Mundo ficciónIniciar sesiónEl despertador sonó poco antes de las seis, lo que me daba tiempo más que suficiente para llegar a la escuela. Para ese momento, ya Eli se había ido al trabajo y sabía que Dub no lo haría sino mucho más tarde, casi sobre el mediodía. Pasé al baño y luego de cepillarme los dientes me peiné, me puse el conjunto de ropa menos arrugado que tenía y robé un paquete de papas fritas de la cocina, que me juré después reponer, cuando hubiera al menos asegurado un nuevo trabajo aunque, al considerarlo, deduje que ese paquete de papas había sido comprado con el dinero que, desde que Eli se había hecho cargo de mi custodia, era consignado en su cuenta bancaria, por parte de mi padre, aunque ella nunca decía nada al respecto, pero era la misma historia que cuando me cuidaba mi abuela: una extraña consignación mensual, depositada por un hombre que decía ser mi padre y por quien era mejor nunca hacer preguntas.
Llegué a la escuela con el tiempo suficiente para dirigirme tranquila a la dirección, luego de pasar por entre los estudiantes que se agolpaban en el estacionamiento y se entremezclaban con los que llegaban caminando, como yo, en alguno de los buses escolares y me pregunté qué tan lejos podrían ir si el pueblo parecía más bien pequeño. Sin apenas mirar a mi alrededor y esperando tampoco llamar la atención, me presenté ante la directora, una mujer que se aproximaba a la mediana edad, de constitución más bien ancha, estatura baja y gruesas gafas que se escurrían constantemente del puente de su pequeña nariz puntiaguda.
—Así que tú eres Sussan —dijo la directora con una amplia sonrisa. Parecía tan contenta de recibirme que solo le hizo falta pellizcar una de mis mejillas—. ¿Tu apellido es Sforza o se trata de un error tipográfico?
Era Sforza, no había error. Lo había tomado de mi padre pese a que mi madre, según mi abuela, había insistido en que debía tomar el de ella luego de que él se hubiera ido, pero después de algunas discusiones logré conservarlo.
—Pues es precioso, como italiano, ¿verdad? —dijo la directora mientras me pasaba el horario de clases— Tienes incluso algo de ese aire Mediterráneo, esa belleza de las mujeres de la Toscana.
En realidad no supe a qué se refería, porque pese a mi apellido siempre me había considerado una joven muy blanca, de cabello más oscuro que claro aunque, debo reconocer que, cuando hace bastante sol o el día está muy claro, mi cabello parece brillar con más fuerza y hasta aclararse, mientras que mi piel se oscurece con facilidad.
Agradecí la amabilidad de la directora y, cuando ya salía de su oficina con el horario de clases en la mano, me distraje intentando descifrar a qué salón debía dirigirme y mis ojos se negaron a ver la espalda del sujeto contra el que tropecé. Al caer mi trasero se golpeó con fuerza en el suelo y al levantar la mirada, creyendo que me había topado con una pared, vi, horrorizada, no solo que tenía un centenar de ojos encima mío, sino también los de dos altos y acuerpados gemelos que me miraban como si yo fuese una lagartija que se hubiera atrevido a saltar sobre sus cabezas y a ellos le hubiera bastado con sacudirse para arrojarme al piso.
Al observarlos desde el suelo, vi que eran gemelos idénticos, de cabello muy oscuro y corto, piel bronceada, labios gruesos y voluminosos, ojos claros y con ese perfil de orgullo inquebrantable que parecía, por el solo hecho de mirarme, burlarse de mí. Una rubia delgada y esbelta iba cogida del brazo de uno de los gemelos y su mirada, más que burlona, parecía asqueada.
—¿Es que eres ciega? Fíjate por dónde vas —dijo con repugnancia, como si el solo hecho de dirigirme la palabra le quitara status.
—Lo…, lo siento. Me distraje.
Los gemelos intercambiaron una rápida mirada, pero que me dio la impresión de estar cargada con mil frases que solo entre ellos se entendían. Después de eso se alejaron, dejándome botaba con la misma indiferencia con la que habían recibido mi golpe. Cuando lo hicieron, no solo percibí el fuerte aroma de su loción, que agitó mi nariz como si fuese la fragancia más deliciosa que hubiese percibido en mi vida, sino que me quedé a la expectativa de que en cualquier momento girasen la mirada y yo pudiera volver a ver sus perfectos y muy atractivos rostros simétricos y varoniles. No lo hicieron y entonces me levanté sola, cuidándome de no volver a llamar la atención de la escuela, que ya parecía haberse olvidado de mi existencia.
Logré llegar a la primera clase sin tropezarme de nuevo y tuve la esperanza de que quizá, allí, tendría la oportunidad de ver de nuevo a los gemelos, pero no estaban, tampoco la rubia que parecía ser la novia de uno de ellos. Después de presentarme con el profesor, me asignó un puesto, el único que quedaba libre, al lado de una chica de cabello castaño recogido y grandes lentes.
Desde el momento en que nuestras miradas se cruzaron, supe que iba a congeniar con esa chica de grandes anteojos, porque era del tipo “no me meto con nadie, que nadie se meta conmigo, salvo que yo lo elija”. Ella debió sentir lo mismo porque, después de un saludo algo formal y aprovechando que el profesor nos asignó un trabajo en parejas, conversamos un poco.
—¿Entonces tú fuiste la que se tropezó en el pasillo? —preguntó mi compañera de mesa, llamada Aly.
—Yo sé, fue muy bochornoso —dije después de haber contado mi anécdota y con la intención de preguntarle a Aly sobre los gemelos, que seguían grabados en mi memoria como si siempre hubieran estado ahí—. ¿Pero qué puedes decirme sobre esos dos? se nota que son muy populares en la escuela.
Aly asintió.
—Lo son, y no solo porque son gemelos y están como para no saber cuál de los dos es más atractivo, sino también porque tienen una personalidad muy fuerte y son del tipo “matón”, así que te sugiero que, pese a lo atractivos que creas que son, no te metas con ellos.
La advertencia de Aly, en vez de prevenirme, me intrigó aún más.
—No me has dicho cómo se llaman.
Simulando estar haciendo el ejercicio de clase, Aly me dijo que sus nombres eran Ethan y Liam.
—¿Y cómo los distingues? —pregunté.
Aly negó con la cabeza.
—Hasta hace unos meses te habría dicho que no hay forma, pero desde que uno de ellos, Ethan, se dejó el cabello más corto, es más sencillo. Liam ahora lo lleva más largo.
Hice memoria y creí recordar que Ethan, el de cabello corto con corte estilo militar era el mismo que iba con la rubia que parecía salida de la portada de una revista de modelaje.
—¿Y qué hay de la rubia que va con ellos? —pregunté.
—Esa es Chloe y si te advertí que no te metieras con los gemelos, con ella sí que mucho menos, porque es bastante posesiva y cela a Ethan como si fuera su dueña.
Creí que había sido suficiente con lo que había averiguado, no quería parecer ya una obsesionada con los gemelos y teníamos que adelantar el trabajo de clase, pero aunque mis palabras no volvieron a mencionarlos, seguían rondando en mi mente, sin que fuera capaz de hacerlos solo desaparecer.
Mi creciente obsesión debió conjurar al destino, porque en la siguiente clase no estaba Aly y solo quedaba un lugar en la mesa que ocupaban los gemelos. Me sentí morir en ese momento y más cuando la profesora confirmó lo que ya me sospechaba.
—Ocupa ese lugar —dijo, señalando a la mesa de Ethan y Liam.
Me senté como quien no quiere la cosa y ni se ha dado cuenta de quiénes están a su lado, pero la verdad era que mi corazón latía a mil, tan fuerte que sentía que en cualquier momento se me iba a salir del pecho. Miré hacia cualquier dirección que no fuera a los rostros perfectos de esos dos hombres esculpidos por un artista del Renacimiento, y me hice la indiferente.
—¿Esta no es la chica que se tropezó contigo, Ethan? —preguntó Liam a su hermano.
—Sí, es ella. La que tanto enojó a Chloe.
—Se hace la que no nos está escuchando.
—Ya lo noté, Liam —Se burló Ethan—. Cree que solo por no mirarnos no nos hemos dado cuenta de que no nos escucha.
Quería morirme, o que el suelo se abriera bajo mis pies y me tragara. Habría estado mucho mejor que en ese momento, con mi corazón martillando contra mis oídos.
—Te va a ir muy mal si sigues haciéndote la que no nos escucha, dulzura —dijo Ethan.
El apelativo de dulzura podía bien ser parte de la burla o un cumplido, no lo supe, pero la palabra atrajo mi atención y decidí enfrentarlos.
—Oh, mira, Ethan, la niña ha decidido mirarnos.
—Pues bien por ella, porque se ha evitado muchos problemas y ahora que la profesora nos ha asignado el ejercicio de clase, podemos pedirle que trabaje con nosotros.
El “nosotros” en realidad fue ellos dos haciendo comentarios algo subidos de tono sobre todas y cada una de las chicas de la clase -excepto sobre mí, aunque ya podía imaginarme lo que dirían cuando no estuviera presente- mientras yo intentaba hacerme la desentendida y, para no tener que entrar en su horrible conversación, hacía todo el trabajo de clase que, de todas formas, Ethan me rapó para poder colocar su nombre y el de su hermano. Agradecí el timbre como nunca lo había hecho en mi vida, tomé mi mochila y me fui con la misma presunta indiferencia con la que había llegado.
Ahora que los había visto deseaba no tener que volverlos a ver, pero no habían pasado dos minutos desde que terminara la clase para que ya lo deseara. ¿Qué pasaba conmigo? ¿Por qué esa repentina obsesión por dos “matones” de colegio? Sí, eran atractivos, pero no costaba mucho darse cuenta de que eran del tipo que yo más detestaba en la jungla que era la escuela secundaria.
Con esa extraña y, a la vez, fascinante sensación, me dirigí a la siguiente clase y casi me morí cuando vi que era la de gimnasia, porque no llevaba el uniforme que iba a necesitar, pero si creí tener problemas por ese percance, supe que sí los tenía, en serio, cuando llegué a la clase y vi allí a los dos gemelos.
Ahora sí, de verdad, deseaba salir corriendo de ese lugar.







