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Capítulo 9 El Precio de la Sangre

La luz de la mañana entraba suave por los ventanales del penthouse. Sofía Mendoza despertó sola en la cama enorme, el cuerpo dolorido de una forma buena. Mateo ya no estaba a su lado, pero el olor de su colonia permanecía en las sábanas.

Se levantó, se puso una de sus camisas blancas (le llegaba hasta medio muslo) y salió al pasillo. Lupita ya estaba en la cocina con Rosa, riendo mientras veían dibujos en la televisión. La normalidad de la escena le apretó el pecho.

Encontró a Mateo en la terraza, hablando por teléfono. Llevaba pantalones de traje negros y nada más arriba. El sol le daba en los hombros marcados.

—Padre, ya te dije que no —estaba diciendo, voz fría y controlada—. No voy a casarme con la hija de los Mendoza. No me importa la fusión. Encuentra otra forma.

Hubo una pausa. Mateo apretó la mandíbula.

—Entonces haz lo que tengas que hacer. Pero yo ya elegí.

Colgó y se giró. Al ver a Sofía en la puerta, su expresión se suavizó un segundo.

—Buenos días —le dijo, acercándose para besarla en la frente—. ¿Dormiste bien?

—Como un tronco —respondió ella, sonriendo un poco—. ¿Todo bien?

Mateo pasó una mano por su cabello desordenado.

—Mi padre quiere que me case con la hija de uno de sus socios. Es un arreglo que lleva años cocinándose. Yo nunca estuve de acuerdo, pero ahora que estoy… distraído, están presionando más.

Sofía sintió un pinchazo en el estómago.

—¿Y tú qué quieres?

—Quiero a la mujer que está parada frente a mí con mi camisa puesta y nada más debajo —respondió él, mirándola a los ojos—. Quiero despertarme contigo. Quiero que Lupita se ría en mi cocina. Quiero destruir a cualquiera que te amenace. Eso es lo que quiero.

Sofía sintió que se le llenaban los ojos de lágrimas. Se acercó y lo abrazó, apoyando la mejilla en su pecho desnudo. Mateo la sostuvo fuerte, una mano en su nuca, la otra en la parte baja de su espalda.

—Cuéntame —le susurró contra el cabello—. Todo. Quiero saber de dónde vienes. Quiero saber qué te pasó para que tengas tanto miedo.

Sofía respiró hondo. Se apartó lo suficiente para mirarlo.

—Javier era el hijo de un hombre importante en Guadalajara. Tenía contactos. Cuando empecé a salir con él, pensé que era mi salvación. Mi mamá había muerto, mi papá nos abandonó. Yo tenía diecinueve años y una hermana de nueve. Javier me ofreció estabilidad. Al principio fue perfecto. Luego empezó a beber. Luego a golpearme. Cuando amenazó con lastimar a Lupita si lo dejaba… supe que tenía que irme. Una noche lo denuncié. Huí con lo que pude cargar. Cambié de nombre temporalmente, de ciudad, de vida. Pensé que estaría segura. Pero él siempre me encontraba. Hasta que llegué aquí… y te encontré a ti.

Mateo le secó las lágrimas con los pulgares.

—Nunca más vas a tener que huir —le prometió—. Yo soy tu refugio ahora.

La besó. Fue un beso lento, profundo, lleno de algo que ninguno de los dos nombraba todavía. La levantó y la llevó de vuelta a la habitación, cerrando la puerta con el pie.

La acostó en la cama con cuidado, como si fuera algo frágil. Se quitó los pantalones y se arrodilló entre sus piernas. La lamió despacio, con lengua ancha y paciente, hasta que Sofía se arqueó y gimió su nombre. Cuando por fin entró en ella, lo hizo mirándola a los ojos, centímetro a centímetro, sin prisa.

—Mírame —le ordenó, voz ronca—. Quiero verte cuando te diga esto.

Sofía lo miró, las pupilas dilatadas, el cuerpo temblando.

—Te quiero —dijo Mateo, empujando hasta el fondo—. No solo tu cuerpo. Te quiero a ti. Con tu miedo, con tu pasado, con tu hermana. Quiero todo. Y voy a pelear por ello aunque mi familia se ponga en mi contra. Aunque el mundo se ponga en mi contra.

Sofía sintió que se le rompía algo dentro del pecho. Lágrimas calientes le rodaron por las sienes mientras él se movía dentro de ella, lento, profundo, cada embestida diciendo lo que las palabras no alcanzaban.

—Mateo… —gimió, clavando las uñas en su espalda.

—Dilo —le pidió él, besándole las lágrimas—. Dime que también me quieres.

—Te quiero —susurró ella, y fue la primera vez que lo decía en voz alta—. Te quiero tanto que me da miedo.

Mateo gruñó y aceleró el ritmo, pero siguió mirándola a los ojos. Se corrieron juntos, ella ahogando el grito contra su hombro, él gruñendo su nombre como una oración.

Se quedaron unidos un largo rato, respirando el mismo aire. Luego Mateo se apartó con cuidado, la limpió, le dio agua y la abrazó contra su pecho.

—Esta noche —le dijo, besándole la coronilla— vamos a cenar los tres. Lupita, tú y yo. Como una familia. Y mañana… empiezo a desmantelar el matrimonio que mi padre quiere imponerme. Porque ya elegí. Te elegí a ti.

Sofía cerró los ojos, el corazón latiendo contra el de él.

Por primera vez, el miedo no era lo más grande que sentía.

Lo más grande era la esperanza.

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