La puerta seguía cerrada.
Ana lo supo cuando intentó girar el picaporte por tercera vez y no cedió. El seguro estaba puesto. Y el abuelo había cerrado al irse.
Estaba atrapada.
El pánico le subió por la espalda como un escalofrío. Se giró lentamente, apoyada contra la madera, y se encontró con Cristóbal a unos pasos. Sudoroso. La camisa abierta. El pecho subiendo y bajando con violencia. Los ojos grises encendidos como brasas.
La miraba como un depredador.
—Cristóbal... —intentó ella, alzando l