Milord, todavía con el rostro desencajado por el horror de lo que acababa de escuchar, alzó la vista hacia Azucena. Ella permanecía inmóvil detrás de Askeladd, con las manos unidas frente a sí y el semblante serio, sin devolverle siquiera una mirada. Su silencio era más doloroso para él que las cadenas, más hiriente que cualquier palabra de desprecio. La observó con incredulidad, con un rastro de súplica en los ojos, y al fin rompió el silencio con voz entrecortada.
—Azucena… Azucena, ¿tú de ve