7. LA BIENVENIDA
ALAYA:
Salí del auto sujetándome del brazo del señor Reynolds, porque mis piernas apenas parecían responderme. ¿Por qué había dicho eso? No me atreví a preguntar al ver cómo varias personas nos miraban con curiosidad. Sin percatarme de lo que hacía, me pegué a él buscando su protección. La manera en que me miraban me intimidaba.
Frente a mí se alzaba una mansión enorme, majestuosa, que parecía arrancada de alguna película de misterio demasiado bien elaborada. La madera oscura de sus paredes