Mundo de ficçãoIniciar sessãoCristóbal despertó antes del amanecer.
Era un hábito. Una costumbre de años. Pero esta mañana fue diferente. Al abrir los ojos, lo primero que vio fue a ella.
Ana dormía a su lado, completamente ajena al mundo. La camisa blanca se había enredado durante la noche, y varios botones superiores estaban desabrochados, dejando al descubierto más de lo permitido. La tela se había deslizado, revelando la curva de un hombro desnudo, el inicio de su pecho, la piel suave que subía y bajaba con cada respiración profunda.
Cristóbal sintió que el aire se le atoraba en los pulmones.
Estaba hermosa. Pero no era solo eso. Era vulnerable. Era real. Era suya, aunque fuera por contrato.
La miró largamente, conteniendo el impulso de alcanzar su mano, de tocar su piel, de despertarla con un beso. El deseo lo quemaba, pero también algo más. Algo que no sabía nombrar.
¿Qué me haces? pensó. ¿Qué tienes que me haces esto?
Ella se movió en sueños, y la camisa se abrió un poco más. Él desvió la mirada, apretó la mandíbula y se obligó a levantarse. No podía quedarse ahí ni un segundo más sin perder el control.
Fue al baño. Se dio una ducha fría. Larga. Necesaria.
Cuando salió, ella seguía durmiendo. Pero el sol comenzaba a colarse por las ventanas.
—Ana —dijo, con voz firme pero no dura.
Ella se movió, frunció el ceño, abrió los ojos lentamente. Al verlo, se incorporó de golpe, llevándose la mano al pecho para cubrirse.
Él señaló el vestido nuevo que había dejado sobre una silla.
—Baja a desayunar en veinte minutos. Mis padres están esperando.
Ella asintió, aún aturdida por el sueño. Pero entonces él añadió:
—Después vamos al hospital a pagar las cuentas.
Ana se quedó paralizada.
—¿Qué?
—Dije que tu madre viviría si firmabas. No soy un hombre que falte a su palabra.
Ella lo miró sin poder creerlo. Las lágrimas amenazaron con salir, pero las contuvo. No podía llorar delante de él. No otra vez.
—Gracias —susurró, apenas un hilo de voz.
Él asintió y salió de la habitación.
Bajar a desayunar fue lo más difícil que Ana había hecho en mucho tiempo.
La sala era enorme, llena de cuadros y muebles que parecían intocables. En la mesa, Roberto e Isabel Gravenhorst la esperaban con la elegancia de quienes han desayunado así toda la vida.
Ana se sentó sintiéndose diminuta. Las miradas de ellos pesaban como piedras.
—Buenos días —dijo, con voz pequeña.
Isabel sonrió levemente. Roberto asintió. Pero no dijeron nada. Solo la miraron. Largamente. Como si la estudiaran.
Ya empezó, pensó Ana. Ya me están juzgando. La ropa que me prestaron no es mía. La cara de hambre no se me quita. La intrusa.
El silencio se alargó, incómodo, pesado.
Entonces Cristóbal rompió la calma.
—¿Qué pasa? —preguntó, con su voz fría de siempre—. ¿No querían una prometida? Pues aquí la tienen. ¿Algún problema?
Roberto lo miró. Isabel también. Y luego, para sorpresa de Ana, Isabel sonrió de verdad.
—No hay problema, Cristóbal —dijo, con una suavidad que no esperaba—. Es solo que... tu prometida es muy bella.
Ana parpadeó.
Isabel se giró hacia ella y le dedicó una sonrisa cálida, sincera.
—No sabía que tenías tan buen gusto, hijo.
El ambiente cambió por completo. Roberto soltó una pequeña risa y negó con la cabeza, como si no pudiera creerlo. Isabel sirvió café y le ofreció a Ana con una amabilidad que la desarmó.
—Toma, querida. Debes estar agotada después de una noche tan larga.
Ana tomó la taza con manos temblorosas. No sabía qué decir. No sabía cómo reaccionar.
Cristóbal la miró de reojo. Y entonces, para sorpresa de todos, le rozó la mano por debajo de la mesa.
Un gesto pequeño. Casi imperceptible. Pero ella lo sintió.
—Date prisa —dijo él, con voz neutra—. Apenas son las siete y tenemos un día largo.
El hospital olía a desinfectante y tristeza.
Ana pagó las cuentas con el corazón latiéndole con fuerza. Cuando la trabajadora social confirmó que todo estaba en orden, que su madre seguiría recibiendo tratamiento, sintió que una montaña se le caía de encima.
Salió del hospital y vio a Cristóbal apoyado contra el auto, esperándola. Impecable. Impaciente.
—¿Ya? —preguntó.
Ella asintió, sin palabras.
—Bien. Vamos.
—¿Adónde ahora?
—A vestirte como es debido.
El salón era de esos que Ana solo había visto en revistas. Espejos por todas partes, luces brillantes, y vestidos que costaban más de lo que ella había ganado en toda su vida.
Cristóbal habló con la encargada en voz baja, y en menos de una hora, Ana tenía más ropa de la que había tenido nunca. Vestidos, zapatos, abrigos, ropa interior. Todo de marcas que no sabía pronunciar.
Cuando volvieron a la mansión, ya era de noche.
—Báñate —dijo él, señalando el baño—. En el armario hay una pijama. Póntela.
Ella asintió y entró al baño.
Cuando salió, la pijama la esperaba sobre la cama.
Era roja. De seda. El top era de tirantes finos, con un escote que dejaba poco a la imaginación. El short era corto, muy corto.
Ana la miró y sintió que el corazón se le aceleraba.
Esto es una pijama? Parece... otra cosa.
Pero obedeció. Se la puso.
Cuando salió del baño, Cristóbal estaba de espaldas, como siempre. Pero cuando se giró, sus ojos se clavaron en ella.
Era evidente. La pijama era sexy. Muy sexy. La seda roja contrastaba con su piel, se pegaba a sus curvas, dejaba ver más de lo que ocultaba.
Él la miró largamente. Su mandíbula se tensó. Sus manos se cerraron en puños.
—Baila para mí —dijo.
El mundo se detuvo.
—¿Qué?
—Baila. Es lo que haces, ¿no?
Las palabras cayeron como un balde de agua fría.
Lo que hago. La prostituta. La mujer que baila por dinero.
Ana sintió que el estómago se le revolvía. Pero se obligó a moverse. Comenzó a bailar, torpe, incómoda, muriéndose de vergüenza.
Él la veía con una intensidad que la quemaba. Pero no era deseo lo que veía en sus ojos. Era exigencia. Como si ella fuera una empleada que no estaba haciendo bien su trabajo.
—Baila bien —dijo él, con voz cortante—. ¿No eres prostituta? ¿No estás acostumbrada a esto?
Algo se rompió dentro de Ana.
No pensó. No midió las consecuencias. Solo sintió la rabia, la humillación, el dolor, y su mano se movió sola.
¡Paf!
La bofetada resonó en la habitación.
Cristóbal se quedó inmóvil, la mejilla ardiendo, los ojos abiertos por la sorpresa.
Ana también se quedó quieta, horrorizada por lo que acababa de hacer. Las lágrimas le quemaban los ojos, pero no las dejó caer.
Sin decir nada, se metió en la cama, se cubrió hasta la cabeza y se giró hacia la pared.
Su cuerpo temblaba. El corazón le golpeaba el pecho con fuerza. El miedo la paralizaba.
¿Qué hice? Me va a matar. Me va a echar. Mi madre...
Pero Cristóbal no dijo nada.
No se movió. No la tocó. No se fue.
Solo se quedó allí, de pie, mirando la curva de su cuerpo bajo las sábanas, confundido, herido, y terriblemente arrepentido.
¿Por qué dije eso? pensó. ¿Por qué la lastimé?
Pero no supo cómo pedir disculpas. No supo cómo explicarle que no sabía tratar a una mujer, que todas las que habían pasado por su vida eran actrices, que él no entendía nada de esto.
Solo se acostó a su lado, en silencio, sin atreverse a acercarse.
El silencio entre ellos era más pesado que cualquier grito.







