Mundo de ficçãoIniciar sessãoEn una era tan avanzada creemos muchas veces que también hemos avanzado en costumbres, pero no es cierto, hay un pequeño porcentaje en este mundo que sobreprotege conocimientos antiguos..., ¿qué pasaría si descendencias de dos mundos antiguos se cruzaran? Mi nombre es Aimunan, que significa Blanca en el dialecto Indígena, mi niñez fue hermosa al lado de mis padres y hermanos, por razones de querer la mejor educación para mi, fui enviada a un colegio de religiosas fuera de mi pueblo a los 12 años .Durante 5 años recibí la mejor educación en este lugar. Y por otros 5 años más, Educación superior ,para obtener el título en ingeniería geológica. Todo comenzó en la pasantía de mi carrera, al ser este estado uno de los lugares más antiguos del planeta, era lógico que sus tierras fueran únicas y ricas, por ende había empresas nacionales con sociedades internacionales. Llego a esta lugar gracias al convenio de mi universidad con esta empresa para aceptar pasantes de ingeniería geológica. Durante los 4 meses sentí un seguimiento constante. Alexander Lee, un magnate del este asiático,(Corea del Sur) figura misteriosa que dirige el negocio Familiar "tierras raras" en casi todo el mundo. Establecido actualmente en Venezuela. Hombre no nacido para el amor según una profecía heredada de generación en generación. Según la historia familiar ,unos de los primogénitos de cada generación no conocerá el amor ni podrá engendrar y será solitario el resto de su vida. Profecía que ha seguido su curso sin falta. Es un secreto familiar bien guardada de generación en generación. Han intentado todo y nada ha funcionado. Sus padres conocen la razón más que él y aunque por generaciones se intentó revertir la profecía,para no afectar ningún primogénito, jamás pudieron. ¿El cruce de estos dos mundos logrará romper la profecía?¿Surgirá el amor?
Ler maisAimunan El 31 de diciembre. Víspera de Año Nuevo. Es el día de la consumación de nuestra promesa. El aire en la ancestral villa del Abuelo Lee, en las montañas de Gyeonggi-do, está impregnado de la solemnidad del invierno. Huele a pino resinoso, a la escarcha cristalina sobre la nieve reciente y al incienso antiguo quemándose en braserillos de bronce. Es un lugar que respira paz y milenaria tradición. Para mí, sin embargo, el aroma dominante es la dulzura embriagadora y terrosa de las orquídeas Cattleya Mossiae que Jin-Sung ha dispuesto con devoción por todo el pabellón, un cálido eco floral de mi tierra. Estoy vestida con un hanbok de seda color marfil que contrasta con la intensidad de mi piel trigueña. La tela, suave como agua helada, me envuelve. El diamante Mossiae en mi dedo no solo brilla; irradia una luz rosa pura, la certeza de nuestra unión. Miro a la pequeña congregación. No hay cientos de invitados, sino los pilares de nuestros mundos, cuidadosamente seleccionad
Alexander Lee (Jin-Sung) Caminé hacia Munan, ansioso, sintiendo el calor del hogar que me había negado por años. La había dejado hacía apenas unas horas, pero cada minuto lejos de ella era una traición a la promesa que hice en el bar. La vi sirviendo, su perfil iluminado por el reflejo de la vajilla de porcelana. —Te adelantaste —dijo, con una risa suave. La abracé por detrás, hundiendo mi rostro en su cuello. El aroma a lirio era mi único santuario. Dejé de ser el CEO en el umbral y me convertí en el hombre que ella había elegido. La besé, un beso que prometía amor sin límites. Nos sentamos a la mesa, bajo la luz tenue que ella había dispuesto. La cena fue sencilla y exquisita. Mis ojos, sin embargo, solo estaban en ella. La preocupación subyacente de la mañana—el agua, el silencio— me taladraba. —Hablemos de lo que hacías en el baño esta mañana —exigí, dejando el tenedor. Mi voz era firme. —Prometimos no guardar nada. Munan sonrió, esa sonrisa que era mi perdición
Aimunan Una semana nos quedamos en Múnich. Fue la semana más hermosa de mi vida, una burbuja de calor y redención envuelta en el frío diciembre. Jin-Sung y yo nos dedicamos a redescubrirnos. Su toque ya no era el del CEO que controlaba, sino el del hombre que se había rendido. Cada beso, cada caricia, era un juramento no verbal tallado en la piel. A mediados de Diciembre, regresamos a Corea. La casa se sentía diferente, llena de vida, sin el eco de nuestra ausencia. El aire en Seúl era fresco y vibrante. Jin-Sung estaba ansioso; la boda sería el 7 de enero y él ya no quería esperar. La presencia del anillo Mossiae, ese sol rosa de mi tierra, en mi dedo era una certeza pesada y dulce. La segunda noche en nuestro penthouse en Seúl, desperté. Eran las cuatro de la madrugada. El silencio de la alta torre era absoluto. Creí haber escuchado el correr de un riachuelo, pero era imposible. Mis sentidos, sin embargo, estaban hipersensibles; podía oler la brisa fría colándose por la vent
Alexander Lee (Jin-Sung) El 30 de octubre me fui a la cama con el cuerpo de Munan. El 31 de octubre me desperté y me encontré solo en el silencio. El mes de noviembre fue el purgatorio. Volví a mis pesadillas, pero esta vez eran peores: tenía el recuerdo vívido de su piel, de su toque ancestral, y el pánico de su ausencia. Dormía dos horas, me levantaba, trabajaba con una eficiencia brutal y llamaba a Karl. —¿Está bien? —mi única pregunta diaria. —Está en paz, Jin-Sung. Con Trina. Feliz —respondía Karl, mi amigo, agente secreto y mi espía consentido. Cada reporte de "paz" y las fotos de una vida feliz me destrozaban. Munan estaba sanando, pero esa sanación dependía de mi ausencia. Yo le había dado la libertad para elegir una vida sin mí, y ella la estaba construyendo. Sabía que cada día de felicidad con Trina era un clavo en el ataúd de mi esperanza. El 1 de diciembre, no pude más. El imperio me parecía una jaula de oro sin ella. Ni el mejor whisky de mi amigo españo
Último capítulo