Mundo ficciónIniciar sesiónEl auto se detuvo frente a la mansión. Las luces de la sala estaban encendidas. Eran casi las tres de la madrugada.
Cristóbal sabía lo que eso significaba.
Entró sin prisa. Su padre, Roberto, estaba de pie junto a la chimenea apagada, un whisky en la mano. Su madre, Isabel, ocupaba el sillón central con esa postura rígida que precedía a las tormentas.
—Por fin —espetó Roberto, la voz como un látigo—. ¿Sabes qué hora es?
—Buenas noches, padre. Madre.
—No velamos —respondió Isabel, fría—. Esperamos. Como cada semana.
Roberto dio un paso al frente, el vaso de whisky oscilando en su mano.
—¿Otra prostituta, Cristóbal? ¿Otra noche tirando el dinero? Tantos años con esas mujeres, tantas noches, tanto escándalo, ¿y aún no has conseguido un bendito heredero?
Cristóbal apretó la mandíbula. Las palabras de su padre le golpeaban más de lo que mostraba.
—Mis asuntos personales no son de su incumbencia —respondió, con la voz controlada.
—¡Todo lo que haces es de mi incumbencia! —estalló Roberto, dando un paso más, acercándose tanto que Cristóbal pudo oler el whisky en su aliento—. Tu abuelo está anciano, Cristóbal. Muy anciano. Los médicos no le dan más de un año. Y el viejo quiere ver un bisnieto antes de morir. Quiere saber que la sangre continúa. Y tú, con todas esas mujeres que desfilan por los periódicos, con todas esas noches de escándalo, ni siquiera has podido darle eso.
Isabel se levantó, los brazos cruzados sobre el pecho, los ojos clavados en él con esa mezcla de decepción y esperanza que Cristóbal conocía demasiado bien.
—Tu primo Marcos ya tiene un hijo, Cristóbal. Un niño sano, hermoso. Y Marcos espera. Como un buitre. Visita a tu abuelo cada semana, lleva al niño, se asegura de que el viejo lo vea, lo toque, lo quiera.
Roberto asintió, los ojos inyectados, la voz más grave.
—Debes ponerte las pilas, y rápido. No hay más tiempo. Tu abuelo cumple años en tres meses. Hará una gran cena familiar. Y en esa cena, anunciará su sucesión. Elegirá a quién deja el imperio.
Isabel dio un paso al frente.
—Si no estás comprometido para entonces, si no tienes una esposa presentable y con un heredero en camino, todo quedará en manos de tu primo. ¿Sabes lo que eso significa?
Cristóbal sabía.
Lo sabía desde que tenía uso de razón.
Significaba perderlo todo. La fortuna de los Gravenhorst. Las empresas, las propiedades, el nombre. Todo en manos de Marcos, ese mediocre que solo sabía gastar, que veía el dinero como un juguete, que llevaba años endeudándose mientras esperaba la herencia para salvarse.
—Tu abuelo te quiere —dijo Roberto, y por un instante su voz perdió filo—. Siempre te ha querido más que a nadie. Eres su orgullo, su sucesor natural. Pero el viejo es práctico, Cristóbal. Muy práctico. Quiere ver el futuro asegurado. Y si tú no se lo das, lo buscará en otro lado.
El silencio se hizo pesado.
Cristóbal miró a sus padres. A sus ojos cansados, a sus rostros marcados por la preocupación. Ellos no sabían. No podían saber. Creían que era un mujeriego, que derrochaba su hombría en prostitutas de lujo. Creían que el problema era su falta de interés en formar una familia.
Si supieran la verdad. Si supieran que todas esas mujeres eran una fachada, que ninguna lo había tocado de verdad, que ninguna había logrado despertar en él lo que un hombre debe sentir...
—No voy a casarme por obligación —dijo al fin, con voz baja pero firme.
Roberto soltó una risa amarga, sin humor.
—No te pedimos amor, Cristóbal. ¿Crees que nosotros nos casamos por amor? Esto es un imperio, no un cuento de hadas. Te pedimos un hijo. Un bendito hijo. Después puedes volver a tus malditas noches, a lo que quieras. Pero primero cumple. Primero asegura esto.
Las palabras cayeron como piedras. Una a una, golpeándolo.
Un hijo. Un heredero. Esa era la obsesión. Esa era la condena.
—Ya veremos —respondió Cristóbal, dando la conversación por terminada.
Subió las escaleras sin mirar atrás. Sintió las miradas de sus padres clavadas en su espalda como cuchillos, pero no se detuvo.
En su habitación, se apoyó contra la puerta.
El silencio lo envolvió.
Y la imagen de Na se dibujó en su mente.
Sus ojos negros, desafiantes, llenos de rabia y determinación al mismo tiempo. La marca violácea en su mejilla, esa marca que alguien le había dejado, que alguien había puesto sobre su piel. La forma en que lo había mirado justo antes de irse, como si ella también supiera que aquello no había terminado.
Y entonces sintió algo extraño.
Calor en la nuca. Un escalofrío que le recorrió la espalda, lento, traicionero. El recuerdo de sus dedos cerrándose sobre él. La presión exacta. El calor de su mano a través de la tela.
Una gota de sudor resbaló por su sien.
Se miró las manos. Le temblaban.
¿Qué me pasa?
Tanto tiempo sin sentir sin sentir nada parecido. Sin ese ardor en la piel, esa electricidad que le recorría solo con pensar en ella. Sin ese nudo en el estómago, esa opresión en el pecho. Sin ese latido acelerado que ahora le golpeaba las costillas como queriendo escapar.
Se pasó una mano por la nuca. Empapada.
Esto no es normal. En mí no es normal.
Y no lo era. Porque él había construido su vida sobre la ausencia de esto. Sobre la certeza de que el deseo era algo que le pasaba a otros. Sobre la fachada que lo protegía de tener que enfrentar la verdad.
Pero ahí estaba. Su cuerpo reaccionaba. Solo con pensarla.
Cerró los ojos y ella apareció. La sintió otra vez. Sus dedos cerrándose sobre él, firmes, decididos, sin miedo. La presión exacta. El calor de su palma a través de la tela. El modo en que sus dedos se movieron, lentos, provocadores, como si supieran exactamente qué hacer para volverlo loco.
Un escalofrío le recorrió la columna.
Abrió los ojos, jadeando.
Se miró los pantalones. Su cuerpo había respondido. Otra vez. Solo con recordarla.
Dios...
Nunca. Nunca en treinta años había sentido algo así. Ni siquiera cuando ella lo tocó de verdad había llegado a este punto. Y ahora, solo con pensar en sus manos, solo con imaginar lo que podría haber pasado si él no la hubiera detenido...
Volvió a cerrar los ojos. Quiso castigarse. Quiso pensar en otra cosa. Pero no podía.
¿Qué tienes? ¿Qué tienes que me haces esto?
Y entonces lo entendió.
No era solo que lo hubiera hecho sentir. Era que ella podía darle lo que necesitaba. Un heredero. Un hijo. La solución a la herencia, a sus padres, a la amenaza de Marcos. La respuesta a todos sus problemas.
Pero también algo más. Algo más profundo, más oscuro, más necesario.
Con ella puedo ser normal. Con ella puedo demostrarme que no estoy roto.
Cristóbal apretó los puños. Las uñas se clavaron en las palmas. El dolor no apagó el deseo.
—Te necesito —susurró en la oscuridad, la voz ronca, rota—. No solo para mi herencia. Para mí.







