Mundo ficciónIniciar sesiónEl reloj de la torre marcó las 18:00 en punto.
Sofía Mendoza se quedó parada frente a la puerta de cristal esmerilado del piso 48, con las manos sudadas y el corazón golpeándole las costillas. Se había quitado las bragas en el baño de mujeres a las 17:58, tal como él le había ordenado. Ahora sentía el aire acondicionado subirle por las piernas desnudas bajo la falda lápiz negra. Cada paso que daba le recordaba que estaba completamente expuesta.
Respiró hondo, empujó la puerta y entró.
Mateo León estaba de pie frente a la ventana, de espaldas a ella, hablando por teléfono en voz baja. Cuando colgó, se giró lentamente.
—Llegas justo a tiempo —dijo, como si estuviera comentando el clima—. Cierra con llave.
Sofía obedeció. El clic de la cerradura le sonó a sentencia.
—Ven aquí.
Caminó hasta él con las rodillas flojas. Mateo la miró de arriba abajo, deteniéndose en la forma en que la falda se le pegaba a los muslos.
—Levántate la falda —ordenó, voz baja—. Quiero ver si cumpliste.
Ella dudó dos segundos. Luego, con dedos temblorosos, se levantó la falda hasta la cintura. El aire frío le rozó la piel desnuda. Estaba completamente afeitada —lo había hecho esa mañana, odiándose a sí misma por anticipar esto— y ya estaba húmeda. Lo sabía. Lo sentía.
Mateo soltó un sonido bajo, casi un gruñido.
—Buena niña.
Se acercó, le pasó dos dedos por el centro, recogiendo la humedad. Sofía jadeó cuando él se llevó los dedos a la boca y los chupó sin apartar la mirada de ella.
—Sabe a miedo y a deseo —murmuró—. Mi combinación favorita.
La levantó sin esfuerzo y la sentó en el borde del escritorio. Los papeles se esparcieron por el suelo. Él le abrió las piernas con las rodillas y se arrodilló entre ellas como la noche anterior, pero esta vez con la luz del día entrando por las ventanas y la ciudad entera a sus pies.
—Mateo… —susurró ella, usando su nombre por primera vez—. Alguien puede vernos.
—Las ventanas son unidireccionales —respondió él, besándole el muslo interno—. Y aunque no lo fueran… déjalos mirar. Que vean que eres mía.
Su boca se posó en ella sin más preámbulos. Sofía soltó un grito ahogado, las manos aferrándose al borde del escritorio. La lengua de Mateo era lenta, deliberada, como si tuviera todo el tiempo del mundo. La chupaba, la lamía, introducía la lengua dentro de ella mientras dos dedos gruesos la penetraban rítmicamente. Ella se mordió el labio hasta saborear sangre, intentando no gemir demasiado fuerte.
—Déjate oír —ordenó él contra su piel—. Quiero escuchar cómo te deshaces.
Sofía se corrió en menos de dos minutos, las piernas temblando alrededor de su cabeza, el nombre de él escapándose de su garganta como una súplica. Mateo no se detuvo. Siguió lamiéndola hasta que ella intentó apartarlo, hipersensible.
—Demasiado —jadeó.
—No es suficiente —gruñó él, levantándose.
Se desabrochó el cinturón, bajó la cremallera y sacó la polla. Estaba dura, gruesa, la cabeza roja y brillante. Se pasó la mano por ella una vez, extendiendo el precum, y luego se colocó entre las piernas de Sofía.
—Mírame —le ordenó, agarrándole la barbilla—. Quiero ver tus ojos cuando te meta la verga.
Empujó dentro de un solo movimiento lento pero implacable. Sofía gritó, la espalda arqueándose sobre el escritorio. Era más grande de lo que recordaba, o tal vez era la posición —abierta sobre su propio jefe, en su oficina, con la ciudad entera debajo de ellos—. Él empezó a moverse, embestidas profundas y precisas, el escritorio crujiendo bajo ellos.
—Tan jodidamente apretada —gruñó, agarrándole las caderas—. Como si tuvieras miedo de que te follara demasiado duro… pero tu cuerpo me está rogando que te destroce.
Sofía se aferró a sus antebrazos, las uñas clavándose en la tela de la camisa. Cada embestida le rozaba el punto exacto que la volvía loca. Él le subió la blusa, le bajó el sostén y le chupó un pezón mientras seguía follándola sin piedad.
—Mateo… por favor… —gimió, sin saber qué estaba pidiendo.
—Dilo —exigió él, mordiéndole el pezón—. Dime qué quieres.
—Más… —suplicó ella, avergonzada y desesperada—. Fóllame más fuerte.
Él sonrió, oscuro y triunfante.
—Como desees.
La levantó del escritorio, la giró y la inclinó sobre él, con las manos apoyadas en la madera fría. Entró de nuevo por detrás, más profundo, más brutal. Una mano le agarró el cabello, tirando de su cabeza hacia atrás mientras la otra le rodeaba la cintura para tocarle el clítoris.
—Vas a correrte otra vez —le susurró al oído—. Y esta vez vas a decir mi nombre cuando lo hagas.
Sofía se corrió gritando “Mateo”, el cuerpo convulsionando alrededor de su polla. Él la siguió segundos después, gruñendo contra su nuca mientras se vaciaba dentro de ella, caliente y abundante. Se quedó dentro unos segundos más, besándole la espalda sudorosa, la nuca, los hombros.
Cuando finalmente se apartó, le bajó la falda con cuidado, le acomodó el sostén y le subió la cremallera de la falda como si estuviera vistiéndola para una cita. Luego la giró y la sentó de nuevo en el borde del escritorio, entre sus piernas.
—Bebe —le dijo, ofreciéndole una botella de agua que sacó del cajón.
Sofía bebió con manos temblorosas. Él le secó una gota que se le escapó por la barbilla con el pulgar.
—Esto no es solo sexo —dijo Mateo, mirándola a los ojos—. Lo sabes, ¿verdad?
Ella no contestó. No podía.
—Tu ex te lastimó —continuó él, como si pudiera leerle la mente—. Te hizo creer que el placer era algo sucio. Que tenías que esconderte. Yo no voy a hacerte eso. Pero tampoco voy a dejarte huir.
Le entregó un teléfono nuevo, aún en la caja.
—Este es tuyo. Número nuevo. Nadie lo tiene excepto yo. Y si Javier o quien sea te amenaza… me llamas. No discuto. No pregunto. Solo actúo.
Sofía miró el teléfono como si fuera una bomba.
—¿Por qué haces esto? —preguntó, voz rota—. Podrías tener a cualquiera. ¿Por qué yo?
Mateo le levantó la barbilla con dos dedos.
—Porque aquella noche, cuando te corriste con mi polla dentro y me miraste como si yo fuera lo único real en tu vida… supe que eras mía. Y yo protejo lo que es mío.
Se inclinó y la besó. Esta vez el beso fue lento, profundo, casi tierno.
—Vete a casa —le dijo contra sus labios—. Descansa. Mañana a las ocho quiero verte aquí, con café y el reporte de diseño listo. Y Sofía…
Ella ya tenía la mano en el pomo de la puerta.
—No te pongas bragas mañana. Quiero poder tocarte cuando quiera.
Sofía salió de la oficina a las 18:47 con las piernas inestables y el cuerpo todavía latiendo. En el ascensor, sacó el teléfono nuevo de la caja y lo encendió.
Tenía un solo mensaje de un número desconocido.
**Desconocido:**
*Bonita mudanza a la CDMX, Sofía. Dile a tu hermana que la extraño. J.*El mensaje venía con una foto. Lupita, saliendo del colegio en Guadalajara, tomada desde lejos.
Sofía sintió que el mundo se le caía encima.
Y por primera vez, no pensó en huir.
Pensó en Mateo León y en las palabras que le había dicho mientras la follaba sobre su escritorio:
“Yo protejo lo que es mío.”







