Habían pasado dos semanas desde que Cristóbal recibió el alta médica.
El médico había sido claro: reposo absoluto durante los primeros días, nada de esfuerzos, nada de estrés. Pero Cristóbal nunca había sido bueno siguiendo órdenes, y en cuanto pisó la villa, se negó a quedarse en cama. «Ya perdí demasiado tiempo», dijo, y se sentó en su sillón favorito, con los mellizos en las rodillas, sin soltar a Ana ni un solo instante.
Pero esa noche era especial. Todos lo sabían.
La villa estaba llena de