Ana esperó el tiempo justo.
Cuando escuchó que las voces en el comedor se calmaban, cuando el abuelo se retiró al jardín y Cristóbal se quedó solo con sus padres, respiró hondo frente al espejo.
Se había puesto un vestido claro, sencillo pero elegante. Se había peinado con cuidado. Se había maquillado lo justo para disimular las ojeras de una noche sin dormir.
—Vamos —se susurró a sí misma—. Una vez más. Solo una vez más.
Bajó las escaleras con paso firme, aunque por dentro las piernas le tembl