Mundo ficciónIniciar sesión**Un año después**
El jardín de la casa en Cuernavaca estaba lleno de luces suaves y flores blancas. No era una boda grande. Solo cincuenta personas: Lupita (ahora de trece años y más alta que antes), Diego, Rosa, algunos amigos cercanos y la familia que ellos mismos habían elegido.
Sofía llevaba un vestido blanco sencillo, sin mucho encaje, solo fluido y elegante. El cabello suelto, con una pequeña corona de flores. Mateo la esperaba al final del camino de pétalos, con un traje negro y una sonrisa que no podía ocultar.
Cuando ella llegó frente a él, las manos le temblaban un poco. Mateo las tomó entre las suyas y las besó.
—Estás hermosa —le susurró.
—Y tú estás nervioso —respondió ella, sonriendo.
—Un poco —admitió él—. Pero solo porque quiero que este día sea perfecto para ti.
El juez de paz leyó las palabras. Ellos se miraron a los ojos durante todo el momento. Cuando llegó la parte de los votos, Mateo fue primero.
—Sofía, hace un año y medio te conocí por accidente. Esa noche pensé que sería solo eso. Pero luego te vi en mi oficina y supe que mi vida nunca volvería a ser la misma. Me enseñaste a elegir. Me enseñaste que el amor no se negocia. Me enseñaste a ser mejor. Te prometo que voy a seguir eligiéndote todos los días. Que voy a protegerte, a apoyarte y a amarte con todo lo que soy. Eres mi hogar.
Sofía ya tenía lágrimas en los ojos cuando le tocó el turno.
—Mateo, cuando te conocí estaba rota. Huía de todo. De mi pasado, de mi miedo, de mí misma. Tú me encontraste y, en vez de romperme más, me ayudaste a reconstruirme. Me diste seguridad. Me diste una familia. Me diste un futuro. Te prometo que voy a seguir eligiendo quedarme. Que voy a pelear a tu lado. Que voy a amarte incluso cuando sea difícil. Porque tú eres mi elección. Mi única elección.
Se pusieron los anillos. El juez sonrió.
—Ahora pueden besarse.
Mateo la besó como si el mundo se estuviera acabando y empezando al mismo tiempo. Los invitados aplaudieron. Lupita gritó “¡Por fin!” y todos rieron.
---
**Dos años después**
La casa en Cuernavaca era ahora su hogar permanente. Tenían un jardín grande donde Lupita cultivaba flores y tomates. Mateo había construido una empresa más pequeña pero sólida, enfocada en proyectos éticos y sostenibles. Sofía trabajaba con él como socia creativa y, a veces, como su conciencia cuando se ponía demasiado ambicioso.
Una tarde de domingo, Mateo llegó a casa con una caja envuelta en papel azul.
—¿Qué es esto? —preguntó Sofía, curiosa.
—Ábrelo.
Dentro había una cajita más pequeña. Cuando la abrió, encontró una ecografía.
Sofía se quedó sin aliento.
—Mateo…
Él se arrodilló frente a ella, tomándole las manos.
—Sé que no lo planeamos. Sé que todo ha sido muy rápido desde que nos conocimos. Pero… ¿quieres tener un bebé conmigo? ¿Quieres que Lupita sea tía? ¿Quieres que construyamos algo más grande que nosotros dos?
Sofía lloró. Esta vez eran lágrimas de felicidad pura.
—Sí —respondió, abrazándolo—. Sí, quiero todo. Contigo.
Esa noche, mientras hacían el amor bajo las sábanas blancas, Sofía susurró contra su pecho:
—Gracias por elegirme. Gracias por quedarme. Gracias por convertirme en la mujer que soy hoy.
Mateo la abrazó más fuerte.
—Gracias a ti por dejarme amarte —respondió—. Porque tú me salvaste tanto como yo te salvé a ti.
---
**Fin**
---
La historia de Sofía y Mateo terminó aquí.
Pero su vida juntos apenas comenzaba.







