Mundo ficciónIniciar sesiónEl sótano de la torre León Group no aparecía en ningún plano oficial. Era una sala de concreto gris, sin ventanas, con una sola mesa metálica y una luz blanca que daba dolor de cabeza. Javier Morales estaba sentado en una silla, manos atadas a la espalda, labio partido y ojo izquierdo hinchado.
Mateo León entró sin prisa, todavía con el traje del día, pero con las mangas de la camisa arremangadas hasta los codos. Diego lo siguió, cerrando la puerta.
—Hola, Javier —dijo Mateo, voz calmada, casi amable—. Me alegra que hayas venido hasta CDMX. Me ahorras el viaje a Guadalajara.
Javier escupió sangre al suelo.
—Vete a la chingada, pendejo. Esa perra es mía. Me la robaste.
Mateo sonrió. Fue una sonrisa que no le llegó a los ojos.
—Sofía nunca fue tuya. Tú la golpeabas. La amenazabas con lastimar a una niña de doce años. Eso te convierte en basura. Y yo… —se inclinó, apoyando las manos en la mesa— yo no tolero la basura cerca de lo que es mío.
Sacó un cuchillo plegable del bolsillo. Lo abrió con un clic seco. La hoja brilló bajo la luz blanca.
Javier palideció.
—Escucha —empezó, voz temblorosa—. Tengo amigos. Gente que te va a hacer pagar si me tocas.
—Tu gente ya está siendo desmantelada —respondió Mateo, dando la vuelta a la mesa—. Mis abogados presentaron una denuncia formal esta mañana. Tus cuentas están congeladas. Tu casa en Guadalajara está siendo allanada en este momento. Y si alguna vez vuelves a acercarte a Sofía o a Lupita… —abrió el cuchillo y lo apoyó contra el cuello de Javier, presionando apenas lo suficiente para que saliera una gota de sangre— te corto la garganta y hago que parezca un suicidio. ¿Entendido?
Javier tragó saliva. La hoja le rozó la yugular.
—Entendido —susurró.
Mateo cerró el cuchillo y lo guardó. Se limpió las manos en un pañuelo blanco que sacó del bolsillo.
—Bien. Ahora vas a firmar un documento donde reconoces que nunca volverás a contactarlas. Y vas a desaparecer de sus vidas para siempre. Si no… mi gente te encontrará donde sea que te escondas.
Javier firmó con manos temblorosas. Cuando terminó, Mateo asintió a Diego.
—Llévatelo. Asegúrate de que salga de la ciudad esta noche. Y que sepa que si regresa… no va a salir vivo.
Diego asintió y sacó a Javier de la sala. Mateo se quedó solo un momento, mirando la mancha de sangre en el suelo. Luego se lavó las manos en el fregadero de acero inoxidable, se puso la chaqueta y subió al ascensor privado.
Llegó al penthouse a las 23:47.
Sofía estaba despierta en la sala, envuelta en una manta, viendo las luces de la ciudad por la ventana. Cuando lo vio entrar, se levantó de un salto.
—Mateo… ¿estás bien?
Él cerró la puerta, se quitó la chaqueta y la dejó sobre el respaldo del sofá. Tenía los nudillos de la mano derecha raspados y una mancha roja en el puño de la camisa.
—Terminé —dijo, voz baja y tensa—. No te va a molestar nunca más.
Sofía se acercó, le tomó la mano herida y la besó suavemente. Mateo cerró los ojos un segundo, como si ese gesto simple lo desarmara.
—Ven —le dijo, jalándola hacia la habitación.
Cerró la puerta, la empujó contra ella y la besó con hambre. No fue tierno. Fue crudo, urgente, como si necesitara recordarse que ella estaba allí, viva, suya. Le rasgó la blusa (los botones saltaron por el suelo), le bajó la falda y la levantó contra la puerta. Sofía rodeó su cintura con las piernas, gimiendo cuando él se bajó la cremallera y entró en ella de un solo empujón brutal.
—Joder… —gruñó Mateo, embistiendo sin piedad—. Estás tan mojada… ¿te gusta que haya ensuciado mis manos por ti?
—Sí —gimió Sofía, clavando las uñas en sus hombros—. Sí… Mateo…
Él la folló contra la puerta, luego en el suelo, luego en la cama, posiciones cambiantes, sucio, posesivo, como si quisiera marcarla por dentro. Le dijo cosas oscuras al oído:
—Nadie te toca. Nadie te amenaza. Eres mía. Y yo mato por lo que es mío.
Sofía se corrió dos veces, gritando su nombre, el cuerpo convulsionando. Mateo se corrió la tercera vez dentro de ella, gruñendo contra su cuello, llenándola hasta que sintió que se desbordaba.
Se quedaron quietos, sudorosos, respirando agitados. Luego Mateo se apartó con cuidado, la limpió con una toallita tibia, le gave agua y la abrazó desde atrás, cubriéndola completamente con su cuerpo.
—Lo siento —susurró contra su cabello—. No quería que vieras ese lado de mí tan pronto.
Sofía giró entre sus brazos y lo miró a los ojos.
—Vi al hombre que me protege —respondió, voz ronca pero firme—. Y aunque me da miedo… también me hace sentir más segura que nunca.
Mateo la besó. Esta vez fue lento, profundo, lleno de algo que ninguno de los dos se atrevía a nombrar todavía.
—Duerme —le dijo, acariciándole el cabello—. Mañana… todo empieza de nuevo. Pero esta vez, sin miedo.
Sofía cerró los ojos. El latido del corazón de Mateo contra su espalda era lo último que escuchó antes de quedarse dormida.







