Pude dormir lo suficiente para sentirme descansada al día siguiente. Fue un sueño tan profundo, que ni siquiera recordaba haber pensado en nada de lo que sucedió la noche anterior, de la que no me acordé sino hasta que vi la luz del día filtrándose por la ventana de mi cuarto. El dolor en mi cara también regresó, lo mismo que en mi tobillo, que me revisé, por encima. Era un milagro que, después de como lo había esforzado y hasta maltratado, no estuviera más hinchado sino que, al contrario, pare