y gemir contra su boca. Sus manos le recorrieron los costados, bajaron hasta sus muslos, subieron la falda del vestido sin pedir permiso. Sofía se aferró a sus hombros, las uñas clavándose en la tela cara de su traje.
—Dime tu nombre —pidió él contra su cuello, mordisqueando la piel sensible.
—No —jadeó ella—. Sin nombres.
Él rio, un sonido bajo y peligroso.
—Como quieras, muñeca.
La levantó como si no pesara nada y la sentó en la mesita de centro. Le abrió las piernas con las rodillas y se arrodilló entre ellas. Sofía sintió el aire frío en la piel cuando él le bajó las bragas negras. El corazón le dio un vuelco.
—Relájate —ordenó él, mirándola desde abajo—. Déjame verte.
Su boca se posó en ella sin previo aviso. Sofía soltó un grito ahogado, la cabeza cayendo hacia atrás. La lengua de él era experta, lenta al principio, luego más insistente, lamiendo, chupando, penetrándola con dos dedos gruesos mientras su pulgar jugaba con el clítoris. Ella se agarró del borde de la mesa, las piernas temblando.
—Joder… —gimió, sin reconocer su propia voz.
—Así —gruñó él contra su piel—. Quiero escucharte.
Le hizo correrse una vez con la boca, luego dos. Sofía estaba temblando, sudando, el vestido arrugado alrededor de la cintura. Él se levantó, se desabrochó el cinturón con una mano y sacó la polla. Era gruesa, larga, venosa, la cabeza ya brillando con precum.
—Mírame —le ordenó, agarrándole la barbilla con la otra mano.
Sofía abrió los ojos. Él se pasó la polla por los labios de ella, marcándola con su sabor, antes de empujar dentro de un solo movimiento lento pero implacable. Ella gritó, el cuerpo arqueándose, las uñas clavándose en sus antebrazos.
—Tan apretada… —gruñó él, empezando a moverse—. Tan jodidamente perfecta.
La folló en la mesa, luego contra la pared, luego en el sofá con ella a cuatro patas. Cada embestida era profunda, precisa, como si supiera exactamente dónde tocarla por dentro. Le hablaba sucio al oído:
—Vas a correrte otra vez para mí.
—Buena niña… mírame mientras te lleno. —Esta concha es mía esta noche. Dilo.—…tuya —gimió Sofía, perdida—. Esta noche… es tuya.
Se corrieron juntos la última vez, él gruñendo su nombre falso contra su cuello mientras se vaciaba dentro de ella. Sofía se quedó temblando, el cuerpo laxante, la mente en blanco por primera vez en meses.
Él no se apartó de inmediato. La abrazó desde atrás, besándole la nuca, la espalda, los hombros. Le apartó el cabello sudoroso de la cara.
—Respira —susurró, sorprendentemente tierno—. Estás bien.
Ella cerró los ojos. Por un segundo, solo un segundo, se permitió creerle.
Diez minutos después, se estaba poniendo el vestido de nuevo con manos temblorosas. Él la observaba desde el sofá, todavía con el pantalón desabrochado, la camisa abierta. Tenía una marca de uñas en el pecho que ella no recordaba haberle hecho.
—Gracias —dijo ella, sin mirarlo.
—No me agradezcas —respondió él, voz baja—. Esto no terminó.
Sofía se puso la máscara roja de nuevo, aunque ya no tenía sentido. Se dirigió a la puerta.
—Fue solo una noche —dijo, sin voltear.
Él no contestó.
Cuando abrió la puerta, escuchó su voz una última vez:
—No te escondas de mí, Sofía.
Ella se congeló. ¿Cómo sabía su nombre?
Pero cuando se giró, la habitación estaba vacía. Solo quedaba el olor de su colonia y el latido descontrolado de su propio corazón.
Sofía salió del club a las 3:17 a.m., con las piernas todavía débiles y una sensación extraña en el pecho. Pensó que nunca lo volvería a ver.
Estaba equivocada.
Y cuarenta y ocho horas después, cuando entró a la torre de León Group en Santa Fe para su primer día como asistente temporal del CEO, lo descubriría de la peor manera posible.







