La villa quedó en silencio.
Uno por uno, todos se habían ido a dormir.
Todo estaba en calma.
En la habitación principal, la puerta estaba cerrada. Solo entraba la luz de la luna, tamizada por las cortinas blancas que se movían con la brisa nocturna. El silencio era profundo, roto solo por el leve crujir de la madera y los latidos de dos corazones que parecían querer salirse del pecho.
Cristóbal estaba de pie junto a la cama, mirando a Ana. Ella estaba frente a él, con los ojos brillantes, las