Mundo ficciónIniciar sesiónLa mañana siguiente amaneció fría, pero la tensión
entre ellos era más helada que el clima.
Ana se despertó y Cristóbal ya no estaba en la
cama. Otra vez. Pero esta vez no sintió alivio. Sintio
un vacío incómodo, una mezcla de vergüenza por
de anoche y algo que no quería reconocer.
Se levantó, se bañó con calma y se miró al espejo. Tenía ojeras. Lógico, no había dormido. Pero
también tenía algo diferente. Algo en la mirada.
Escogió un vestido de los que él le había comprado, optó por un azul marino, sencillo, pero que le marcaba la cintura y dejaba ver la curva de sus hombros. Se maquilló un poco, solo un toque, y se soltó el cabello.
Cuando bajó las escaleras, Cristóbal la esperaba e
la sala.
Él levantó la vista y se quedó quieto. Demasiado quieto.
Ella sintió su mirada recorrerla de arriba abajo,
lenta, deliberada. Vio cómo su mandíbula se
tensaba. Vio cómo sus manos se cerraban en
puños.
—¿Qué pasa? —preguntó ella, nerviosa.
Cristóbal tardó en responder. Tragó saliva.
—Hoy viene mi abuelo —dijo, con voz ronca—.
Quiere conocerte.
El corazón de Ana dio un vuelco.
—¿Tu abuelo? ¿Tan rápido?
—Sí. Y prepárate, porque no es cosa fácil. Mi abuelo no se traga ningún cuento.
Ella asintió, tratando de mantener la calma. Pero
dentro, el miedo le retorcía las entrañas.
Una hora después, el auto negro llegó a la mansión. Ana esperaba en la sala, junto a Cristóbal. Isabel
estaba cerca, con una sonrisa nerviosa. Roberto,
pie, con las manos en los bolsillos.
Cuando el anciano entró en la silla de ruedas, Ana
sintió que el aire se volvía denso.
El abuelo Gravenhorst era pequeño, arrugado, pe
sus ojos... sus ojos eran iguales a los de Cristóbal
Grises. Penetrantes. Capaces de ver a través de
cualquier mentira.
El anciano la miró de arriba abajo sin disimulo.
Luego sonrió, pero era una sonrisa que no llegaba a
los ojos.
—Así que tú eres la famosa Ana María —dijo, con
voz cascada pero firme—. Mi nieto nunca me había
presentado a nadie. Debes ser muy especial.
—Es un placer conocerlo, señor —dijo Ana,
inclinando ligeramente la cabeza.
El abuelo la observó en silencio un instante. Luego
soltó una pequeña risa.
—Bueno, bueno. Antes del almuerzo, quiero que me
acompañen a dar un paseo por el jardín. Hace buen
día y necesito estirar las piernas... lo poco que me
quedan.
Todos asintieron. Nadie se atrevió a decir que no.
El jardín era inmenso, lleno de flores y caminos de
piedra. El abuelo iba en su silla, empujada por un
enfermero. Cristóbal caminaba a su lado, y Ana al
otro.
—Hace tiempo que no venía —comentó el anciano
mirando los árboles—. Todo sigue igual. Aburrido.
Nadie respondió.
El abuelo los miró a ambos.
—Algo raro hay aquí —dijo de repente.
Cristóbal frunció el ceño.
—¿Cómo dice?
—No sé. Algo raro entre ustedes. No es natural. No
Hay afecto.
—Abuelo, no empiece.
—Háblame con la verdad. —Lo interrumpió el
anciano, clavando sus ojos grises en ellos. Esto
es una farsa, ¿verdad? Esto es un montaje. Ustedes
están fingiendo. No hay nada real aquí.
El silencio fue ensordecedor.
Cristóbal apretó la mandíbula. Ana sintió que el
El suelo desaparecía bajo sus pies.
—Abuelo, yo…
Pero Ana no lo dejó terminar.
Enderezó la espalda, levantó la barbilla y miró al
anciano directamente a los ojos.
—Abuelo —dijo, con una voz que se sorprendió hasta ella misma—, discúlpeme por mi actitud de hoy.
Pero es que su nieto no me complació anoche.
El anciano abrió los ojos como platos.
Cristóbal se quedó congelado. La mandíbula le cayó. La sangre le subió a las mejillas.
—¿Qué...? —alcanzó a decir el abuelo.
—Y no es la primera vez —continuó Ana, sin perder la calma—. Llevamos una semana y nada.
El abuelo la miró un instante. Luego giró la cabeza hacia Cristóbal y sus ojos grises se estrecharon como cuchillas.
—¿Cómo es posible? —espetó, con una voz que ya no era cascada sino cortante—. Tú, que pasas la vida metido en hoteles con prostitutas, que gastas dinero en mujeres cada semana, ¿no eres capaz de complacer a tu propia prometida?
—Abuelo, yo...
—¡Cállate! —lo interrumpió el anciano, golpeando el brazo de la silla—. Todo ese escándalo, todas esas mujeres, ¿para qué? ¿Para que ahora me digan que no puedes darme un nieto? ¿Así quieres asegurar mi herencia?
Cristóbal apretó la mandíbula, rojo de vergüenza. No podía explicarle la verdad. No podía decirle que todas esas mujeres eran una farsa.
El abuelo se giró hacia Ana. Su expresión cambió por completo. Se volvió cálida, casi tierna.
—No te preocupes, niña —dijo, tomándole la mano con la suya, arrugada pero firme—. Déjamelo a mí. Yo me encargo de que este muchacho aprenda lo que es su deber.
A la hora del almuerzo, Ana podía sentir la mirada del abuelo clavada en ellos como un reflector. No había forma de escapar.
Tomó su tenedor, pinchó un trozo de carne y, con una naturalidad que sorprendió hasta a ella misma, lo llevó a la boca de Cristóbal.
—Cariño, prueba esto —dijo con una dulzura que no sentía—. Está delicioso.
Cristóbal se quedó paralizado. La miró como si hubiera enloquecido. Pero ella sostuvo el tenedor en el aire, esperando, con una sonrisa perfecta.
Él no tuvo opción. Abrió la boca y mordió.
El abuelo analizaba sus movimientos.
Ana sonrió con modestia. Luego, como si nada, tomó la servilleta y limpió una pequeña mancha en la comisura de los labios de Cristóbal.
Él se quedó inmóvil, sin respirar.
Pero Ana no había terminado.
Bajo la mesa, con la mano izquierda, comenzó a deslizar sus dedos por el muslo de Cristóbal.
Lentamente. Suavemente. Como una caricia casual que nadie más podía ver. Pero el abuelo que prestaba atención a todo si lo notó.
Cristóbal se tensó por completo. La mandíbula se le apretó. El tenedor que sostenía en la mano tembló ligeramente.
—¿Estás bien, nieto? —preguntó el abuelo, arqueando una ceja.
—Sí... sí, perfectamente —respondió él, con voz entrecortada.
Ana continuó. Sus dedos subieron un poco más, trazando círculos sobre la tela del pantalón. Sintió cómo el músculo bajo su mano se ponía rígido. Sintió la respiración de él volverse más agitada.
—¿Quieres más vino, cariño? —preguntó ella, con una inocencia que era puro veneno.
Cristóbal negó con la cabeza, sin atreverse a hablar.
La mano de Ana subió un poco más. Y entonces lo sintió.
El cuerpo de él respondía. Rígido. Caliente. Evidente.
Él cerró los ojos un instante, como pidiendo fuerzas. El sudor comenzó a brotar en su sien.
El abuelo observaba la escena con una sonrisa cada vez más amplia. Parecía disfrutar cada segundo.
La tarde cayó como una trampa.
—Ven, nieto. Hablemos de la empresa mientras tomamos el té.
Cristóbal siguió a su abuelo sin imaginar que esa taza cambiaría todo.
El té tenía un sabor extraño, pero no le dio importancia. Escuchó a su abuelo hablar de acciones, de inversiones, mientras el calor comenzaba a trepar por su cuerpo como una enredadera.
Primero el pecho. Luego el vientre. Luego más abajo.
Cristóbal se aflojó la corbata. El sudor brotó en su nuca. La respiración se le escapaba sin control.
—¿Te sientes bien? —preguntó el abuelo con una calma sospechosa.
—Calor... nada más.
—Anda, ve a bañarte. Yo termino aquí.
Cristóbal subió las escaleras a trompicones, sin entender por qué su cuerpo ardía ni por qué su mente solo podía pensar en ella.
Mientras tanto el abuelo encontró a Ana en la sala.
—Tu prometido no se siente bien. Sube, muchacha. Que no le falte atención.
Ella asintió y subió sin imaginar nada.
La puerta estaba entreabierta. La empujó.
Y el mundo se detuvo.
Cristóbal estaba de espaldas, pero lo que vio la dejó sin aire. La camisa colgaba abierta de sus hombros, revelando una espalda ancha, marcada, cubierta de sudor que hacía brillar cada músculo bajo la tenue luz.
Él se giró lentamente.
Ella sintió que las rodillas le fallaban.
Su torso era perfecto. Esculpido. Como si un escultor hubiera pasado años tallando cada línea, cada curva. El pecho subía y bajaba con urgencia, la piel húmeda, el cabello pegado a la frente.
Pero no era eso lo que la aterraba.
Eran sus ojos.
Grises. Encendidos. Clavados en ella con una intensidad que la quemaba desde donde estaba.
Nunca la habían mirado así. Nunca.
—Ana... —la voz le salió ronca, rota, apenas un hilo.
Ella sintió el deseo flotando en el aire, tan denso que podía cortarse. Era él. Era ella. Era lo que siempre había estado ahí, negado, oculto, y que ahora explotaba sin control.
Retrocedió instintivamente. Buscó el picaporte a ciegas, sin dejar de mirarlo.
Giró.
No se movió.
Giró otra vez, con más fuerza.
Nada.
El pánico la golpeó como un puñetazo. Forzó el picaporte una y otra vez, pero no cedía.
—Está... está cerrada —jadeó.
Él no respondió.
Solo avanzó.
Un paso. Otro. Sus ojos grises fijos en ella, devorándola sin tocarla.
Ella apretó la espalda contra la puerta, atrapada, el corazón golpeándole el pecho con tanta fuerza que creyó que él podía oírlo.
Él se detuvo a centímetros. Levantó una mano y la apoyó junto a su cabeza, encerrándola contra la madera. El sudor de su piel brillaba. Su pecho casi rozaba el de ella.







