Cristóbal despertó con la peor resaca de su vida.
No era alcohol. Él sabía lo que se sentía una resaca por alcohol. Esto era diferente. Era como si su cabeza estuviera llena de algodón y alguien estuviera golpeándole las sienes con un martillo pequeño pero insistente.
Parpadeó varias veces, tratando de enfocar la mirada. La luz del sol que se colaba por las cortinas le quemaba los ojos. La habitación daba vueltas.
Y entonces la vio.
Ana María estaba a su lado, profundamente dormida. Una sábana