Mundo ficciónIniciar sesiónEn una noche oscura y enigmática, Alaya se topa con un extraño en un bosque cercano de presencia imponente cuya mirada la hipnotiza. Pero su salvación es solo el comienzo de un misterio aterrador, ya que el aullido de los lobos se convierte en un eco persistente que desata sus más profundos temores. Nunca había creído en leyendas ni en seres sobrenaturales. Al día siguiente, un nuevo jefe aparece en su trabajo, y su cercanía resucita los ecos de aquella terrorífica velada. Una salida casual se convierte en una experiencia inolvidable, pero el despertar no recuerda nada. Alaya se despierta con una marca extraña en el cuello, intensos dolores que no puede explicar y un matrimonio que parece alejarse de la realidad. Y para complicar aún más su vida, luego descubre que está embarazada, un hecho que la sumerge en la confusión y el pánico: ¿es posible quedar embarazada sin recordar cómo ocurrió?
Leer másEl bosque parecía haberse tragado mi aliento. Corría sin mirar atrás, con la desesperación martillándome el pecho en golpes frenéticos. Lo sentía, estaba cerca. Esa respiración pesada y el impacto de sus pasos contra la tierra retumbaban en mi cabeza como tambores de guerra.
“Solo un poco más”, me repetía, aunque sabía que mis piernas no aguantarían mucho más. El suelo húmedo era un enemigo; el musgo y las raíces desnudas conspiraban para detener mi avance. El viento gélido arañaba mi piel y traía consigo un fuerte olor que me obligaba a concentrarme únicamente en huir. Sabía que quien me perseguía estaba jugando conmigo, como un depredador. Era demasiado rápido; si realmente hubiese querido alcanzarme, ya lo habría hecho. Un gruñido grave se elevó entre los árboles, vibrando en mis costillas. Me detuve en seco. ¿Qué había sido eso? ¿Lobos en la ciudad? ¿Cómo demonios se me ocurrió venir por aquí? Hoy me quedé más tiempo del habitual en el trabajo, concentrada en una tarea, buscando ese ascenso que se me ha escapado. No puedo aflojar ahora; tengo que lograrlo. Al girar la cabeza, me pareció ver unos ojos dorados en la oscuridad. ¿Qué demonios? Escuché unas pisadas acercándose y aceleré mis pasos. Mi respiración entrecortada era lo único que rompía la quietud, junto a otra, y lo supe: ¡alguien estaba justo detrás de mí! Su aliento caliente y húmedo golpeaba mi nuca. Mi corazón latía desbocado, al borde de la implosión. Cerré los ojos con fuerza y traté de correr, pero mis piernas no obedecían. Con un esfuerzo sobrehumano, me obligué a reaccionar. Salí corriendo desesperada. Tropecé; mi pie se enganchó en una raíz oculta y me reclamó en una caída rápida y desesperante. Mi grito se quedó atascado en mi garganta, sofocado por el pánico. No llegué a tocar el suelo. Unos brazos fuertes me sujetaron con firmeza. Jadeé, luchando con todas mis fuerzas para zafarme, sin resultados. El terror se apoderó de mí. Lo primero que noté fue el calor abrasador que emanaba de ese cuerpo que ahora me sostenía. Seguí luchando, tratando de escapar. —¡SUÉLTAME, SUÉLTAME! —grité, desesperada. Por un momento, aflojó su agarre y logré soltarme, girando la cabeza para verlo. Era un hombre que me observaba en silencio, con una intensidad que me dejó helada. ¡Juro que sus ojos eran dorados! Me pareció enorme; su altura imponente y su presencia dominaban todo a mi alrededor. Retrocedí aterrada, incapaz de apartar la mirada de él. Su rostro parecía tallado con precisión obsesiva, y por un momento pensé que no pertenecía del todo al mundo humano. No podía escatimar en el misterio que proyectaban sus ojos, que ardían como brasas en la penumbra. —¿Estás bien? —preguntó, con una voz gruesa que resonó en mí como un rugido contenido. Apenas pude asentir, incapaz de hablar. Su cercanía, su calor, su mirada... todo en él me desbordaba. Cuando al fin quise articular una palabra, me di cuenta de otro detalle perturbador: ¡había vuelto a agarrarme! Mi mente confusa trataba de comprender en qué momento había llegado a mí. —¿Qué quieres? —logré balbucear mientras lo empujaba con debilidad. Él ladeó la cabeza y no respondió. En lugar de eso, me recorrió con su mirada, observando cada detalle como si quisiera leerme, descifrarme. Los mechones de mi cabello dorado se adherían a mi rostro por el sudor, y mis labios temblaban, no sabía si por miedo, frío o un extraño deseo incontrolable. Finalmente, me soltó con cuidado. No sé si fue mi imaginación, pero me pareció que no quería soltarme mientras me olfateaba, y sentí un vacío repentino cuando finalmente lo hizo. Aún temblaba; traté de calmarme, pero cuando me atreví a levantar la mirada de nuevo, ¡había desaparecido! Hice un gesto torpe hacia donde había venido, intentando comprender lo que acababa de suceder y reducir el caos en mi mente. En verdad, había desaparecido a una velocidad incomprensible entre las sombras del bosque, como si nunca estuviese allí. Me quedé quieta, incapaz de moverme o de hablar. Caí de rodillas al suelo mojado, llevando una mano a mi pecho, intentando calmar el frenético latido de mi corazón. Él no era un hombre ordinario. Lo sabía, lo sentía. Y lo más incomprensible era que quería volver a verlo. Miré fijamente en la dirección hacia donde creía que había desaparecido. El miedo que aún me hervía por dentro me hizo creer que todo había sido una alucinación. Me embargaba el terror y la fascinación, como si ambos sentimientos fueran producto de la adrenalina. Un nuevo sonido entre la maleza me hizo salir corriendo con todas mis fuerzas hasta llegar al otro lado. La calle me recibió con sus luces claras, haciéndome sentir segura. Llevé mis manos a mi pecho, tratando de calmar los latidos frenéticos de mi corazón. Al girarme con torpeza, fue entonces cuando lo vi en la oscuridad: aquellos dos puntos dorados entre la maleza. —No puede ser... —susurré para mí misma. ¡Ese color de ojos no debía existir! Me sacudí torpemente, limpiando mis manos llenas de tierra. Sentía que había pasado por un suceso que no entendía del todo. Pero, por más aterrador que fuera, mi instinto me gritaba que huyera y nunca mirara atrás. —¡Al fin llegas, Alaya! —salté asustada ante la voz de mi prometido, Alfredo, al recibirme. —Ven, déjame presentarte a Elena, una amiga de la infancia. Se va a quedar con nosotros. —¿Nosotros? ¿Qué quieres decir con nosotros? —pregunté, incrédula. —Bueno.., ya sabes que mi apartamento no estará listo hasta la otra semana, por eso pensé que podíamos quedarnos contigo hasta entonces—dijo con descaro. —¿Quedarse en mi casa? —Lo miré con incredulidad. Un gruñido a mis espaldas me sobresaltó. Giré la cabeza sin ver a nadie. Miré a los dos que tenía delante, que parecían no haber escuchado nada y me observaban con sonrisas aduladoras. —¿Escucharon ese gruñido? —pregunté, y vi cómo me miraban negando con la cabeza. Me concentré en lo que había dicho Alfredo. —No, definitivamente no pueden quedarse en mi pequeño apartamento. Un ronroneo llegó a mis oídos, o a mi mente. No podía creerlo. ¿Me estaría volviendo loca por trabajar tanto o me habría seguido a casa ese hombre extraño?ALAYA:Abrí los ojos de golpe, sentándome en la cama. Miré desconcertada a mi alrededor y me quedé aterrada. Estaba en mi casa, pero… ¿cómo vine a parar aquí? ¿Y por qué siento como si me hubiera pasado un tren por encima? ¡Oh, por Dios! ¡Mi cintura me duele! Me puse de pie de un salto y me quedé helada. ¿Qué demonios hacía Alfredo en mi cama? Jamás lo había dejado entrar en mi casa, y mucho menos dormir conmigo. Yo estaba aún vestida. ¿Entonces? ¿Qué pasó? Corrí al baño sintiendo la imperiosa necesidad de aliviarme. Al hacerlo, el ardor me desconcertó. Al limpiarme, vi que había sangre en el papel. ¿Me iría a caer mi período? Hacía dos semanas que lo había pasado. Me levanté y me miré en el espejo. —Madre mía, ¿y esta facha? —Tenía grandes ojeras, y mis labios estaban hinchados, como si me los hubieran mordido. Por un momento, las imágenes de mi jefe besándome me estremecieron. Sacudí la cabeza; eso era imposible. Pero, ¿por qué no podía recordar nada de la supuesta reunión a
ALAYA: Sacudí la cabeza tratando de expulsar la sensación que todavía hormigueaba en mi piel. Debía concentrarme. No podía dejar que una chispa de atracción —porque eso era, ¿no? Una química absurda e inoportuna— me distrajera. Mi voz mental insistió: Alaya, concéntrate, ¡es solo tu jefe!—Señor, le agradezco la confianza, estaría encantada de trabajar en este proyecto junto a usted —solté, para mi propia sorpresa. Sentía que mi mente me traicionaba diciendo lo contrario de lo que quería. Pude ver como lo que asemejaba a una sonrisa se dibujó vagamente en su rostro, pero no era exactamente cálida. Me estremecí y aparté mi mirada. Era una de esas sonrisas cargadas de peligrosidad, detrás de ella parecía haber un significado más profundo y frío del que yo podía captar en ese momento.—Al contrario, Alaya. — Volvió a hablar con una naturalidad que me estremeció, lo peor era la sensación que me inundaba: me sentía su posesión —. Este proyecto importa más de lo que te imaginas. Es pers
ALAYA:Dormí toda la noche intranquila, a pesar de lo cansada que estaba. Cuando la alarma sonó, me pareció que me había acabado de dormir. Recordando todo el trabajo que tenía que hacer, me levanté arrastrando los pies hasta el baño. Abrí el grifo del agua y, para mi asombro, salió agua caliente. —Buen inicio de día —murmuré, mirando mis ojeras en el espejo. Luego de un baño caliente, me puse mi elegante juego de sayas y salí a tiempo para tomar el autobús. No volvería a tomar el sendero del bosque jamás. Sin embargo, no pude dejar de mirar hacia allá con la esperanza de volver a ver a aquel extraño, sin resultados. El ambiente en la oficina era extraño, rígido y escalofriante. Miré a mi amiga sentada frente a su computadora. —Estrenamos nuevo jefe hoy —susurró, mirando asustada alrededor—. Tenemos una reunión en un rato. No podía creerlo. Ahora que ya casi había convencido al viejo jefe de mi ascenso con mi trabajo, tenía que empezar de nuevo. ¡Diantres! Decepcionada, me
REYNOLDS: Los gruñidos me rodeaban de nuevo, exigentes y amenazantes. Era el heredero designado de nuestra manada, pero no estaba seguro de si podría asumir el poder. Las leyes de nuestros ancestros decretaban que mi verdadera fuerza sólo despertaría al encontrar a mi Luna. Sin embargo, tras muchas búsquedas, no la había encontrado en ninguna de las manadas. Así que, aunque no me gustara, solo me quedaba buscar entre los humanos. La búsqueda había sido interminable; tenía que estar en lo correcto. Recientemente, creí sentir su presencia en este lugar. Mis instintos no podían traicionarme. Debía encontrarla antes de la próxima luna roja. Cerré los ojos y recordé la última conversación con mi padre en la cueva ancestral. Él, con su figura imponente destacando en la penumbra, me observaba.—Reynolds —dijo al verme—. El tiempo se te agota. Necesitas no solo encontrar a tu luna, sino tener un heredero. No era solo una observación; era una advertencia vinculada a su miedo por el fin de
El bosque parecía haberse tragado mi aliento. Corría sin mirar atrás, con la desesperación martillándome el pecho en golpes frenéticos. Lo sentía, estaba cerca. Esa respiración pesada y el impacto de sus pasos contra la tierra retumbaban en mi cabeza como tambores de guerra. “Solo un poco más”, me repetía, aunque sabía que mis piernas no aguantarían mucho más. El suelo húmedo era un enemigo; el musgo y las raíces desnudas conspiraban para detener mi avance. El viento gélido arañaba mi piel y traía consigo un fuerte olor que me obligaba a concentrarme únicamente en huir. Sabía que quien me perseguía estaba jugando conmigo, como un depredador. Era demasiado rápido; si realmente hubiese querido alcanzarme, ya lo habría hecho. Un gruñido grave se elevó entre los árboles, vibrando en mis costillas. Me detuve en seco. ¿Qué había sido eso? ¿Lobos en la ciudad? ¿Cómo demonios se me ocurrió venir por aquí? Hoy me quedé más tiempo del habitual en el trabajo, concentrada en una tarea, bus





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