XXIV

La presencia de los gemelos y de Axel fue demasiado para mí.

—Ahora debo irme —dije recobrando algo de la ira que se había apoderado de mí cuando vi a quien se hacía llamar mi padre.

—Sussan, espera. —Escuché que dijo Axel a mis espaldas, pero su voz ya era un susurro. En ese momento estaba decidida a irme a mi habitación y encerrarme.

Caminé de vuelta a mi cuarto con prisa, no queriendo ver u oír a nadie, ni a Axel, ni Lia ni a los gemelos. A nadie.

Y lo habría logrado de no ser porque esa voz
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