Mundo ficciónIniciar sesiónAlexander Lee
Hace dos años que llegué a América del Sur. Tenemos un par de sedes en este continente: una en México y otra en Venezuela. Soy un empresario coreano. En mi círculo me conocen como un hombre frío y calculador, un depredador de los negocios. Durante la última década, he supervisado las empresas familiares alrededor del mundo: unas dedicadas a la investigación y desarrollo, otras a la producción e importación. Nuestro ámbito se centra en la ingeniería de suelos, un rubro que, como pueden imaginar, maneja recursos delicados y sumamente rentables. Actualmente estoy en Venezuela. No es común la inversión coreana en esta región; de hecho, no había tratos comerciales de mi país en el sector tecnológico o afines, a excepción de China, el mayor socio del Estado venezolano. Corea del Sur, aunque es un país pequeño, no se quedaría atrás, y nosotros nos encargaríamos de ello. Nuestros contactos en la embajada sirvieron de puente para que la Corporación Lee entrara en la mira del Estado como un potencial inversor. Fuimos invitados y, desde la primera reunión, dejé clara mi propuesta. Sabía que tenían problemas con la tecnología china para el estudio de Tierras Raras. El Estado buscaba reducir el impacto ambiental, ya que estaban bajo la lupa de varias organizaciones internacionales, y ahí estaba la oportunidad: la tecnología coreana era la más adecuada. Nuestra innovación estaba desarrollada para minimizar daños, lo cual encajaba perfecto con el interés nacional. La propuesta fue aprobada. Un país que lo tiene todo, pero carece de herramientas, es solo una potencia en pausa. Para suerte nuestra, el Estado aceptó crear una sociedad con nuestro capital, pues no solo requerían maquinaria. En los últimos meses, el estudio de suelos raros ha superado todas las expectativas de nuestros investigadores. Urge crear proyectos que se desarrollen a la par de lo que estamos descubriendo. Hemos llegado a un acuerdo: mi empresa financia cada proyecto de exploración y el Estado es nuestro rostro jurídico, evitando cualquier fricción con su aliado asiático. Aceptaron sin dudar, con la condición de que yo fuera la cabeza del proyecto en campo. Lo bautizaron como "Suelo Sur". Debo admitir que este país es un misterio. Su cultura es distinta a todo, incluso a la de México. La belleza de sus mujeres complementa la exuberancia de su naturaleza. Es un lugar verdaderamente bendecido. Hoy, como cualquier otro día, debía reunirme con uno de mis agentes de campo. Salí de la empresa directo al estacionamiento, siguiendo mi rutina. Pero hoy, por alguna razón, me sentía más intranquilo de lo habitual. Para relajarme, miré por la ventana del auto. Llevo un año aquí y, aunque he visto todo tipo de bellezas, aún me sorprende la diversidad. Un grupo de jóvenes en la parada del transporte llamó mi atención, pero mi vista se fijó en una en particular: cabello liso, estatura mediana, tez trigueña... un punto intermedio perfecto. —Detén el auto un momento —le ordené al chófer. Él siguió mi mirada y, comprendiendo de inmediato, comentó que ellas se habían unido recientemente a la empresa como pasantes, mediante un convenio académico de cuatro meses. —¿Es de aquí? —pregunté, confundido. Mi mente analítica no descansaba. ¿Tanto mestizaje hay aquí?, murmuré. El chófer sonrió. —Ella es descendiente de los pueblos originarios de este país, señor. Su belleza es una herencia, algo que llevamos en el ADN. Ella es la verdadera venezolana. Y sí, las hay para todos los gustos. ¿Usted es casado? Su pregunta entrometida me desagradó. No respondí; simplemente ordené avanzar. El chófer comprendió y se integró al tráfico de la avenida. Esto era absurdo. ¿Por qué demonios mi mente saltó de pronto a imaginarme con ella? Mi vida, hasta hoy, giraba exclusivamente en torno al trabajo. Mis socios venezolanos siempre intentaban incluirme en fiestas o eventos comerciales, pero me resultaba imposible adaptarme. El choque cultural era fuerte, aunque prefería ocultarlo bajo una negativa rotunda. Tal vez debía dejarme llevar un poco. No puedo negarlo: esa "locura venezolana" es contagiosa. Son tan libres y optimistas que resultan abrumadores. Puede caer un "palo de agua" —como dicen ellos— de la nada, arruinando mis planes, y ellos solo dicen: "Dios se acordó de sus plantas". No hay orden, no hay planificación; viven la vida como venga. Imposibles de comprender. Terminé la reunión con mi agente tras unas copas. Me despedí y regresé a mi penthouse. En la sala, me serví un whisky y, mientras observaba la ciudad desde el balcón, su figura volvió a mi mente. Sin buscarla, volvía una y otra vez. No suelo distraerme, y mucho menos por una mujer, pero ella ahora ocupaba mis pensamientos como una intrusa. Le di vueltas a lo que me estaba pasando, pero la intriga solo crecía. No dormiría sin saber quién era. —¿Qué desea, señor? —respondió mi asistente al instante. —Quiero las fichas de las nuevas pasantes que ingresaron este mes. —¿Hay algún problema, señor? —preguntó Jun, sorprendido—. Fueron admitidas por convenio estatal.—continuó. —No hay problema, Jun. Estaba pensando en el proyecto; quiero ver el perfil de los estudiantes de esa universidad. Podrían servir para afianzar la alianza. —Señor, no se preocupe, yo mismo me encargo de ese análisis mañana. Usted descanse... —Un bostezo se filtró por el auricular. —Jun. —Mi voz no dejó lugar a dudas—. Es para hoy. —De inmediato, señor —tartamudeó. Él sabe que exijo eficiencia a cualquier hora. Minutos más tarde, recibí la notificación. Eran cinco documentos. Los revisé uno a uno. Ella era la cuarta. Su fotografía mostraba un rostro sencillo, sin maquillaje, pero esa mirada... esos ojos retrataban un sutil desafío. Deslicé hacia abajo. Su registro era impecable. Nombre: Aimunan García. 23 años. Ingeniería Geológica. Aimunan. Mi voz emitió un eco diferente al pronunciarlo. Las palabras del chófer resonaron en mi cabeza: un vestigio de la "verdadera venezolana". Una sonrisa se dibujó en mis labios sin proponérmelo. Ya tenía una distracción. Decidí observarla durante los meses de su pasantía. Sé que parece turbio seguir a alguien sin su consentimiento; me recordaba a mis días en el servicio militar en Corea. En más de una ocasión sospechó que alguien la vigilaba —no es tonta—, y más de una vez logró que Karl, mi hombre de confianza, le perdiera el rastro. No me detuve ahí. Apadriné la promoción de su universidad, pero fue solo una excusa. La buscaba a ella. Mi obsesión crecía con cada informe y cada foto que Karl me traía. El día del acto de graduación hice acto de presencia; por fin vería de cerca el rostro que tanto había observado en las sombras. Nuestras miradas se cruzaron por los segundos suficientes para desequilibrar esa calma que ella aparentaba. Había logrado mi objetivo. Continué mi acecho personal la noche de la fiesta. La abertura de su vestido era una invocación sutil al pecado. ¿Cómo podía atrapar mi atención sin siquiera exhibirse? Yo no soy alguien que invita; soy alguien que ordena y obtiene lo que desea. Pero ella... ella tampoco era alguien que se dejara intimidar. Sabía de su gusto por la literatura, por las novelas románticas... gustos cursis. Y yo le iba a dar lo que quería... a mi manera. ...Sí. Allí estaba ella, mirando hacia arriba. Su figura elegante se distorsionaba bajo una expresión de total confusión e intriga. Como siempre dije, no solía dejar nada al azar, y verla allí, atrapada en mi red, me confirmó que el juego apenas comenzaba.






