Para el momento en que salí del baño, Jeniffer se acercó.
—Los gemelos ya se han ido —dijo—. ¿Acaso fue alguno de ellos el que te hizo eso?
—No, nada de eso.
—Porque odio a los hombres que golpean a las mujeres.
—Sí, yo también, pero te aseguro que no ninguno de ellos.
—Está bien. Mira, te dejaron esto.
Jeniffer me extendió una nota. Esperé a que se hubiera alejado para leerla.
“No te escondas de nosotros”.
Suspiré.
Lo que más deseaba en ese momento era justo lo que me pedían que no hiciera.
Ya