Mundo de ficçãoIniciar sessãoALAYA:
Sacudí la cabeza tratando de expulsar la sensación que todavía hormigueaba en mi piel. Debía concentrarme. No podía dejar que una chispa de atracción —porque eso era, ¿no? Una química absurda e inoportuna— me distrajera. Mi voz mental insistió: Alaya, concéntrate, ¡es solo tu jefe!
—Señor, le agradezco la confianza, estaría encantada de trabajar en este proyecto junto a usted —solté, para mi propia sorpresa. Sentía que mi mente me traicionaba diciendo lo contrario de lo que quería. Pude ver como lo que asemejaba a una sonrisa se dibujó vagamente en su rostro, pero no era exactamente cálida. Me estremecí y aparté mi mirada. Era una de esas sonrisas cargadas de peligrosidad, detrás de ella parecía haber un significado más profundo y frío del que yo podía captar en ese momento. —Al contrario, Alaya. — Volvió a hablar con una naturalidad que me estremeció, lo peor era la sensación que me inundaba: me sentía su posesión —. Este proyecto importa más de lo que te imaginas. Es personal para mí. Además, si vamos a trabajar juntos, prefiero que dejemos las formalidades atrás. Estaba perdida, irremediablemente. Quería replicar, pero también anhelaba el ascenso, que subiera mi salario para poder salir de ese mísero apartamento donde vivía y hasta traer a mis abuelos a vivir conmigo. Lo miré de nuevo, aguantando las ganas de salir corriendo. Su actitud proyectaba una confianza y autoridad que no admitían cuestionamientos. Tenía que aprovechar esta oportunidad. Mientras él hojeaba mi propuesta y me llenaba de preguntas haciendo que me sentara a su lado, sentía que una conexión inexplicable se formaba entre nosotros. Él levantó la vista de la carpeta al sentir mi mirada y me estudió con detenimiento antes de ordenar. —Se suspende la reunión, trabajaremos con el proyecto de Alaya mientras ustedes buscan ideas —miró al hombre que había permanecido en silencio a su lado. —Simon es el subdirector de la empresa. Cualquier cosa, consúltenlo con él. Miré al llamado Simón, que no dejaba de dedicarme miradas furtivas mientras observaba su reloj. Luego se inclinó hacia mi jefe, y fue cuando al fin escuché cómo se llamaba. —Reynolds, no olvides lo que debes hacer. Tiene que ser hoy o… —no prosiguió al ver que mi jefe asentía. —Alaya, sígueme —ordenó, poniéndose de pie—. Tú y yo no nos separaremos. Otra vez esa manera de hablar, esa insinuación tan sutil, tan intencionada, que me descolocaba. Tenía que decir algo, dejar claro que no era una joven impresionable que caería a sus pies por unas pocas palabras angulosas. Sentí todas las miradas de mis compañeros fijas en mí al pasar por mi lado, haciendo que me encogiera aún más. —Alaya, ¿conoces al nuevo jefe? —no pudo dejar de preguntar Cristín cuando pasó por mi lado. Negué con la cabeza, aunque pude ver que no me creyó. Mi jefe era tan atento conmigo que era difícil de creer que esa era la primera vez que nos conocíamos. Me había tomado por el brazo y tiraba de mí, como si temiera que me escapara rumbo a la dirección. —Se… señor Reynolds, yo creo que puedo… Una llamada interrumpió mi frase. Mi corazón dio un salto cuando vi cómo fruncía el ceño, mientras yo intentaba encontrar el dichoso aparato en mi bolsillo. Era mi novio. —No puedo hablar ahora, Alfredo —me limité a decir en voz baja—. Te llamo luego. —Cierre su teléfono —ordenó cuando terminé la llamada. La forma en que me miró me estremeció. Volvió a tomar mi brazo y, a toda prisa, se dirigió conmigo, no a la dirección como había supuesto en un inicio, sino al exterior de la empresa. —Me acompañará a una reunión de negocios —me informó sin esperar mi respuesta, mientras me arrastraba a toda prisa. —Señor… ¿por qué yo? —me atreví a preguntar. —Alaya, quiero que recuerdes una cosa. Todo lo que pasa en este proyecto, cada paso que demos, será bajo mis términos —se giró para mirarme fijamente—. Y confía en mí cuando te digo que te necesito a mi lado. A partir de ahora nunca más te separarás de mí. Intenté tragar saliva, pero mi garganta estaba seca. ¿Qué se suponía que significaba todo esto? Pero ya estaba dentro de un auto, camino hacia no sabía dónde, con mi apuesto jefe a mi lado. Comencé a sentir un calor abrasador y una atracción descontrolada hacia él. Sentía un magnetismo que me empujaba hacia el hombre a mi lado, incontrolable e inconfundible. Cada vez que lo miraba, lo deseaba más. Se acercó un poco más, no me alejé, atrapada en su mirada intensa, casi hipnotizante. El calor que emanaba de él y de mí me envolvía en una nebulosa de deseos que no entendía y nublaba mi mente. Era un sentimiento que desbordaba mis límites, haciéndome olvidar mis propias dudas y temores. Por un instante, me sentí más viva que nunca. Sin previo aviso, acercó su rostro al mío. Su mano se deslizó suavemente por mi barbilla, y en un instante un beso apasionado aterrizó en mis labios. —¡Eres mía, solamente mía! —Mi mente ni mi cuerpo respondían a mi voluntad o mi cordura. —Soy tuya —gemí entre sus brazos sin comprender porque había respondido así, ¿qué estaba pasando conmigo? —¡Solo tuya! Cerré los ojos, dejándome llevar por el roce electrizante de nuestros labios, que desataban un torbellino de sensaciones. No sabía porque no me negué cuando su mano descendió con una confianza cautivadora hacia mi intimidad, mientras su boca, seductora y dominadora, nublaba mi mente, transportándome a un rincón donde las preguntas se desvanecían, y sólo quedaban el deseo y el placer. Sentía que me introducía en una pasión de la que no podía escapar sintiendo nuestros deseos fluir a través de nosotros indomables. De pronto estaba en una cama debajo de él sin ropas, abierta para recibirlo, mientras se hundía en mí con un gruñido gutural que salía de su pecho. —¡NO! —Logré decir tratando de empujarlo, pero todo fue en vano. El dolor me hizo gritar mientras su boca acallaba mi alarido. —Eres mía —gruñó de nuevo con la voz más ronca que antes sin detenerse en lo que hacía. —Mi Luna. Una fuerza mágica parecía envolvernos que me llenaba de calor y, a la vez, me mantenía cautiva en un estado de euforia desconocida. Mi ser entero se entregaba a él, dejando que me guiara, sin cuestionar la urgencia que emanaba de su esencia. Y me dejé llevar por el placer que me hacía experimentar por primera vez en mi vida. Estaba confusa, pero al mismo tiempo rendida al deseo, sintonizada con la energía que vibraba entre nosotros. ¿Qué significaba todo esto? ¿Estaba sucediendo de verdad o solo era mi imaginación? Un dolor punzante en mi cuello me hizo gritar de dolor seguido de unos grandes estertores que me hicieron sentir el mayor de los placeres, mientras él bombeaba con todas sus fuerzas en mi interior. Si era un sueño, no quería que se detuviera. Y si era verdad, entonces… ¡Oh, esto tiene que ser verdad!






