Mundo ficciónIniciar sesiónREYNOLDS:
Los gruñidos me rodeaban de nuevo, exigentes y amenazantes. Era el heredero designado de nuestra manada, pero no estaba seguro de si podría asumir el poder. Las leyes de nuestros ancestros decretaban que mi verdadera fuerza sólo despertaría al encontrar a mi Luna. Sin embargo, tras muchas búsquedas, no la había encontrado en ninguna de las manadas. Así que, aunque no me gustara, solo me quedaba buscar entre los humanos.
La búsqueda había sido interminable; tenía que estar en lo correcto. Recientemente, creí sentir su presencia en este lugar. Mis instintos no podían traicionarme. Debía encontrarla antes de la próxima luna roja. Cerré los ojos y recordé la última conversación con mi padre en la cueva ancestral. Él, con su figura imponente destacando en la penumbra, me observaba. —Reynolds —dijo al verme—. El tiempo se te agota. Necesitas no solo encontrar a tu luna, sino tener un heredero. No era solo una observación; era una advertencia vinculada a su miedo por el fin de nuestro linaje. Nuestra familia siempre había estado en la cima de la manada, con parejas de lobas poderosas. Pero la mía no era así, y todos estaban desconcertados. Años tras año, muchas jóvenes lobas alcanzaban la mayoría de edad, pero ninguna era mi mitad. —Lo sé, padre —respondí, avergonzado. La había buscado sin éxito, incluso entre otros seres sobrenaturales. —Te llamé porque te falta un lugar donde buscar —dijo, señalando una esquina en la pared—. Debes buscar a tu pareja ahí. La próxima luna sangrienta está a la vuelta de la esquina. Si no la encuentras antes, otro puede reclamar tu lugar. Maldije en mi interior. No podía tener tan mala suerte. Mi Luna no debía ser una debilucha humana, pero sabía que solo podría ser un alfa poderoso si me unía a ella para la eternidad sin importar que lo fuera. Odiaba las ciudades de los humanos, pero era el último lugar que no había explorado. —No entiendo cómo a los demás les resulta tan fácil. ¿Por qué no puedo simplemente sentirla? —miré los símbolos en las paredes, iluminados por las antorchas. Representaban cada dominio de las especies, pero mi pareja seguía ausente. —Padre, el mundo de los humanos es extenso. —Las parejas humanas de los licántropos suelen nacer en poblados y ciudades cercanas al bosque —replicó mi padre, recorriendo la pared con los ojos cerrados hasta detenerse en uno de los símbolos. —Empieza por aquí y vigila los alrededores del bosque central. No repliqué, no podía hacerlo. Sin importar quien fuera mi pareja, debía encontrarla para que todo mi poder se desatara y poder enfrentar a todo el que retara por el puesto de alfa. Habían pasado muchos días desde que recorría esta ciudad, no era particularmente grande, con un frondoso bosque en el centro al que recorría cada día en el auto. Tenía que encontrarla antes de la próxima luna roja. Hoy me había retrasado más d elo normal haciendo negocios para no perder el tiempo. Justo cuando cruzábamos frente a una esquina del bosque un olor embriagador llenó mis fosas nasales. —¡DETENTE! —ordené con urgencia. —¿Qué ocurre, mi Alfa? —mi futuro beta me preguntó, pero no tuve tiempo para explicarle. Salí disparado del auto, siguiendo un olor inconfundible que llegaba a mis fosas nasales. —¡Es ella! —rugía mi lobo dentro de mí—. ¡DAME EL MALDITO CONTROL O LA PERDEREMOS! Mi corazón latía con fuerza. Tenía que ser ella, nunca antes había sentido ese olor que me hacía perder la razón y querer correr hacia ella. Sin tiempo que perder, cedí el control a mi lobo. Tenía que ser ella y él era el más indicado para rastrearla. —¿Dónde estás? —Avancé olfateando; había demasiadas fragancias humanas. Y entonces la vi a lo lejos, caminando por un sendero oscuro. Pero no era el único que la perseguía. Corrí con todas mis fuerzas, deshaciéndome de un zarpazo que pretendía hacerle daño. —¡Es ella! —dijo mi lobo, justo cuando ella comenzó a correr desesperada. Era evidente que había percibido que la seguían. Aunque casi la alcanzamos, reduje mi velocidad hasta la normal de los humanos. No queríamos asustarla, pero tampoco perderla. Estuvo a punto de caer; la atrapé antes de que se desplomara. Ella gritó aterrada. —¡SUÉLTAME! ¡SUÉLTAME! —mientras pataleaba en mis brazos. Era tan liviana, tan frágil, tan hermosa. ¿Cómo podría ser mi Luna? La solté con delicadeza no queriendo lastimarla. Retrocedió, mirándome aterrorizada. Permanecí quieto, pero aún necesitaba asegurarme. Detrás de mí, mi beta emitió un gruñido al escuchar aullidos lejanos. Pero en ese momento, solo existíamos ella y yo; dos almas perdidas encontrándose en la inmensidad del bosque, rodeados por lobos salvajes y seres sobrenaturales. Ella retrocedió lentamente y estuvo a punto de caer de nuevo, pero la atrapé. —¿Estás bien? —pregunté, conteniendo el rugido de posesión y advertencia que mi lobo Ragnar estuvo a punto de soltar. Me alejé, no quería que pensara que era un abusador. Podía escuchar los latidos acelerados de su corazón; su olor, el de mi pareja, no se me escapó. Mi lobo gruñó de alegría al encontrarla, aunque fuera humana. Quiso tomarla de inmediato, pero lo impedí. —Reynolds —escuché a mi futuro beta Simon en mi mente—. Estamos rodeados. Todos ellos andan detrás de tu Luna. Tómala y vámonos. —No quiero que me odie —contesté sin dejar de mirarla y olfatearla —. Recuerda que no tengo tanto tiempo, ella debe aceptarme para que todo fluya mejor entre nosotros, dejarse marcar y darme un heredero. —No estás pensando bien, vas a entrar en celo. Márcala primero y después la enamoras —sugirió Simón mirando hacia la maleza. —Puedes borrar sus memorias. Si te unes a ella, todos tus poderes se liberarán. Tiene que ser ya, antes que la marque otro. Tenía razón, pero en verdad quería hacer las cosas bien. Agudicé los sentidos, cediendo el control de nuevo a Ragnar, mi lobo. Seres sobrenaturales y lobos salvajes asomaban entre las sombras, observando nuestro encuentro. No podía permitir que le hicieran daño; debía protegerla. En un instante, que bajó la cabeza, desaparecí a toda velocidad para ahuyentar a los atrevidos. —No puedo permitir perderla ni asustarla ahora que la encontré —respondí al gruñido de mi lobo. Aunque no estaba de acuerdo, porque su instinto salvaje le exigía atraparla y hacerla nuestra. Mi parte humana y racional me advertía que si lo hacía ella me odiaría. Cualquier duda previa se desvaneció, reemplazada por una firme resolución. ¡Ella era mía, solo mía!, y no dejaría que nada ni nadie interfiriera en lo que el destino había escrito para nosotros. Después de ahuyentar a todos, no volví a aparecer; la seguí despacio hasta que la vi detenerse frente a una pareja. —Simon, ¿estás viendo lo mismo que yo? —pregunté a mi beta, detenido a mi lado en la orilla del bosque. —Eso explica por qué no la encontraste antes. Ellos se te adelantaron y la ocultaron —contestó Simón mientras nos acercábamos lentamente para escuchar lo que decían. El descarado no tenía suficiente con haberse acercado a mi pareja; se había comprometido con ella y ahora pretendía hechizarla. —Ella es… —susurró Simon, señalando a la joven vestida de blanco que acompañaba al llamado Alfredo—. Se parece mucho. —No lo sé, pero debemos alejarla de él —guardé silencio, concentrándome. Se llamaba Alaya, bonito nombre. —Espera, ¿qué dijo el condenado? ¿Quedarse en la casa de mi Luna? ¡Ni hablar! Sin poder contenerme, Ragnar soltó un gruñido que hizo saltar a Alaya y a sus acompañantes. ¿Me escucharía? Eso no era normal; no la había marcado. ¿Cómo podía escucharme? ¡Era una humana!







