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Capítulo 3: La decisión final

La semana había transcurrido lenta. Terriblemente lenta.

Ana había contado cada hora, cada minuto, cada segundo desde aquella noche en el hotel. Los días se arrastraban como una condena mientras el reloj avanzaba sin piedad hacia el domingo.

El domingo. El último día.

Había intentado conseguir trabajo. Había recorrido tiendas, restaurantes, cualquier lugar donde pudieran darle un adelanto. Pero nadie quería a una chica sin experiencia, sin contactos, sin nada. Las puertas se cerraban una tras otra.

Llegó el domingo por la tarde y no tenía nada. Ni una moneda. Ni una esperanza.

Fue donde Agustín. Lo encontró en la sala, borracho como siempre, rodeado de botellas vacías.

—Agustín —dijo ella, con la voz temblorosa—. Necesito dinero. Hoy es el último día. Si no pago, mi madre...

Él levantó la vista con esfuerzo. Los ojos inyectados en sangre.

—¿Dinero? No tengo nada. Lo perdí todo. Lo gasté todo.

—Pero era para mi madre —insistió ella, las lágrimas comenzando a quemarle los ojos—. Tú dijiste que me darías la mitad. Por favor, Agustín. Se va a morir.

—¡Que se muera! —gritó él, incorporándose con dificultad—. ¡Esa vieja ya debería estar muerta! Solo gasta plata, solo es un estorbo. Es mejor que se muera.

Ana sintió que el mundo se detenía.

—¿Cómo puedes decir eso? —susurró, la voz quebrada—. Es mi madre.

—Pues ya no tienes nada —farfulló él, y la empujó contra la pared.

Ana cayó al suelo. El golpe dolió, pero más dolió la certeza de que su madre se moría y ella no podía hacer nada.

Se levantó, fue a su habitación y lloró hasta quedarse sin lágrimas. Y entonces, en medio de la desesperación, recordó.

Era domingo. Y los domingos, Cristóbal Gravenhorst estaba en el hotel.

Se levantó, se bañó rápido, se puso lo único medio decente que tenía.

Cuando llegó la noche salió y llegó al hotel con las últimas monedas que tenía. 

Cuando entró vio el mismo ascensor. El mismo pasillo. La misma puerta.

La abrió de golpe.

Cristóbal estaba de espaldas junto al ventanal. Una mujer rubia bailaba en medio de la suite, movimientos ensayados, provocadores, tratando de seducirlo.

Ambos se giraron.

—¿Qué haces aquí? —preguntó él, con voz helada.

Ana tragó saliva. No había tiempo para explicaciones. No había tiempo para nada.

—Acepto —dijo.

Cristóbal la miró sin expresión.

—Sal de aquí —ordenó—. No te quiero ver.

Ana no se movió.

La rubia la miró con desprecio.

—¿No escuchaste? Dijo que te vayas.

Cristóbal la corrigió sin mirarla:

—Te estoy diciendo a ti. Toma el dinero de la mesa y vete.

La rubia se quedó con la boca abierta, furiosa. Tomó el dinero, lo guardó en su bolso y pasó junto a Ana golpeándola con el hombro.

—Zorra.

La puerta se cerró.

El silencio pesado que quedó fue roto por la voz grave de Cristóbal.

—¿A qué vienes? —preguntó él, con sus ojos grises clavados en ella.

—El contrato —dijo Ana, con la voz firme a pesar del temblor—. Lo acepto.

—¿Y por qué ese cambio?

—Mi madre se muere. Si no firmo, mañana la desconectan. No tengo dinero. No tengo nada. Solo tengo esto.

Cristóbal la observó largamente. Luego fue al maletín, sacó el contrato y lo dejó sobre la mesa.

—Firma.

Ella firmó sin dudar.

—Desde hoy vas a vivir conmigo —dijo él—. Vamos.

El auto los esperaba. Durante el trayecto, ninguno habló. Ella miraba por la ventana, las luces de la ciudad pasando como estrellas fugaces, preguntándose si había hecho lo correcto.

Llegaron a la mansión en la madrugada. Las luces de la sala estaban encendidas.

Sus padres lo esperaban.

Roberto e Isabel Gravenhorst estaban sentados, listos para darle la cátedra de siempre. Pero cuando vieron que Cristóbal entraba acompañado de una mujer, se quedaron paralizados.

—Cristóbal —dijo Roberto, con voz cautelosa—. ¿Quién es ella?

—Es mi prometida —anunció él, sin titubeos.

Ana sintió el peso de las miradas. Su ropa humilde. Su rostro marcado por el llanto. Seguro la estaban juzgando, seguro iban a hacerle el desprecio.

Pero cuando levantó la vista, vio algo que no esperaba.

Isabel tenía los ojos vidriosos. Roberto sonreía. Una sonrisa pequeña, incrédula.

No la juzgaban. Estaban anonadados porque su hijo, por fin, había traído a una mujer a casa.

—Con permiso —dijo Cristóbal, tomando a Ana del codo—. Vamos a mi habitación.

Subieron las escaleras sin mirar atrás.

La habitación de él era enorme. Una cama inmensa que parecía un universo aparte. Olor a su colonia, mezclado con algo más profundo, más íntimo. Algo que era solo suyo.

—De ahora en adelante, vas a dormir aquí —dijo él—. Conmigo.

Las palabras cayeron como una sentencia. Conmigo. En su cama. En su espacio. Ana sintió un nudo en el estómago que no sabía si era miedo, nervios o las dos cosas.

Cristóbal abrió un armario y sacó una camisa blanca.

—Póntela. Mañana te consigo ropa.

Ella la tomó. La tela era suave, cara, sedosa. Olía a él. Ese olor que ya había percibido la primera noche, ese olor que de alguna manera se había quedado grabado en su memoria.

Se metió al baño a cambiarse. Cuando se vio en el espejo, con esa camisa enorme que le llegaba a medio muslo, sintió que el corazón se le aceleraba. Era fina. Casi traslúcida. Demasiado fina.

Y hacía frío. Un frío que no venía del aire acondicionado, sino de sus propios nervios.

Salió.

Él estaba de espaldas, mirando por la ventana. La luna lo bañaba de plata, haciéndolo parecer aún más distante, más inalcanzable.

—Ya salí —dijo ella, con voz pequeña.

Cristóbal se giró lentamente.

Y se quedó inmóvil.

Ella sintió sus ojos recorrer su cuerpo. Fue como si la tocaran sin hacerlo. Como si cada centímetro de su piel quedara expuesto bajo esa mirada gris.

Él vio la silueta que se adivinaba bajo la tela. La piel. El cabello suelto sobre los hombros. Las piernas desnudas. Y sus ojos se detuvieron un instante en su pecho, donde los pezones, endurecidos por el frío y los nervios, se marcaban claramente a través de la camisa traslúcida.

Ana sintió esa mirada como un fuego. Quiso cubrirse, quiso desaparecer. Pero se obligó a mantenerse firme. No podía mostrar debilidad. No ahora.

Pero por dentro, el miedo le retorcía las entrañas.

¿Qué estoy haciendo aquí? ¿En qué me metí?

Vio cómo la mandíbula de él se tensaba. Vio cómo sus manos, a los costados, se cerraban en puños. Vio el sudor brotando en su sien, una gota que resbaló lenta por su mejilla.

Vio su respiración agitada. Vio su lucha.

Él la estaba deseando. Eso era evidente. Pero también había algo más en sus ojos. Algo que parecía miedo, confusión o las dos cosas.

El silencio se alargó. Incómodo. Eléctrico.

—¿Cuál es mi parte de la cama? —preguntó ella al fin, nerviosa, sin saber qué más decir.

Él señaló el lado izquierdo. 

Ana tragó saliva. 

Se metió rápido en la cama y se cubrió hasta el cuello, escondiéndose entre las sábanas como si pudieran protegerla de todo lo que estaba sintiendo. Las sábanas eran suaves, frescas, perfectas. Olían a él. Olían a todo lo que no era su vida.

Cristóbal se acostó al otro lado.

Ninguno se movió. Ninguno habló. Pero el aire entre ellos era espeso, cargado de algo que ninguno de los dos se atrevía a nombrar.

Pasaron los minutos. Media hora. Una hora.

Ana no podía dormir. Cada célula de su cuerpo estaba alerta. Podía sentir el calor que irradiaba él. Podía escuchar su respiración, entrecortada, irregular. Sabía que él tampoco dormía.

Y entonces, en la oscuridad, él se movió. Buscó una posición, un poco más lejos, un poco más cerca. Y ella lo sintió.

Algo duro presionó contra su espalda a través de las sábanas.

Ella contuvo el aliento. El corazón se le disparó.

Él no se movió. No dijo nada. Pero esa presión no desapareció.

El miedo y algo más, algo que no quería reconocer, le recorrió la espalda. No sabía qué significaba aquello. No sabía qué esperar. Pero su cuerpo, traicionero, respondía a esa cercanía.

Cristóbal, inmóvil, luchaba contra sí mismo. Podía sentir el calor de ella a centímetros. Podía imaginar su piel bajo esa camisa, las curvas, la suavidad. El deseo lo quemaba por dentro, urgente, incontrolable.

Pero no podía. No esta noche. No cuando ella había llegado rota, suplicando, con los ojos hinchados de llorar y el alma hecha pedazos.

Quería tocarla. Quería besarla. Quería sentir su piel.

Pero también quería protegerla. Y eso lo confundía más que el deseo mismo.

Cerró los ojos con fuerza. Apretó los puños bajo las sábanas.

—Buenas noches —susurró, con voz ronca, apenas un hilo.

Ella respondió en la oscuridad, con la voz temblorosa:

—Buenas noches.

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