El hospital olía a desinfectante, a espera, a vida que lucha por quedarse.
Ana estaba sentada en una silla de plástico blanco, en el pasillo de la sala de emergencias, con las manos aún manchadas de sangre seca. Las enfermeras le habían ofrecido limpiarse, pero ella había negado con la cabeza. Esa sangre era de Cristóbal. No quería lavarla. No todavía.
A su lado, Nicolás estaba de pie, con los brazos cruzados, la mirada fija en la puerta por donde habían entrado a Cristóbal. Llevaban horas espe