V

Después del incidente con los extraños lobos que se aparecieron en la entrada y el jardín trasero de la casa, Dub pareció curado y no se volvió a acercar a mí, aunque también lo evitaba y no regresé a casa hasta no ver que el auto de Lia estuviera estacionado. Así sobreviví la primera semana, entre la escuela, el trabajo en las tardes y a tiempo completo los fines de semana, las miradas esquivas de los gemelos, sobre los que no me decidía si quería tener o no cerca; de lo único que sí estaba segura era de mantenerme alejada de Chloe y de la novia de Liam, Amelia, que ahora no hacían otra cosa sino observarme con odio.

Tuve una semana apacible, hasta el día de la clase de gimnasia.

Aunque esta vez sí llevé el uniforme adecuado, no tardé en darme cuenta de lo incómoda que me sentía con las furtivas miradas de los gemelos que, para mi tranquilidad, quedaron separados de mi grupo y se dedicaron a jugar baloncesto, mientras que yo quedé en el grupo de los que jugaríamos Voleibol. La única objeción que tuve sobre esta distribución fue el hecho de que tanto Chloe como Amelia no solo escogieron también ese deporte, sino que estaban en el equipo contrario.

Nunca he sido muy hábil en los deportes, más bien soy del tipo lenta y de las que el balón parece perseguir con dirección a su cara. Aún así, estaba dispuesta a dar lo mejor de mí y quizá ganarme algo del respeto de las novias de los gemelos si les demostraba que no era una zonza, pero mis intenciones se fueron al traste después de que las vi jugar por no más de dos minutos. No solo eran muy hábiles, sino también bastante fuertes y jugaban pesado. pasé saliva cuando las vi susurrando entre ellas y dirigirme la mirada entre burlas. Chloe tomó el balón para hacer el saque y me hice lo más atrás que me fue posible, pero sabía que, con solo quererlo, Chloe iba ordenarle al balón que buscara mi cara y lo conseguiría.

Sonó el silbato del profesor de gimnasia y antes de que la pelota se elevara, vi la mirada de Chloe dirigida a mí, con una media sonrisa que me heló la sangre. Cuando su mano chocó contra el cuero del balón, supe que debía tirarme al suelo y así lo hice. Escuché que la pelota pegó contra el suelo, a solo una pulgada de donde había estado y con tanta fuerza que supe, de inmediato, que ni en un millón de años de duro entrenamiento hubiera conseguido responder a ese saque. Sin embargo, cuando me arrojé al piso lo hice tan de prisa, que tropecé e igual me golpeé. Había salvado mi rostro, pero no así mi cabeza, que rebotó con la misma fuerza que lo había hecho el balón.

Lo último que vi, antes de perder el conocimiento por un segundo, fue la risa de Chloe mientras chocaba sus manos con las de Amelia. Un instante después, escuché la voz de Aly, que había permanecido, a salvo, en las gradas. Me llamaba con fuerza, pero por más que quería, no logré levantarme.

—¿Estás bien? —preguntó cuando sus rodillas casi me golpearon la cara.

—Sí, sí, pero me duele mucho la cabeza —contesté cuando logré que mi lengua se coordinara con mi cerebro, que debió extrañar a algunas neuronas después de ese golpe.

—¿Puedes levantarte? —preguntó el profesor.

Sentí que no podía, pero entonces me di cuenta de que había caído en una posición en la que mis piernas estaban prácticamente abiertas y apenas cubiertas por el short del uniforme. Para mi mayor desgracia, la mirada de los gemelos estaba proyectaba en el paisaje que ofrecía mi entrepierna. Entonces hallé las fuerzas para levantarme.

—Ya, sí. Creo que solo me saldrá una contusión —dije mientras intentaba disimular el rubor que había cubierto mis mejillas. Por el rabillo del ojo, vi el gusto con el que los gemelos me estaban observando, luego de que hubiera interrumpido su juego con mi espectáculo.

—Lleva a tu amiga a la enfermería —dijo el profesor, dirigiéndose a Aly—. Es mejor que la revisen.

Aly asintió, encantada de poder perderse el resto de la clase a costa de mi dolor y humillación, que parecían no ir a acabarse nunca.

Caminamos con lentitud hacia la enfermería y allí la enfermera, una mujer mayor que parecía haberlo visto ya todo en asuntos de accidentes escolares, me ordenó recostarme.

—¿Puede darme una pastilla para el dolor? —pregunté cuando me di cuenta de que esa iba a ser toda la intervención de la enfermera.

—Lo siento, niña, pero no puedo darte nada, a menos que alguno de tus padres lo autorice. ¿Quieres llamar a alguno?

Cómo hubiera querido seguir viviendo con mi abuela, a la que habría llamado de inmediato. Pero de solo pensar en Lia se me revolvió el estómago.

—No. Deben estar trabajando y se pondrán histéricos si reciben una llamada por esta bobada —dije—. Prefiero aguantarme el dolor antes que su cantaleta.

La enfermera me dirigió una mirada en la que vi que comprendía mi caso y porqué me había negado, con una mentira, a que llamara a alguno de mis padres.

—Está bien —dijo—. En ese caso, si quieres te doy un boleta para salir temprano, porque es lo único que puedo hacer. Así vas y te compras una pastilla, aunque también te recomendaría ir a un médico lo antes posible.

Asentí, agradecida, aunque sabía de antemano que no haría ninguna de las dos cosas que ella me propuso. Por nada del mundo iría a casa temprano. Allí debía estar Dub y no quería tentar más mi suerte. Tampoco visitaría a un doctor porque estaba convencida de que no tenía ningún de cobertura o seguro médico.

La enfermera salió a buscar la papelería que necesitaba para hacerme el permiso y Aly, que seguía a mi lado con el firme propósito de no regresar a clase de gimnasia, aprovechó para decirme que, mientras estaba en las gradas, la habían invitado a una fiesta.

—Pero solo iría si tú me prometes que también irás —dijo.

No sé porqué, pero lo primero que se me pasó por la cabeza fue pensar en que yo tampoco iría si los gemelos no iban a estar allá. Le pregunté a Aly por ellos, pero haciendo sonar mi pregunta como si estuviera prevenida de ellos y sus novias.

—No creo que vayan —contestó Aly—. Ellos no suelen ir a las fiestas de los otros estudiantes, sino que siempre se reúnen en el bosque, a campo abierto, como si fuesen universitarios.

—¿Tú quieres ir? —pregunté.

Aly levantó los hombros.

—Sí. Creo que será divertido.

Deduje que Aly, al igual que yo, era de las que nunca había ido a una fiesta, pero ahora que la habían invitado se sentía tentada a hacerlo. Me sentí igual y aunque me hubiera gustado enterarme de que Ethan y Liam también irían, al pensar en sus novias, Chloe y Amelia, me decidí a que era mejor que ni siquiera se aparecieran.

—En ese caso, entonces sí, vamos.

La fiesta estaba planeada para el sábado en la noche. Podríamos ir después del turno en el restaurante.

La enfermera no tardó en regresar con mi boleto de salida ya diligenciado. La cabeza me seguía doliendo, pero era soportable y decidí que esperaría hasta la hora de salida para ir por esa pastilla. Aly tenía una clase distinta y nos despedimos.

—Nos vemos más tarde, en el restaurante —dije.

Aproveché mi boleto de salida para quedarme en el pasillo. La siguiente clase que tenía era con los gemelos, a los que no quería ver en ese momento, más cuando les había exhibido mi entrepierna de esa manera. Ya me los podía imaginar haciéndome toda clase de burlas. Caminé hasta mi casillero con el propósito de ordenarlo. No me di cuenta de que se acercaban hasta que reconocí el olor de su colonia y algo del sudor que cubría sus cuerpos después de la clase de gimnasia.

Me giré, asustada, porque era por ellos que no había entrado a clase. No tuve tiempo siquiera de cerrar mi casillero cuando los tuve encima mío.

—¿Te golpeaste muy duro, cariño? —preguntó Liam, a mi espalda.

—Sí, creo que sí fue un gran golpe —dijo Ethan, contestando a su hermano pero sin apartar su mirada de la mía, que entonces se agachó.

La mano de Liam se posó encima de la contusión que adornaba mi frente y, aunque sentí un ligero escozor cuando lo hizo, enseguida me invadió una fuerte sensación de placer. Su mano, aunque grande y fuerte, me tocó con suavidad, casi con ternura.

—No es más que un pequeño golpe —dijo Liam. Su aliento golpeó mi oreja y me estremeció aún más.

—Déjame ver —respondió Ethan al tiempo que se acercaba para observar mi frente. Estaba frente a mí y mis ojos se volvieron a encontrar con los suyos. Al acercarse a observar el golpe, también sentí su aliento contra mi cuello. La sensación me erizó cada vello del cuerpo.

—¿Qué hacen? —susurré con la intención de defenderme, pero deseaba que no se fueran. Ahora me sentía tan complacida de que me hubieran molestando que incluso sentí la emoción del juego.

—Sé cómo curar esa clase de golpes —dijo Liam, contra mi espalda. Lo susurró con tanta ternura que apoyé mi trasero contra su pierna.

—Sí, conozco esa cura, hermano —respondió Ethan que entonces se acercó un poco más, hasta que mi pecho rozó el suyo. Estaba acorralada entre los dos gemelos, que a cada instante unían sus cuerpos al mío con más insistencia. Entonces los sentí, los labios húmedos, cálidos y carnosos de Liam contra mi cuello. Me estaba dando pequeños mordiscos que me obligaron a apretar los dientes para no suspirar.

No me había dado cuenta de que todavía llevaba la camiseta del uniforme de gimnasia y de que la mano tibia de Ethan se había posado encima de mi vientre hasta que lo sentí. Quise tomar su mano y apretarla allí donde estaba, para que nunca la retirara.

—¿Sussan? —dijo una voz que enseguida reconocí.

Levanté la mirada, asustada. Hasta ese momento había estado a solas con los gemelos, en el solitario pasillo. Cerré el casillero y los vi esfumarse con la misma velocidad con la que habían llegado.

—Aly. Creí que estabas en clase —dije sin atreverme a seguir con la mirada que habían tomado los gemelos. Noté que Aly tampoco podía desprender sus ojos de los míos.

Aunque algo abochornada, al menos ahora no me dolía la cabeza.

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