Mundo de ficçãoIniciar sessãoCon el corazón todavía agitado, terminé mi turno de ese día y acompañé a Aly a su casa, no queriendo que ella viera el lugar en el que yo vivía y, mucho menos, correr el riesgo de que Dub estuviera sentado en el porche vestido solo unos calzoncillos, lo que no era inusual.
—¿Estarás bien? —preguntó Aly en la puerta de su casa, una bonita vivienda familiar que ya desprendía un agradable aroma a pie de arándanos recién horneado.
—Sí, no te preocupes, Aly, que solo estoy a unas cuadras de mi casa.
—No me refería a eso —contestó Aly con una sonrisa—. Quiero decir, con esto de los gemelos. No sé por qué se han dedicado a molestarte tanto.
Pasé saliva y creo que me sonrojé un poco.
—Ya creo que se les pasará —dije—. Debe ser solo porque soy nueva y me estrellé contra el trasero de uno de ellos. De pronto ya mañana hasta se han olvidado de mí existencia.
Aly torció los labios, no muy segura de que eso fuera a pasar.
—Bueno, Sussan, después yo te acompaño a tu casa, puede ser mañana, luego del turno en el restaurante.
Asentí y nos despedimos con un abrazo. Era agradable haber encontrado a alguien como Aly que, al menos, me hacía la existencia más llevadera, en especial ahora que, como ella dijo, los gemelos parecían estar empecinados en molestarme, una situación que, si bien por momentos deseaba que terminara porque eso me podía traer problemas con sus novias y arruinaba todas mis intenciones de pasar desapercibida en la escuela, por otra parte quería que no se acabara porque, pese a que pudieran ser unos pesados, me seguía sintiendo muy atraída por ellos y deseaba que estuvieran cerca de mí, los dos.
Con estas ideas en mi cabeza, el camino a casa se me hizo más corto y, como me temía, Dub estaba sentado en el porche, en calzoncillos, aunque también llevaba una camiseta. Supe que habría problemas desde que sus ojos me vieron llegar y, por el rabillo del ojo, me di cuenta de que el auto de Lia no estaba.
—¿Ya te estás viendo con un noviecito? —preguntó Dub cuando intenté pasar a su lado sin que mediera una sola palabra o mirada entre nosotros. Suspiré.
—Vengo de trabajar —contesté al tiempo que abría la puerta, con la esperanza de que a él no se le ocurriera levantarse, pero alcancé a ver que lo hacía, rápido, quizá más de lo que debía ser usual.
—Espera, espera, ¿a dónde vas? ¿Por qué no te sientas conmigo? Toma una cerveza del refrigerador y vienes.
Me estaba poniendo nerviosa, no contesté nada e intenté ir, lo más aprisa posible que me permitía el decoro, a mi habitación, pero entonces Dub estiró su pesada y gruesa mano para agarrar la mía.
—No seas esquiva, linda.
Ahora sí estaba en verdad asustada.
—¡Suéltame! —exigí mientras intentaba liberar mi mano, pero Dub me superaba en fuerza en una proporción de noventa a uno.
—Te estoy invitando a tomarte algo conmigo, no tienes que ser una grosera.
Su aliento tibio y alcoholizado me llegó a la cara, asqueando mis frágiles nervios aún más. Lo miré a los ojos, vidriosos, que se paseaban por mi cuerpo en una mezcla de mirada morbosa y ansiosa.
—No voy a ir más que a mi habitación —dije—. Ahora suéltame o se lo diré a Lia.
Esperaba que la mención a mi madre fuera suficiente para que me soltara, pero no, Dub parecía estar muy decidido.
—Entonces invítame tú a mí, a tu habitación, y ahí nos tomamos esa cerveza.
Supe que, si en los próximos segundos no me lograba liberar de Dub, lo siguiente sería que me arrastraría hacia él y empezaría a propasarse. Le exigí que me soltara, una vez más.
No lo hizo y pasó lo que temí.
—No seas grosera conmigo, que soy tu padrastro.
—¡No lo eres, no eres nada, suéltame! —grité.
No sé qué escuchó él, porque yo estaba tan nerviosa y asustada que ni siquiera lograba ver nada más que no fuera la puerta de mi habitación, a la que quería llegar a toda costa, pero me liberó y, casi empujándome, como si mi cuerpo lo hubiera quemado, se dirigió a la salida de la casa. Primero pensé que había oído el auto de Lia, pero no, el silencio era casi absoluto. Sabiéndome libre, caminé hacia mi habitación, pero entonces lo oí y no pude evitar girarme. Era lo mismo que había asustado a Dub.
—¿Un lobo? —preguntó, sin dirigirse a nadie y como si por el hecho de solo preguntarlo fuera a obtener una respuesta.
Miré hacia la puerta de la casa, que había quedado entreabierta por el afán mío de llegar al refugio de mi habitación y el de Dub por alcanzarme y, allí, bajo el pórtico, vi lo mismo que estaban observando los ojos de Dub. Sí, era como un lobo, pero no lo podía creer. ¿Qué hacía un lobo en la entrada de nuestra casa, solo? Habría creído sin problema que fuera un chacal, un coyote, incluso un oso, porque en pueblos así, rodeados por un inmenso bosque, no era inusual, o al menos eso había escuchado, ¿pero un lobo? Y además no era cualquier lobo, sino que era hermoso, y muy grande. En el momento en que Dub se detuvo y yo estuve a dos pasos de su espalda, con mis ojos fijos en la extraordinaria criatura que nos visitaba -y que me había salvado- el lobo dio media vuelta y se marchó. No sé cuánto tiempo más pasamos los dos, Dub y yo, mirando en dirección a la entrada de la casa, como hipnotizados por la imagen de esa espectacular criatura de un pelaje tan espeso, brillante y negro que parecía que cada uno de sus vellos estaba hecho con ónix. De verdad que había sido una criatura más preciosa que aterradora, aunque lo segundo no se descartaba por lo primero.
Las luces del auto de Lia nos sacaron de nuestro encantamiento y yo me dirigí, sin perder un segundo más, a mi habitación, que cerré con doble llave y una silla contra el picaporte. Cuando repasé el seguro de la ventana, porque no iba a darle ninguna chance a Dub, creí ver, entre la maleza que crecía en la parte posterior de la casa, al compañero del primer lobo. Aunque no lo vi por más que dos segundos, me dio la impresión de que no era el mismo de la entrada, aunque sí se le parecía mucho, pero había en su andar que era distinto y, por muy loco que sonara, asocié a los lobos con los gemelos.
«Estoy loca», pensé enseguida. «Tengo que sacarlos de mi cabeza, como sea».
Pero pese a lo que pensaba, me dormí haciéndome a la absurda y extraña fantasía de que, en efecto, esos dos lobos habían sido Ethan y Liam, que habían pasado por mi casa, transformados en esas dos hermosas criaturas, para protegerme de Dub. Aunque eso no tenía ningún sentido, ¿cierto?







