Capítulo 22 Libre por Fin

El juicio de Javier Morales se celebró en Guadalajara, pero Mateo hizo que lo trasladaran a CDMX para que Sofía pudiera estar presente sin tener que volver a su ciudad natal.

Era un día gris y frío. El juzgado estaba rodeado de periodistas y cámaras. Sofía llevaba un vestido negro sencillo y la mano de Mateo entrelazada con la suya. Lupita se había quedado en el penthouse con Rosa, protegida.

Cuando Javier entró en la sala esposado, miró directamente a Sofía. Tenía el labio partido y una mirada llena de odio. Ella lo sostuvo sin parpadear. Por primera vez, no sintió miedo. Solo… lástima.

El juicio fue rápido. Las pruebas eran abrumadoras: denuncias anteriores, testimonios de vecinos, mensajes amenazantes, fotos de las lesiones de Sofía. El fiscal pidió veinte años de prisión.

Cuando llegó el momento de la sentencia, el juez miró a Sofía.

—Señorita Mendoza, ¿desea decir algo antes de que se dicte la sentencia?

Sofía se levantó. Su voz salió clara y firme, sin temblar.

—Durante años viví con miedo. Miedo a él, miedo por mi hermana, miedo a que me encontrara. Hoy estoy aquí porque elegí no tenerle miedo nunca más. No pido venganza. Solo pido que nunca más pueda lastimar a nadie. Que sepa que ya no tiene poder sobre mí. Que estoy libre.

Javier la miró con furia, pero ella ya no le tenía miedo.

El juez golpeó el mazo.

—Se condena a Javier Morales a dieciocho años de prisión sin derecho a libertad condicional.

El golpe del mazo resonó como el cierre de una puerta que Sofía había tenido abierta durante demasiado tiempo.

Cuando salieron del juzgado, los periodistas los rodearon. Mateo los protegió con su cuerpo mientras avanzaban hacia el coche. Una vez dentro, con las puertas cerradas y el ruido del mundo afuera, Sofía se dejó caer contra el asiento y cerró los ojos.

—Se acabó —susurró.

Mateo le tomó la mano y la besó.

—Se acabó —repitió él.

Esa noche, en el penthouse, después de que Lupita se durmiera, Mateo llevó a Sofía a la terraza. La ciudad brillaba debajo de ellos como un mar de luces.

—Quiero que sepas algo —le dijo, tomándola de la cintura—. Hoy, cuando lo vi allí… supe que ya no te puede tocar. Pero también supe que, aunque él desapareciera, yo seguiría eligiendo protegerte todos los días. Porque te amo. Y porque tú me elegiste a mí cuando nadie más lo hacía.

Sofía lo miró. Los ojos le brillaban.

—Mateo… —empezó, pero él la interrumpió con un beso.

—No digas nada —susurró contra sus labios—. Solo déjame amarte esta noche. Sin miedo. Sin pasado. Solo nosotros.

La llevó a la habitación y le hizo el amor despacio, profundamente, con una ternura que la hizo llorar. Cada beso, cada caricia, cada “te amo” susurrado era una promesa.

Cuando se corrieron juntos, Sofía sintió que algo dentro de ella se soltaba por fin. El miedo, la culpa, el peso de los años huyendo… todo se fue.

Se quedó dormida en los brazos de Mateo, por primera vez sin soñar con correr.

Soñó con quedarse.

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