El auto se detuvo frente a la mansión. Las luces de la sala estaban encendidas. Eran casi las tres de la madrugada.Cristóbal sabía lo que eso significaba.Entró sin prisa. Su padre, Roberto, estaba de pie junto a la chimenea apagada, un whisky en la mano. Su madre, Isabel, ocupaba el sillón central con esa postura rígida que precedía a las tormentas.—Por fin —espetó Roberto, la voz como un látigo—. ¿Sabes qué hora es?—Buenas noches, padre. Madre.—No velamos —respondió Isabel, fría—. Esperamos. Como cada semana.Roberto dio un paso al frente, el vaso de whisky oscilando en su mano.—¿Otra prostituta, Cristóbal? ¿Otra noche tirando el dinero? Tantos años con esas mujeres, tantas noches, tanto escándalo, ¿y aún no has conseguido un bendito heredero?Cristóbal apretó la mandíbula. Las palabras de su padre le golpeaban más de lo que mostraba.—Mis asuntos personales no son de su incumbencia —respondió, con la voz controlada.—¡Todo lo que haces es de mi incumbencia! —estalló Roberto, d
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