Mundo de ficçãoIniciar sessão
El bosque parecía haberse tragado mi aliento. Corría sin mirar atrás, con la desesperación martillándome el pecho en golpes frenéticos. Lo sentía, estaba cerca. Esa respiración pesada y el impacto de sus pasos contra la tierra retumbaban en mi cabeza como tambores de guerra.
“Solo un poco más”, me repetía, aunque sabía que mis piernas no aguantarían mucho más. El suelo húmedo era un enemigo; el musgo y las raíces desnudas conspiraban para detener mi avance. El viento gélido arañaba mi piel y traía consigo un fuerte olor que me obligaba a concentrarme únicamente en huir. Sabía que quien me perseguía estaba jugando conmigo, como un depredador. Era demasiado rápido; si realmente hubiese querido alcanzarme, ya lo habría hecho. Un gruñido grave se elevó entre los árboles, vibrando en mis costillas. Me detuve en seco. ¿Qué había sido eso? ¿Lobos en la ciudad? ¿Cómo demonios se me ocurrió venir por aquí? Hoy me quedé más tiempo del habitual en el trabajo, concentrada en una tarea, buscando ese ascenso que se me ha escapado. No puedo aflojar ahora; tengo que lograrlo. Al girar la cabeza, me pareció ver unos ojos dorados en la oscuridad. ¿Qué demonios? Escuché unas pisadas acercándose y aceleré mis pasos. Mi respiración entrecortada era lo único que rompía la quietud, junto a otra, y lo supe: ¡alguien estaba justo detrás de mí! Su aliento caliente y húmedo golpeaba mi nuca. Mi corazón latía desbocado, al borde de la implosión. Cerré los ojos con fuerza y traté de correr, pero mis piernas no obedecían. Con un esfuerzo sobrehumano, me obligué a reaccionar. Salí corriendo desesperada. Tropecé; mi pie se enganchó en una raíz oculta y me reclamó en una caída rápida y desesperante. Mi grito se quedó atascado en mi garganta, sofocado por el pánico. No llegué a tocar el suelo. Unos brazos fuertes me sujetaron con firmeza. Jadeé, luchando con todas mis fuerzas para zafarme, sin resultados. El terror se apoderó de mí. Lo primero que noté fue el calor abrasador que emanaba de ese cuerpo que ahora me sostenía. Seguí luchando, tratando de escapar. —¡SUÉLTAME, SUÉLTAME! —grité, desesperada. Por un momento, aflojó su agarre y logré soltarme, girando la cabeza para verlo. Era un hombre que me observaba en silencio, con una intensidad que me dejó helada. ¡Juro que sus ojos eran dorados! Me pareció enorme; su altura imponente y su presencia dominaban todo a mi alrededor. Retrocedí aterrada, incapaz de apartar la mirada de él. Su rostro parecía tallado con precisión obsesiva, y por un momento pensé que no pertenecía del todo al mundo humano. No podía escatimar en el misterio que proyectaban sus ojos, que ardían como brasas en la penumbra. —¿Estás bien? —preguntó, con una voz gruesa que resonó en mí como un rugido contenido. Apenas pude asentir, incapaz de hablar. Su cercanía, su calor, su mirada... todo en él me desbordaba. Cuando al fin quise articular una palabra, me di cuenta de otro detalle perturbador: ¡había vuelto a agarrarme! Mi mente confusa trataba de comprender en qué momento había llegado a mí. —¿Qué quieres? —logré balbucear mientras lo empujaba con debilidad. Él ladeó la cabeza y no respondió. En lugar de eso, me recorrió con su mirada, observando cada detalle como si quisiera leerme, descifrarme. Los mechones de mi cabello dorado se adherían a mi rostro por el sudor, y mis labios temblaban, no sabía si por miedo, frío o un extraño deseo incontrolable. Finalmente, me soltó con cuidado. No sé si fue mi imaginación, pero me pareció que no quería soltarme mientras me olfateaba, y sentí un vacío repentino cuando finalmente lo hizo. Aún temblaba; traté de calmarme, pero cuando me atreví a levantar la mirada de nuevo, ¡había desaparecido! Hice un gesto torpe hacia donde había venido, intentando comprender lo que acababa de suceder y reducir el caos en mi mente. En verdad, había desaparecido a una velocidad incomprensible entre las sombras del bosque, como si nunca estuviese allí. Me quedé quieta, incapaz de moverme o de hablar. Caí de rodillas al suelo mojado, llevando una mano a mi pecho, intentando calmar el frenético latido de mi corazón. Él no era un hombre ordinario. Lo sabía, lo sentía. Y lo más incomprensible era que quería volver a verlo. Miré fijamente en la dirección hacia donde creía que había desaparecido. El miedo que aún me hervía por dentro me hizo creer que todo había sido una alucinación. Me embargaba el terror y la fascinación, como si ambos sentimientos fueran producto de la adrenalina. Un nuevo sonido entre la maleza me hizo salir corriendo con todas mis fuerzas hasta llegar al otro lado. La calle me recibió con sus luces claras, haciéndome sentir segura. Llevé mis manos a mi pecho, tratando de calmar los latidos frenéticos de mi corazón. Al girarme con torpeza, fue entonces cuando lo vi en la oscuridad: aquellos dos puntos dorados entre la maleza. —No puede ser... —susurré para mí misma. ¡Ese color de ojos no debía existir! Me sacudí torpemente, limpiando mis manos llenas de tierra. Sentía que había pasado por un suceso que no entendía del todo. Pero, por más aterrador que fuera, mi instinto me gritaba que huyera y nunca mirara atrás. —¡Al fin llegas, Alaya! —salté asustada ante la voz de mi prometido, Alfredo, al recibirme. —Ven, déjame presentarte a Elena, una amiga de la infancia. Se va a quedar con nosotros. —¿Nosotros? ¿Qué quieres decir con nosotros? —pregunté, incrédula. —Bueno.., ya sabes que mi apartamento no estará listo hasta la otra semana, por eso pensé que podíamos quedarnos contigo hasta entonces—dijo con descaro. —¿Quedarse en mi casa? —Lo miré con incredulidad. Un gruñido a mis espaldas me sobresaltó. Giré la cabeza sin ver a nadie. Miré a los dos que tenía delante, que parecían no haber escuchado nada y me observaban con sonrisas aduladoras. —¿Escucharon ese gruñido? —pregunté, y vi cómo me miraban negando con la cabeza. Me concentré en lo que había dicho Alfredo. —No, definitivamente no pueden quedarse en mi pequeño apartamento. Un ronroneo llegó a mis oídos, o a mi mente. No podía creerlo. ¿Me estaría volviendo loca por trabajar tanto o me habría seguido a casa ese hombre extraño?






