La noche cayó sobre la mansión como un manto de terciopelo oscuro.
Ana entró por la puerta principal cuando el reloj marcaba las nueve. La cena ya había terminado, pero las luces del comedor aún estaban encendidas. Desde la entrada, escuchó las voces de la familia reunida.
—¡Ahí está! —exclamó el abuelo en cuanto la vio aparecer—. Pasa, muchacha, pasa. Te guardamos un poco de cena por si querías.
—Gracias, abuelo —respondió Ana con una sonrisa cansada—. Pero ya comí algo en el hospital.
Isabel