Mundo ficciónIniciar sesiónEl departamento en la Condesa era pequeño, viejo y caro para lo que era. Dos habitaciones, una cocina que olía a tortillas de la noche anterior y una ventana que daba a un callejón donde los gatos peleaban a las tres de la mañana. Sofía cerró la puerta con tres vueltas de llave, como siempre, y se dejó caer contra ella.
El teléfono nuevo le quemaba la mano.
El mensaje seguía allí, con la foto de Lupita saliendo del colegio. La misma foto que Javier le había enviado hacía tres semanas a su número viejo, antes de que ella lo tirara al río en la carretera a Querétaro.
**J:**
*Bonita mudanza a la CDMX, Sofía. Dile a tu hermana que la extraño.*Sofía sintió que el aire se le acababa. Las manos le temblaban tanto que casi se le cae el teléfono. Corrió al cuarto de Lupita. Su hermana dormía profundamente, con el osito de peluche que todavía llevaba desde Guadalajara abrazado contra el pecho. Doce años. Doce años de protegerla de un hombre que nunca debería haber entrado en sus vidas.
Marcó el único número que tenía guardado.
Contestó al primer tono.
—Sofía.
La voz de Mateo era grave, alerta, como si ya supiera que algo andaba mal.
—Él… él sabe dónde está Lupita —logró decir, la voz quebrada—. Me mandó una foto. Del colegio. En Guadalajara. Dice que la extraña. Mateo, si le hace algo…
—Respira —la interrumpió él, calmado pero firme—. Dime exactamente qué dice el mensaje.
Ella se lo leyó, las palabras le sabían a veneno.
Hubo un silencio de dos segundos.
—Estoy yendo —dijo Mateo—. No salgas del departamento. No abras a nadie. Cierra las cortinas. Enciende todas las luces. Te veo en quince minutos.
Colgó.
Sofía se quedó mirando el teléfono como si fuera una bomba. Quince minutos. ¿Cómo demonios iba a llegar desde Lomas en quince minutos a las diez de la noche?
Se sentó en el suelo del pasillo, la espalda contra la pared, y esperó. Cada segundo era una eternidad. Escuchaba cada ruido del edificio: el ascensor, una puerta cerrándose dos pisos arriba, los gatos en el callejón. El corazón le latía tan fuerte que le dolía.
A los catorce minutos exactos, llamaron a la puerta.
Tres golpes secos.
Sofía se levantó como resorte, miró por la mirilla y sintió que las rodillas le fallaban.
Mateo León estaba allí, todavía con el traje del día, pero sin la chaqueta. La camisa blanca arrugada en las mangas, los primeros botones abiertos, el cabello ligeramente revuelto como si se hubiera pasado las manos por él varias veces. En la mano derecha llevaba una bolsa negra.
Abrió la puerta.
Él entró sin decir nada, cerró con llave y la miró de arriba abajo. Sofía sabía que se veía fatal: ojos rojos, cabello suelto, la blusa todavía arrugada del escritorio de la tarde.
—Ven aquí —dijo Mateo, abriendo los brazos.
Ella dudó un segundo. Luego se lanzó contra él.
Mateo la abrazó con fuerza, una mano en su nuca, la otra en la parte baja de la espalda. Olía a su colonia, a cuero de coche y a algo que ella no supo identificar hasta después: seguridad.
—Estás a salvo —murmuró contra su cabello—. Ambas están a salvo. Tengo gente yendo a Guadalajara ahora mismo. Nadie va a tocar a tu hermana.
Sofía lloró. Lloró de verdad, por primera vez en meses, con sollozos secos que le dolían en el pecho. Mateo no dijo nada. Solo la sostuvo, meciéndola suavemente, besándole la coronilla una y otra vez.
Cuando por fin se calmó, él la llevó al sofá, la sentó y le dio un vaso de agua. Luego abrió la bolsa negra: un paquete de galletas, una botella de tequila pequeño, una camiseta negra de él y un cargador.
—Come algo —ordenó, sentándose a su lado—. Luego me cuentas todo.
Ella mordió una galleta sin saber qué sabía. Mateo la observaba como si estuviera evaluando daños.
—Tu ex se llama Javier, ¿verdad? —preguntó después de un rato.
Sofía asintió.
—Te golpeaba. Amenazaba con lastimar a Lupita si lo dejabas. La noche que lo denunciaste, él juró que te encontraría. Y ahora lo ha hecho.
Ella levantó la vista, sorprendida.
—¿Cómo…?
—Investigué —respondió él, sin disculparse—. Cuando firmaste el contrato anoche, ya sabía tu nombre completo. Hoy en la tarde, después de follarte en mi escritorio, mandé a mi gente a revisar tu pasado. No por control. Por protección.
Sofía debería haberse enojado. Debería haberle gritado que era una invasión de privacidad. Pero lo único que sintió fue alivio. Alguien más sabía. Alguien más estaba haciendo algo.
—Te voy a proteger —continuó Mateo, tomándole la mano—. A ti y a Lupita. Pero necesito que confíes en mí. Aunque te asuste. Aunque creas que no mereces que alguien luche por ti.
Ella lo miró. Los ojos oscuros de él reflejaban la luz tenue de la lámpara del pasillo.
—¿Por qué? —preguntó, voz ronca—. ¿Por qué yo?
Mateo se inclinó y le besó la comisura de los labios, suave, casi reverente.
—Porque aquella noche en Polanco, cuando te quité la máscara y te miraste a los ojos, supe que eras la primera persona en años que no me quería por mi dinero, por mi apellido o por lo que puedo darle. Me querías a mí. Y yo… —tragó saliva— yo nunca había querido a nadie como te quiero a ti.
Sofía sintió que algo se rompía dentro de ella. No de miedo. De esperanza.
Mateo se levantó, la tomó de la mano y la guió al cuarto. Lupita seguía dormida en la otra habitación. Cerró la puerta del cuarto de Sofía con cuidado.
—Quítate la ropa —le dijo, voz baja pero firme.
Ella obedeció. Cuando quedó desnuda frente a él, Mateo la miró como si estuviera viendo algo sagrado. Se desvistió despacio, sin dejar de mirarla. Su cuerpo era fuerte, marcado por el gimnasio y los años de estrés. La polla ya dura contra el vientre.
Se acercó, la levantó y la acostó en la cama. Se arrodilló entre sus piernas y la lamió despacio, con lengua ancha y paciente, hasta que Sofía se arqueó y gimió su nombre. No fue sexo rápido. Fue sexo que decía “estás a salvo”. Cada lamida, cada beso, cada “buena niña” susurrado contra su piel era una promesa.
Cuando por fin entró en ella, lo hizo despacio, mirándola a los ojos.
—Mírame —le ordenó—. No mires a ningún otro lado. Solo a mí.
Sofía lo miró. Y mientras él se movía dentro de ella, profundo y constante, sintió que el miedo se iba disolviendo. No desaparecía. Pero se volvía más pequeño. Porque Mateo estaba allí, sosteniéndola, follándola como si quisiera recordarle que su cuerpo era suyo… pero también que estaba protegido.
Se corrieron juntos, ella ahogando el grito contra su hombro, él gruñendo su nombre como una oración.
Después, Mateo no se apartó. La abrazó desde atrás, la cubrió con el edredón y le besó la nuca.
—Duerme —susurró—. Mañana voy a resolver esto. Y Sofía…
Ella ya se estaba quedando dormida, el cuerpo pesado y satisfecho.
—Nunca más vas a tener que huir sola.







