Mundo de ficçãoIniciar sessão
El golpe la desequilibró antes de que pudiera ver de dónde venía.
La mano de Agustín se estrelló contra su mejilla con la fuerza de costumbre, la misma que Ana María conocía desde hacía años. Esta vez la empujó contra la pared del ascensor y el mármol frío le mordió la espalda.
—¡Concéntrate, idiota! —escupió él, el alcohol podrido en su aliento golpeándole la cara como una segunda bofetada—. ¿Crees que tengo todo el día?
Las paredes del ascensor, lujosas, con espejos dorados, reflejaban la escena como una burla: ella, con la ropa humilde y la mejilla ardiendo; él, tambaleándose, con los ojos inyectados y la camisa sudada.
—Escúchame bien —susurró Agustín, metiendo la mano en el bolsillo de ella para arrancarle las pocas monedas que llevaba—. Ahí dentro está el pez gordo. El tal Gravenhorst. Si esta noche no logras que te pague bien, mañana a primera hora el hospital desconecta el respirador de tu madre. ¿Me oíste?
Ana María no respondió. Hacía años que había aprendido que hablar solo prolongaba el castigo. Asintió sin mirarlo, con los ojos fijos en las puertas del ascensor, deseando que se abrieran, que el infierno empezara de una vez para que terminara pronto.
Las puertas se abrieron.
Agustín la empujó hacia el pasillo alfombrado y señaló una puerta al final.
—La 1408. No salgas sin el dinero.
Ella caminó sin mirar atrás. No porque no tuviera miedo, sino porque mirar atrás ya no le servía de nada. El futuro era una losa que la aplastaba. El presente, un abismo al que su propio padrastro acababa de empujarla.
La imagen de su madre, Lucía, apareció en su mente. Pálida. Conectada a tubos. Las máquinas pitando, marcando el tiempo que se agotaba. La cuenta del hospital creciendo cada día.
Si esa noche no funcionaba, no habría dinero. No habría tratamiento. No habría mañana para la única persona que la había querido de verdad.
Llamó a la puerta.
—Adelante —dijo una voz grave. Fría. Sin matices.
La suite era inmensa. Un monstruo de vidrio y luces doradas. Todo en ese lugar gritaba dinero, poder... y hombres que no preguntaban nombres.
Junto al ventanal, de espaldas a ella, estaba él. Alto. Traje impecable. Perfil de estatua.
Ni siquiera se molestó en mirarla.
—Puedes sentarte —dijo—. No quiero sexo. Solo estarás aquí. Y no hables.
La orden cayó como un cubo de agua helada. Ana sintió cómo algo se le rompía por dentro. No era suficiente. Ni siquiera para eso. El desprecio implícito le quemó más que cualquier exigencia lasciva.
Pero no podía permitirse ser invisible.
Se puso de pie.
Como quieras —dijo, con una calma que no sentía—. Aunque debo advertirte algo.
Él se giró lentamente. Ojos grises como el acero. Fríos. Impenetrables.
—¿Advertirme?
—Generalmente los hombres que dicen no querer tocarme… —hizo una pausa— es porque les quedó grande.
El aire cambió. Se volvió denso.
Cristóbal frunció el ceño, la primera grieta en su fachada perfecta.
—No juegues conmigo —dijo.
Ana dio un paso más cerca. Invadió su espacio sin permiso. Podía oler su colonia, cara y discreta. Podía sentir el calor que irradiaba su cuerpo.
—O quizá —añadió en voz baja— soy demasiada mujer para ti. Y no quieres decepcionarte.
Sostuvo su mirada un segundo más. Y entonces, sin pedir permiso, bajó la mano.
No fue brusca. Fue firme. Decidida.
Sus dedos se cerraron sobre el bulto en su entrepierna.
El efecto fue inmediato.
Cristóbal se tensó como si un cable de alta tensión le hubiera recorrido el cuerpo. Su espalda se endureció. Un escalofrío violento le sacudió la columna. El corazón empezó a golpearle el pecho con una fuerza desmedida.
Nunca. Jamás. Había perdido el control así.
Porque Cristóbal Gravenhorst tenía un secreto que nadie conocía: todas esas prostitutas que contrataba cada semana, todos esos rumores de mujeriego empedernido, eran una fachada. La verdad era mucho más simple y más terrible: ninguna mujer había logrado despertar en él un verdadero deseo de hombre.
Hasta ahora.
—Quita la mano —ordenó, pero su voz salió ronca, quebrada.
Ana no la retiró. Ajustó la presión. Se acercó más. Sintió su pulso disparado contra la tela.
—¿Seguro que no quieres? —susurró—. No tienes que fingir conmigo.
Cristóbal apretó los puños. Su mente luchaba contra su cuerpo, y su cuerpo estaba perdiendo la batalla. Quería que se detuviera. Necesitaba que siguiera.
Pero cuando ella bajó la mano para desabrocharle el pantalón, cuando el botón cedió y la cremallera bajó con un susurro, cuando sintió su aliento caliente a centímetros de su piel…
—¡Basta!
La voz de él estalló en la habitación como un trueno. Firme. Autoritaria.
Cristóbal dio un paso atrás, rompiendo el contacto como quien huye de un incendio.
Su respiración era errática. El corazón le golpeaba el pecho con una fuerza que no recordaba haber sentido jamás. Las manos le temblaban mientras se recompuso la ropa, intentando desesperadamente recuperar el control.
¿Qué me pasa?
Miró a esa mujer. Esa desconocida de mirada desafiante y ropa humilde. Esa que lo había tocado sin permiso, que lo había mirado como si pudiera ver a través de él.
Treinta años.
Treinta años de fachadas. De prostitutas que despedía antes de que empezara algo. De rumores que él mismo alimentaba para que nadie sospechara la verdad. Treinta años pensando que el deseo era algo que solo existía en los demás, que él era un hombre roto, incompleto.
Y bastó ella. Una sola caricia. Un solo roce.
¿Qué tiene? ¿Qué tiene esta mujer que logró lo que nadie pudo en tantos años?
Su cuerpo aún vibraba. Aún sentía el calor de sus dedos, la presión exacta, la forma en que su pulso se había disparado como un adolescente. Por primera vez en su vida adulta, había deseado. De verdad. Con urgencia. Con necesidad.
—Siéntate. Toma tu pago… y firma.
La miró fijamente, sin titubear.
—Quiero que me des un heredero.
Ana palideció. Sus ojos recorrieron el contrato con incredulidad, como si las palabras fueran una ofensa palpable.
—No… —susurró, retrocediendo.
Tomó el dinero, lo apretó contra su pecho como un escudo.
—Esto es lo que vine a buscar. Esto… y nada más.
Y se fue.
Dejándolo solo, con el orgullo herido… y un deseo que acababa de volverse obsesión.
Cuando Ana llegó a casa seguía temblando. El alivio y el miedo peleaban en su pecho, pero al menos tenía el dinero. Su madre viviría un mes más.
Agustín la esperaba con los ojos brillantes, esa codicia que ella conocía tan bien. Se abalanzó sobre ella. Le revolcó la ropa con violencia, registrando cada bolsillo, cada pliegue. La empujó contra la pared mientras sus manos ávidas encontraban el fajo de billetes escondido entre su blusa.
—¡No! —gritó ella—. ¡Es para mi madre!
Pero él ya lo tenía en sus manos. Lo contó rápido, voraz. Una sonrisa torcida apareció en su rostro.
—¡Dame mi parte! —suplicó ella, con lágrimas en los ojos.
Agustín soltó una carcajada.
—¿Tu parte? No hay nada para ti.
Guardó el dinero en el bolsillo y salió por la puerta. A apostar. Como siempre.
Ana se deslizó por la pared hasta quedar en el suelo. El vacío en el pecho la hundía.
No...
El celular vibró.
Ella miró la pantalla. Notificación del hospital.
"Señorita Ana María, le recordamos que el pago debe realizarse a las tardar el lunes. De lo contrario, procederemos a desconectar a la paciente Lucía por falta de fondos."
El teléfono cayó al suelo.







